miércoles, 30 de mayo de 2007

Gustavo Gutierrez: Benedicto XVI y la opción por el pobre

Posted by Rubén García  |  at   20:42

El discurso inaugural de la quinta Conferencia del episcopado latinoamericano y caribeño ha sido la ocasión para que Benedicto XVI haga una importante afirmación sobre la opción preferencial por el pobre, poniéndola en relación con la condición de discípulo y, por consiguiente, de misionero de todo cristiano.
Estas páginas se limitan a tratar ese punto del discurso. Veremos, en primer lugar, cómo es considerada la relación entre la fe en Cristo y la opción mencionada, luego nos preguntaremos de qué pobre se está hablando, y siguen, a modo de conclusión, algunos apuntes sobre el vínculo entre evangelización y promoción humana.

Fe cristológica: fundamento de la opción por el pobre
Es significativo que esta intervención ocurra en su primera visita al continente -y en una relevante asamblea eclesial- en que esa expresión nació a fines de la década de 1960. Desde entonces esa formulación y esa perspectiva, de clara raigambre bíblica, fueron acogidas en comunidades cristianas, en planes pastorales, en documentos episcopales -incluso de más allá de América Latina-, en textos de diferentes confesiones cristianas y en el magisterio de Juan Pablo II. Pero, en este itinerario, no han estado ausentes incomprensiones y tergiversaciones, arreglos de la frase –con añadidos y supresiones, con el ánimo de precisar su contenido- así como resistencias veladas o intentos de amortiguar sus exigencias.
En esta oportunidad, en un discurso llamado a tener una gran influencia en la reunión a la que fue dirigido, Benedicto XVI habla de ese compromiso haciendo ver su alcance teológico: “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor.8,9)” (Discurso n.3)[1]. De ahí vienen sus dimensiones evangelizadoras y de compromiso social. En efecto, su fuente teológica es transparente; en última instancia, es la opción por el Dios que se revela en Jesús. Por eso la hemos llamado una opción teocéntrica. Pero conviene decir resueltamente que afirmarlo no sólo no olvida que se trata de una solidaridad concreta y capilar con personas que padecen una situación de injusticia y de insignificancia social, sino que, más bien, le da un sólido fundamento y una radicalidad evangélica.
Creemos en un Dios que se hace presente en la historia y valora todo lo humano. En ese sentido, Karl Barth podía decir que el ser humano es la medida de todas las cosas en la medida en que Dios se hizo hombre. Apelando a uno de los textos más interesantes de su encíclica Deus Caritas est, el Papa Benedicto recuerda que “amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (n.15) (ibid). Un poco más lejos, la encíclica dice: “Amor de Dios y amor al prójimo son inseparables, es un único mandamiento” (n.18). Es evidente en estos asertos la inspiración del texto capital de Mt. 25, 31-46 (mencionado explícitamente en Deus Caritas n.15)[2]. Pasaje evangélico central en la reflexión teológica hecha en Latinoamérica y el Caribe. En Puebla inspiró el texto de los rostros de los pobres en los que debemos reconocer el rostro de Jesús. Santo Domingo prolongó el listado y sería valioso que la quinta Conferencia lo retomara, teniendo en cuenta las nuevas situaciones de pobreza y exclusión. Estaríamos ante una manera fecunda y abierta al futuro de manifestar la continuidad entre las conferencias episcopales latinoamericanas.

La opción por el pobre es un camino, a través de Jesucristo, hacia el Dios amor, un componente fundamental del seguimiento de Jesús, un signo que anuncia la presencia del Reino y manifiesta sus demandas. Es una opción prioritaria, preferencial, porque el amor de Dios es universal; nadie está excluido de él. Sin embargo, no es una universalidad abstracta, vacía de contenido: en ella los últimos, aquellos que viven una situación de marginación y de injusticia, contraria a la voluntad de Dios, deben ser los primeros. De ese modo amamos como Jesús amó (cf. Jn.13,34) y hacemos de su testimonio la pauta de nuestras vidas y de nuestros compromisos.

Con insistencia el Papa alude a la perspectiva específicamente cristiana de la encarnación como última palabra de lo afirmado. Así, líneas antes de la mención de la opción por el pobre, dice que “Dios es la realidad fundante, no un Dios pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; el Dios con nosotros, el Dios del amor hasta cruz”. El Dios encarnado que se entrega “hasta el extremo” (ibid.) y acepta el precio del sufrimiento por fidelidad a la tarea de proclamación del Reino. Un “Dios cercano a los pobres y a los que sufren” (n.1).

Hablando de los valores necesarios para forjar una sociedad justa, vuelve sobre el asunto, y sostiene “donde Dios está ausente -el Dios del rostro humano de Jesucristo- estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos” (id. n.4). Se trata del Emmanuel, otro gran tema mateano, el Dios con nosotros, a quien reconocemos caminando, día a día, tras sus huellas[3]. En ese orden de ideas, el Papa asevera -con una expresión que curiosamente fue acusada, en años pasados, de inmanentista por algunas personas- que “el Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura” (n.1). Uno de nosotros, miembro de la historia humana y de una cultura. Como nosotros. Su amor y su entrega total, su anuncio del Reino y su obediencia al Padre lo revela, al mismo tiempo, como el Hijo, como el Verbo de Dios.

En la historia se revela el amor del Padre. El Espíritu Santo, Espíritu de verdad, enviado a los seguidores de Jesús por el Padre en nombre del Verbo encarnado, debe llevarnos “hasta la verdad completa” (cf. Jn 14,26 y 16, 13). Esa presencia en la historia es el basamento del discernimiento de los signos de los tiempos. Este es el marco y el sentido del ver la realidad social e histórica con los ojos de la fe, presente, desde un inicio, en el llamado el método ver, juzgar, actuar acogido en la Gaudium et Spes, y muchos otros documentos eclesiales.

Es importante precisar que la perspectiva de fe no aparece recién en el juzgar; la visión de fe acompaña todo el proceso, lo que no quiere decir que no se respete la legítima autonomía y consistencia de las realidades temporales[4]. Actitud que está presente, y es reclamada, en la práctica y textos de la Iglesia. En esa línea la Gaudium et Spes habla de “conocer y comprender el mundo en que vivimos” (n.4). Las perspectivas que abre la fe cristiana -transcendentes e históricas- no pueden ser puestas entre paréntesis en la visión de la realidad cuando se trata de examinar las interpelaciones a la vivencia y la comunicación del evangelio. Esto es el ABC del método, pero eso mismo nos conduce a un análisis serio y respetuoso de las situaciones examinadas.

Por el pobre y contra la injusticia
Según se ha precisado desde hace tiempo, estamos ante una opción firme y libre, como todas las grandes decisiones de nuestra vida; especialmente aquellas que están animadas por la búsqueda del Reino y la justicia. Y no frente a algo opcional, como el adjetivo derivado del sustantivo opción lo puede hacer pensar[5].

Una decisión que debe ser hecha por todo cristiano, incluso por los pobres mismos. Es una opción por los pobres e insignificantes y contra la injusticia y la pobreza que los agobia. Son los dos lados de una misma medalla. Sin embargo, las cosas no quedan allí; es, asimismo, un compromiso que debe ser asumido por el conjunto de la Iglesia. En ese sentido, Benedicto XVI se refiere a la Iglesia como “abogada de la justicia y de los pobres” (n.4) y unas líneas después reafirma: “formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector” (n.4). Nótese la alusión a las virtudes políticas; “sociales”, dirá en otro lugar (n.3).

Pero hay más, y el discurso lo trae a la memoria igualmente. ¿De quién se habla cuando se menciona al pobre? El discurso es claro al respecto. Se trata aquellos que viven en la pobreza real, material, condición calificada como “inhumana” en Medellín, y como “antievangélica” en Puebla. Ella constituye un reto de envergadura a la conciencia humana y cristiana. El Papa se pregunta, por eso, cómo puede la Iglesia “responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria” (n.4).. Se apoya en una cita de Populorum Progressio, cuyo cuadragésimo aniversario se celebra este año y que estuvo muy presente en la Conferencia de Medellín, para decir que “los pueblos latinoamericanos y caribeños tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia”. Recuerda, en seguida, que la encíclica “invita a todos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes” (n.4; cf. PP n.21).

Situación particularmente grave que conocemos bien, y que hace de América Latina y el Caribe, el continente más desigual del planeta. Grave y, además, escandalosa, dada la amplia mayoría católica que vive en él. Es un desafío a la credibilidad de la Iglesia católica que, desgraciadamente, sigue vigente. Se requiere una gran firmeza en el anuncio del evangelio y sus ineludibles consecuencias para todo creyente; así como una gran dosis de humildad para reconocer nuestras propias deficiencias y limitaciones y entrar en diálogo con personas de otros horizontes en vistas a unirse en una tarea que “invita a todos” en la búsqueda de la justicia social y en el respeto a la libertad de la persona humana[6].

El enfoque no da lugar a equívocos, los pobres que reclaman nuestra solidaridad son los que carecen de lo necesario para satisfacer sus necesidades básicas y que no ven valorada su condición de personas y de hijas e hijos de Dios. Al inicio del discurso, avanzando hacia las causas de esa situación, advierte que “la economía liberal de algunos países latinoamericanos ha de tener presente la equidad, pues siguen aumentando los sectores sociales que se ven probados cada vez más por una enorme pobreza o incluso expoliados de los propios bienes naturales” (n.2)[7].

Expoliados muchas veces, también, de su dignidad humana y de sus derechos. La pobreza, la insignificancia social, no es un infortunio, es una injusticia. Constituye una realidad con varias vertientes, complejidad que está ya presente en la noción bíblica de la pobreza, y que comprobamos cotidianamente en nuestros días. Diversos factores -y no sólo el económico- intervienen en el asunto. Es resultado del modo como se ha construido la sociedad, a partir de estructuras económicas claro está; pero también de categorías mentales y culturales, atavismos sociales, prejuicios raciales, culturales (olvido de los pueblos indígenas y afroamericanos), y de género (la mayor parte de las personas pobres son mujeres) y religiosos acumulados a lo largo de la historia. Estamos hablando de una situación que es fruto de nuestras manos, por eso en ellas está, igualmente, la posibilidad de su abolición. Desde el punto de la fe las causas de la marginación de tantos reflejan un rechazo al amor, la solidaridad, es eso lo que llamamos un pecado. Hasta esa raíz, y sus consecuencias, hay que ir para comprender la liberación total en Cristo.

La enorme pobreza y lo que la provoca, la creciente desigualdad e injusticia, es lo que está en cuestión. Esto pone las cosas en su debido nivel: describir y denunciar una situación de carencia que no permite vivir dignamente es importante, pero no es suficiente, hay que ir a las causas de ella, si se quiere superarla[8]. Es un asunto de honestidad y de eficacia en el “combate por la justicia”, para retomar la conocida expresión de Pío XI. De no superarse la desigualdad social, el leve crecimiento económico que se experimenta en algunos países del continente no llegará a los más pobres.

Llegado a este punto, Benedicto XVI considera que frente a esa situación, y desde una perspectiva de fe, “la cuestión fundamental” consiste en “el modo cómo la Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos desafíos”. Ahora bien, “en este contexto es inevitable –agrega- hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia”. Un largo párrafo del discurso está, justamente, dedicado al punto. Dicho de un modo positivo, las estructuras justas “son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”. Tanto “el capitalismo como el marxismo” las prometieron, pero, dice el Papa, esas promesas se han revelado falsas porque olvidaron a la persona y a los valores morales (n.4). Sin lo cual no hay convivencia social humana y justa.
No toca a la Iglesia establecer esas estructuras, pero eso no le impide tener una palabra que decir sobre cuestiones económico-sociales[9]. Su tarea es “formar las conciencias”, lo recordábamos más arriba, se trata de una posición clásica que toda teología que trata de estos asuntos debe tener en cuenta. No es retraerse y escapar de la responsabilidad en materias sociales y políticas[10]. Por el contrario, insistir en que los seres humanos y sus derechos como personas y como pueblos constituyen el meollo, y la finalidad, de la vida en sociedad es algo que tiene incidencias concretas y precisas[11]. Lo prueban las dificultades que la palabra evangélica encuentra, allí donde es pronunciada, de parte de quienes ven afectados sus intereses. Las reacciones que provocó la predicación de Mons. Romero, y muchos otros casos en el continente, dan fe de ello.
Entre las causas de la pobreza el Papa apunta, igualmente, al papel que juega la globalización. Reconoce que dicho fenómeno tiene lados positivos que pueden significar logros para la humanidad; pero previene que ella “comporta también el riesgo de grandes monopolios y convertir el lucro en valor supremo” (n.2). Una denuncia presentada por muchos en este tiempo. La situación internacional condiciona, e incluso determina, numerosas cosas al interior de cada nación, su análisis resulta por eso imprescindible.
Evangelización y promoción humana
La experiencia de la solidaridad con el pobre que vive en una condición inhumana y de exclusión, hace ver hasta que punto el Evangelio es un mensaje que libera y humaniza y, por lo mismo, representa un reclamo de justicia. Benedicto XVI lo expresa así: “la evangelización ha ido siempre unida a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana” (n.3). Lo que sigue en el discurso es el texto, ya citado, de la Deus Caritas est acerca de la ‘fusión’ entre el amor a Dios y el amor al prójimo. La promoción humana no es una etapa previa a la evangelización, ni va por cuerda separada de ella. En las últimas décadas ha crecido la conciencia del estrecho vínculo que las liga. En ese orden de ideas, Juan Pablo II decía en Puebla que la misión evangelizadora de la Iglesia “tiene como parte indispensable la acción por la justicia y la promoción humana” (Juan Pablo II, Discurso inaugural, III,2)[12].

Benedicto XVI, citando el episodio de Emaús, recuerda que la Eucaristía es “el centro de la vida cristiana” (n.4). En la fracción del pan hacemos memoria de la vida, el testimonio, la muerte y la Resurrección de Jesús. Por ello la Eucaristía no es un acto privado e intimista, ella nos convoca al testimonio y al anuncio de Aquél que es “camino, verdad y vida” para todos. Ella “suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana” (ibid.)[13]. Es signo de comunión, y anticipación de su realización plena.

La unión con Cristo, reconocernos en él hijas e hijos de Dios nos convoca necesariamente a forjar la fraternidad y la justicia. Como se puede comprobar, lo manifestado en el discurso sobre la opción preferencial por los pobres no es una frase al paso, constituye un punto central de él. Está ubicado en un entramado pastoral, social y teológico y de espiritualidad que hace ver su hondura, alcance y exigencias. Nos permite también releer otros temas tocados en el discurso -brevemente por razones de tiempo y de coyuntura- que llaman a profundizaciones y precisiones. Es una tarea por hacer.

El tema está planteado y puesto sobre la mesa de la Conferencia de Aparecida, es, como decíamos al inicio, uno de los ejes de la continuidad con las anteriores conferencias episcopales, en la que el Papa y los obispos han insistido en estos días. Su presencia, colocada en la actual situación que se vive en América Latina y el Caribe, será de mucha importancia en la asamblea que acaba de comenzar.

Sea lo que fuere de esto, profundizar la perspectiva cristológica de la opción por el pobre es una importante contribución para ahondar nuestra condición de discípulos y misioneros y percibir la radicalidad evangélica del sentido que tiene la práctica cristiana de la opción y la solidaridad con el pobre y del rechazo de la injusticia, en tanto camino hacia el Padre de todos.

Gustavo Gutierrez


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[1] Cita de Pablo que se encuentra, también el documento Pobreza de la Iglesia n.18, de Medellín.

[2] Hemos tenido ocasión de estudiar con cierto detalle este texto de Mateo en “Donde está el pobre está Jesucristo”, en Páginas 201 (oct. 2001) 6-21..

[3] “Fuera del seguimiento no se tiene la suficiente afinidad con el objeto de la fe para saber de que se está hablando, al confesarlo como Cristo” (Jon Sobrino, Jesús liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret (San Salvador, UCA, 1991) 104.

[4] Al respecto ver las consideraciones, sustentadas en la práctica del método, de Luis Fernado Crespo Revisión de vida y Seguimiento de Jesús (Lima, UNEC-CEP, 1991)

[5] Como dice M. Díaz Mateos “es una opción no opcional, pues es verificación de nuestra identidad eclesial y cristiana” (“El grito del pobre atraviesa las nubes”, en El rostro de Dios en la historia 159).

[6] Ver al respecto, Felipe Zegarra, “La quinta Conferencias del episcopado de América Latina y el Caribe”, en Páginas 200 (agosto 2006), sobre todo páginas 16-17.

[7] Entre esos bienes naturales se debe contar hoy -además de los que esa frase nos hace pensar espontáneamente- el agua y el aire, si pensamos en la polución, el calentamiento del planeta, y en general el daño causado al medio ambiente por una explotación sin freno. La cuestión ecológica interesa a toda la humanidad, pero afecta especialmente a los más frágiles de ella, a los pobres.

[8] No es la primera vez, sin embargo, que Benedicto XVI toca el tema de las causas de la pobreza, en su encíclica decía: “Desde ese momento [el del surgimiento de la sociedad industrial], los medios de producción y el capital eran el nuevo poder que, estando en manos de pocos, comportaba para las masas obreras una privación de derechos contra la cual había que rebelarse” (Deus caritas est (2005) n.26).

[9] Poco antes, Benedicto XVI había manifestado su preocupación por estos temas en una carta a Angela Merkel, canciller de Alemania. En ella propone que la unión europea se empeñe en “lograr el objetivo de eliminar la pobreza extrema antes del año 2015”, que “es una de las tareas más importantes de nuestro tiempo”; y añade una tarea inmediata: ”hacer todo lo posible para proveer a una rápida cancelación completa e incondicional de la deuda externa de los países pobres fuertemente endeudados y de los países menos desarrollados” (Carta del 16 de diciembre de 2006).

[10] Bajo forma de una pregunta retórica, el discurso había anotado -antes del párrafo que estamos citando- que esta posición no significa “una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual” (n.3).

[11] En este plano ético sitúa, asimismo, a la doctrina social de la Iglesia.

[12] Antes, el Sínodo romano sobre Justicia en el mundo (1971) sostenía que la misión de la Iglesia “incluye la defensa y la promoción de la dignidad y de los derechos fundamentales de la persona humana” (n.37).

[13] Celebrar la Eucaristía nos lleva a “trabajar por un mundo más justo y fraterno” (Sacramentum Caritatis n.88).

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martes, 29 de mayo de 2007

Portal de Noticias

Posted by Unknown  |  at   21:55

Hemos creado un nuevo portal de noticias para aprovechar más todos los recursos que encontramos en internet. Si conoces las experiencias de Digg o Menéame te adaptarás en seguida a su funcionamiento y puede ser un verdadero filón de noticias interesantes con el que enriquecernos todos los usuarios de Recursos Teológicos. Se trata simplemente de eso: de compartir noticias, de votar las que nos parecen interesantes, de comentarlas. Lo que se quiera. El carácter de este portal es más abierto que el de este blog porque no se trata tanto de generar información, de crear nosotros las noticias, sino simplemente de compartir las que encontramos y nos parecen interesantes o nos gustaría que otros las conocieran. Todos navegamos a diario por la red y accedemos a gran cantidad de información de las cosas que nos interesan. Pues se trata de aprovechar eso y promocionar la información. Participar es facilísimo y cuando estés leyendo un periódico, un blog o cualquier sitio de los de costumbre, si te gusta una noticia o un post lo mandas y listo. Los demás usuarios podrán votarlo y hacer sus comentarios si quieren. En el blog, llevamos una política más restringida para favorecer los contenidos propiamente teológicos o académicos, pero aquí, salvando las normas habituales de buena educación, cabe todo: todo lo que a ti te interesa o quieras promocionar. Ya ves, una forma distinta, más sencilla y rápida de participar en el blog de Recursos. Puedes incluso, bajarte una extensión para el explorador (Internet explorer, Firefox...) y enviar noticias con un click. Para acceder al nuevo portal de noticias: Noticias Recursos Teológicos Guárdala en tus favoritos o incluye el feed en tu lector habitual y comparte lo que quieras... En la parte inferior derecha de esta página, a modo de prueba, irán saliendo las últimas noticias que se publiquen.

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De la información al conocimiento

Posted by Unknown  |  at   17:57

Les dejo la estupenda reflexión de Nacho Gallego en BuscaTema sobre la necesidad de procesar ‹inteligentemente› la información del cyberespacio, da la que ya hemos hablado en otras ocasiones. Por una web 2.0 verdaderamente semántica y humana.

«En este blog he hablado mucho de buscar y encontrar información en internet. Pero este es solo un paso para crear conocimiento personal, porque es importante comprender que el conocimiento es una cualidad básicamente humana.
Para encontrar información nos basta con buenos buscadores. Para encontrar conocimiento hace falta conversar con otros, vivir experiencias, y aprender.
La información usa el lenguaje de la tercera persona y es más objetivo. El conocimiento se basa en la conciencia en primera persona y en la conversación en segunda persona, y por tanto, el conocimiento es una experiencia más subjetiva.
Por tanto, para desarrollar conocimiento con ayuda de internet es necesario "participar" y "conversar" en la red. Y los blogs y la web 2.0 son buenas plataformas para que cada uno de nosotros aporte su granito de arena y dialogue mientras juntos desarrollamos conocimiento. Cada vez más cerca de una sabiduría ligada a la experiencia en primera y segunda persona».

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sábado, 26 de mayo de 2007

Dos reacciones al comentario de Martini

Posted by Domingo García  |  at   17:55

Hace dos días, Rubén García Peláez nos ofrecía la traducción italiana de una conferencia dada por el Cardenal Carlo Maria Martini en la sede de la Unesco, en París. Poca presentación necesita ante nuestros lectores el cardenal: antiguo profesor de Crítica Textual del Nuevo Testamento en el Pontificio Instituto Bíblico, arzobispo de Milán y autor de numerosos libros de investigación científica y de lectura espiritual de la Biblia. En su conferencia de París, Martini realizaba su comentario personal al libro "Jesús de Nazaret" escrito por Joseph Ratzinger, respondiendo a la invitación del autor de no acoger su libro como un acto de magisterio y de prestarse al debate científico ("Cualquiera es libre de contradecirme"). Pues bien, si hace dos días veíamos la reacción de Martini, ayer el diario italiano Il Corriere della Sera nos ofrecía dos reacciones al texto de Martini: una a favor del Papa, otra a favor de Martini. Es innegable la habitual maniobra italiana de contraponer al cardenal (hoy Pontífice) bávaro con el otrora cardenal milanés, como dos figuras alternativas; estrategias periodísticas aparte, los dos comentarios son de gran interés.

"A favor del Pontífice" se manifiesta el periodista Vittorio Messori, dispuesto como siempre a salir en defensa del leso honor del sucesor de Pedro (y digo yo: si no hay ofensa, ¿por qué una defensa?). Su argumento es sencillo: Martini descalifica al Papa, sacándole de las estanterías de teología para llevarle a las de espiritualidad; el prestigio científico de Ratzinger, según Messori, queda minado con dos declaraciones:
1) Ratzinger no es un exegeta profesional, sino un teólogo dogmático. Martini afirma que Ratzinger no cita el aparato crítico de las ediciones modernas de los evangelios (en las que, por cierto, colaboró el mismo Martini).
2) Ratzinger está muy al día de la exégesis de su tiempo, no de la exégesis actual.
Con estos dos trazos, afirma Messori, Martini vendría a decir que Ratzinger, en lo que a interpretación bíblica se refiere, sería "poco menos que un profano, además no actualizado" ("Quasi un profano, per giunta non aggiornato"). Messori no pierde la ocasión de insinuar que Martini ha dado su propia visión de Jesús, aunque confiese que sea fácil para un católico contradecir lo que dice un papa.

"A favor del purpurado" (es decir, de Martini) se manifiesta Alberto Melloni. Es miembro de la "Fondazione per le scienze religiose Giovanni XXIII di Bologna" y, por tanto, colaborador de Giuseppe Alberigo. Me atrevo a resumir la tesis de Melloni de la siguiente manera: la Teología para los teólogos y Ratzinger ya no es el teólogo que era. Melloni ve en el libro de Ratzinger un intento de la pluralidad de relatos sobre Jesús a un único mensaje, coincidente con el Credo de la Iglesia; de paso, el estudioso Melloni se descuelga con algunas reflexiones sobre la ignorancia del clero y la posible contribución del libro de Ratzinger a tal ignorancia (¿debo suponer que Melloni insinúa que el libro de Ratzinger sustituirá a los tratados de Cristología en los seminarios?).

En fin. Les dejo el texto en italiano, para que saquen sus propìas conclusiones. La mía es que el periódico equivocó los títulos: el comentario de Messori debería llamarse "Contra Martini" y el de Melloni "Contra Ratzinger. Además, ninguno de los dos comentaristas se sitúa a la altura de los dos interlocutores en cuestión: Ratzinger y Martini, dos hombres de iglesia, dos hombres de ciencia que, con honestidad y limpieza de corazón, ofrecen al mundo los tesoros de toda una vida dedicada al estudio y la contemplación del misterio de Cristo. Como intelectuales, sirven a la ciencia, no a determinadas ideologías (bastante manifiestas en los casos de Messori y Melloni); como hombres de Iglesia, se deben sólo a la Verdad dicha en la Caridad.

Deberemos esperar para encontrar algún comentarista que esté a la altura del debate y no aproveche (como hacen Messori y Melloni) para ajustar sus cuentas con determinadas posturas eclesiales.

IN DIFESA DEL PONTEFICE

«Il cardinale declassa il libro a pura meditazione spirituale»

di VITTORIO MESSORI

Carlo Maria Martini merita sempre un ascolto attento. Naturalmente, nella consapevolezza che in lui vive un grande interprete della tradizione della Compagnia di Gesù. Per i figli di sant'Ignazio, nulla è univoco («numquam nega, raro adfirma», recita un loro motto), la doverosa strategia cattolica dell'et et — mai dell'aut aut — può spingersi sino all'ambiguità. Nel senso, ovviamente, più nobile.
Così, il lettore non smaliziato può equivocare, leggendo gli elogi finali di Martini al testo su Gesù scritto da Benedetto XVI, ma come professor Joseph Ratzinger: «A mio avviso, il libro è bellissimo, si legge con una certa facilità e ci fa capire meglio Gesù Figlio di Dio e al tempo stesso la grande fede dell'autore». Così il già metropolita di Milano, apparentemente entusiasta. Ma chi abbia orecchio esercitato si allarma a quel riferimento alla «fede dell'autore». Allarme che già era suonato, deciso, nella frase che immediatamente precede: «Quest'opera è una grande e ardente testimonianza su Gesù di Nazareth e sul suo significato per la storia dell'umanità». Con, inoltre, un'aggiunta dal suono edificante ma nella quale un malizioso potrebbe scorgere un sorriso: «È sempre confortante leggere testimonianze come questa».
In effetti, la recensione di Martini — letta nella sede dell'Unesco, alla presenza dei rappresentanti della smagata e diffidente Conferenza episcopale di Francia — sembra costruita per traslocare il libro di Ratzinger dallo scaffale della esegesi biblica a quello dei testi di spiritualità, di riflessione edificante, di testimonianza personale.

Il cardinale, già illustre docente di critica neotestamentaria al Pontificio istituto biblico, ricorda subito che Ratzinger «non è biblista ma teologo e, sebbene si muova agilmente nella letteratura esegetica del suo tempo, non ha fatto studi di prima mano, per esempio sul testo critico del Nuovo Testamento». Quasi un profano, per giunta non aggiornato, fermo alla esegesi non «del nostro» ma «del suo tempo»: di quando, cioè, trent'anni fa, il teologo bavarese teneva cattedra. In effetti, il professor Martini addita subito alcuni errori, equivoci o conclusioni che uno specialista come lui non può condividere, come l'attribuzione del quarto vangelo a Giovanni di Zebedeo. Non, dunque, questo di Ratzinger, un libro «scientifico», in grado di confrontarsi con il metodo storico-critico che pure vorrebbe ridimensionare, bensì un testo di pastorale e di apologetica, «una meditazione sulla figura di Gesù e sulle conseguenze del suo avvento per il tempo presente». Un declassamento soave, elegante e al contempo drastico che non contrasta con le righe finali martiniane: «Pensavo anch'io, verso la fine della mia vita, di scrivere un libro su Gesù (...) Ora, mi sembra che quest'opera di Joseph Ratzinger corrisponda ai miei desideri e alle mie attese e sono molto contento che lo abbia scritto...» Parole che vanno lette alla luce di quelle dove si ricorda l'avvertimento di Ratzinger che qui si propone come studioso e non come Papa. D'accordo, osserva Martini, «ma pensiamo che non sia facile per un cattolico contraddire ciò che è scritto in queste pagine». Dunque, come fare, se si è cardinali, seppure ritirati a Gerusalemme, a proporre un libro con una lettura ben diversa dei rapporti tra il Gesù della storia e il Cristo della fede? Meglio soprassedere, almeno per ora: anche la lunga pazienza è una virtù ignaziana.

Corriere della sera, 25 maggio 2007

IN DIFESA DEL PORPORATO

«La fatica degli interpreti non si può liquidare d'ufficio»

di ALBERTO MELLONI

La presentazione del volume del Papa fatta dal cardinal Martini testimonia le potenzialità e i problemi posti da un'opera che prosegue, dentro il servizio papale, lo stile con cui il cardinale Ratzinger, pur prefetto della dottrina della fede, s'era preso la libertà di entrare ut privatus magister nella discussione teologica. Il recente libro su Gesù si muove in questa direzione.
Chiede semplicemente un ascolto amichevole delle tesi che esprime: ma, come nota Martini, non è proprio agevole distinguere questi piani e leggere quest'opera come quella di un qualsiasi autore: e questo non solo a causa della copertina, ma del contenuto. Certo sarebbe un servizio prezioso se questo Gesù di Nazareth aprisse una discussione molto serena e molto profonda sullo statuto dell'esegesi storico-critica, sulle ragioni della indifferenza che essa suscita in troppa predicazione cattolica, sullo sprezzo con cui la tratta un conservatorismo facilone e ignorante, sulle ragioni che vedono sempre più basso sull'orizzonte della vita cristiana la figura di Gesù, sul suo abbandono alle edulcorazioni settarie o agli approcci faciloni eccitati dall'odore di una rivincita anti illuminista.
Ma sappiamo tutti che è una ipotesi remota. Sì: il cardinal Martini, dall'alto della sua competenza di studioso del testo del Nuovo Testamento, al riparo della porpora e della luminosa testimonianza di sapienza cristiana, può permettersi qualche cautela quando il Gesù di Ratzinger tratta con la disinvoltura di chi pensa che in fondo tutto ciò che ha affaticato generazioni di esegeti possa essere liquidato in poche frasi. Per molti altri, per tutti gli altri, problematizzare il metodo e le posizioni del libro non magisteriale del romano pontefice significa assumersi un rischio, il che nella chiesa non è mai positivo. Bisogna prenderne atto, così come bisogna apprezzare che Martini, ancora una volta, scelga di difendere, assumendola su di sé, la liceità di una posizione «altra» sulle materie che lo consentono o lo esigono.
Al tempo stesso conviene essere serenamente consapevoli che il libro di Ratzinger papa non pone rimedio (e se mai aggrava) il problema dei problemi del cattolicesimo degli ultimi 250 anni, che è quello della cultura del clero. Esso legittima con l'autorità di un fine intellettuale una pericolosa diffidenza verso la ricerca, in nome di una eloquenza teologica nel presente della fatticità evangelica assunta in modo acritico e concordistico. E a un clero che studia sempre meno, sempre peggio, il Gesù di Ratzinger non servirà per coprire la superficialità che riluce oggi senza bisogno di commenti dalla vetrina delle librerie religiose, non solo in Italia?
Al di là degli effetti, però Martini accenna a quello che secondo me è il nodo centrale del libro per il futuro della Chiesa: perché nel Gesù di Ratzinger, infatti, l'insieme dei testi e racconti ha un solo significato che è perfettamente coincidente con la fede come espressa dal credo ed è perfettamente rappresentato nella Chiesa, specialmente dove essa resiste come controcultura. È una prospettiva che scalza tutto il dinamismo di riforma che dal IV al XX secolo ha invece colto nell'oggi le rughe di una infedeltà dolorosa della Chiesa e nella riscoperta della verità evangelica la grazia per la riforma. Anche su questo si dovrebbe riflettere, pensare, dialogare: o forse si riflette e si dialoga già, al riparo della concorrenza fra best sellers a sfondo gesuano.

Corriere della sera, 25 maggio 2007

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jueves, 24 de mayo de 2007

Admiro el "Jesús" de Ratzinger (Card. Martini)

Posted by Rubén García  |  at   20:49

Cercherò di rispondere a cinque domande: 1. Chi è l’autore di questo libro? 2. Qual è l’argomento di cui parla? 3. Quali sono le sue fonti? 4. Qual è il suo metodo? 5. Che giudizio dare sul libro nel suo insieme?

1. L’autore di questo libro è Joseph Ratzinger, che è stato professore di teologia cattolica in varie Università tedesche a partire dagli anni Cinquanta e, in questa veste, ha seguito l’evolversi e le diverse vicissitudini della ricerca storica su Gesù; ricerca che si è sviluppata anche presso i cattolici nella seconda metà del secolo scorso. L’autore ora è Vescovo di Roma e Papa con il nome di Benedetto XVI. Qui si pone già una possibile questione: è il libro di un professore tedesco e di un cristiano convinto, oppure è il libro di un Papa, con il conseguente rilievo del suo magistero? In verità, per quanto riguarda l’essenziale della domanda, è l’autore stesso nella prefazione a rispondere con franchezza: «Non ho bisogno di dire espressamente che questo libro non è in alcun modo un atto magisteriale, ma è unicamente espressione della mia ricerca personale del "volto del Signore". Perciò, ciascuno è libero di contraddirmi. Chiedo soltanto alle lettrici e ai lettori di farmi credito della benevolenza senza la quale non c’è comprensione possibile» (p.19). Siamo pronti a fare questo credito di benevolenza, ma pensiamo che non sarà facile per un cattolico contraddire ciò che è scritto in questo libro. Comunque, tenterò di considerarlo con uno spirito di libertà. Tanto più che l’autore non è esegeta, ma teologo, e sebbene si muova agilmente nella letteratura esegetica del suo tempo, non ha fatto studi di prima mano per esempio sul testo critico del Nuovo Testamento. Infatti, non cita quasi mai le possibili varianti dei testi, né entra nel dibattito circa il valore dei manoscritti, accettando su questo punto le conclusioni che la maggior parte degli esegeti ritengono valide.

2. Di cosa parla? Il libro ha come titolo Gesù di Nazaret. Penso che il vero titolo dovrebbe essere Gesù di Nazaret ieri e oggi. E questo perché l’autore passa con facilità dalla considerazione dei fatti che riguardano Gesù all’importanza di quest’ultimo per i secoli seguenti e per la nostra Chiesa. Il libro è pieno di allusioni a problematiche contemporanee. Per esempio, parlando della tentazione nella quale dal demonio viene offerto a Gesù il dominio del mondo, egli afferma che il «suo vero contenuto diventa visibile quando constatiamo che, nella storia, essa prende continuamente una forma nuova. L’Impero cristiano ha cercato molto presto di trasformare la fede in un fattore politico per l’unità dell’Impero… La debolezza della fede, la debolezza terrena di Gesù Cristo doveva essere sostenuta dal potere politico e militare. Nel corso dei secoli questa tentazione—assicurare la fede mediante il potere—si è ripresentata continuamente» (p. 59). Questo genere di considerazioni sulla storia successiva a Gesù e sull’attualità, conferiscono al libro un’ampiezza e un sapore che altri libri su Gesù, in genere più preoccupati dalla discussione meticolosa dei soli eventi della sua vita, non hanno. L’autore dà anche volentieri parola ai Padri della Chiesa e ai teologi antichi. Per esempio, per quanto concerne la parola greca epiousios, egli cita Origene, il quale dice che, nella lingua greca, «questo termine non esiste in altri testi e che è stato creato dagli Evangelisti» (p. 177). Circa l’interpretazione della domanda del Padre Nostro «E non indurci in tentazione», egli richiama l’interpretazione di San Cipriano e precisa: «Così dobbiamo riporre nelle mani di Dio i nostri timori, le nostre speranze, le nostre risoluzioni, poiché il demonio non può tentarci se Dio non gliene dà il potere» (p. 187). Quanto alla storia di Gesù, il libro è incompleto, perché considera solo gli eventi che vanno dal Battesimo alla Trasfigurazione. Il resto sarà materia di un secondo volume. In questo primo volume sono trattati il Battesimo, le tentazioni, i discorsi, i discepoli, le grandi immagini di San Giovanni, la professione di fede di Pietro e la Trasfigurazione, con una conclusione sulle affermazioni di Gesù su se stesso. L’autore parte spesso da un testo o da un evento della vita di Gesù per interrogarsi sul suo significato per le generazioni future e per la nostra generazione. In questo modo il libro diventa una meditazione sulla figura storica di Gesù e sulle conseguenze del suo avvento per il tempo presente. Egli mostra che, senza la realtà di Gesù, fatta di carne e di sangue, «il cristianesimo diviene una semplice dottrina, un semplice moralismo e una questione dell’intelletto, ma gli mancano la carne e il sangue» (p. 270). L’autore si preoccupa molto di ancorare la fede cristiana alle sue radici ebraiche. Gesù, ci dice Mosè, «è il profeta pari a me che Dio susciterà… a lui darete ascolto» (Deuteronomio, 18,15) (p. 22). Ora, Mosé aveva incontrato il Signore.EIsraele può sperare in un nuovo Mosè, che incontrerà Dio come un amico incontra il proprio amico,ma al quale non sarà detto, come a Mosè, «Tu non potrai vedere il mio volto» (Esodo, 33,20). Gli sarà dato di «vedere realmente e direttamente il volto di Dio e di potere così parlare a partire da questa visione» (p. 25). E’ quel che dice il prologo del Vangelo di Giovanni: «Dio, nessuno l’ha mai visto: proprio il Figlio unigenito, che è nel seno del Padre, lui lo ha rivelato» (Giovanni 1,18). «E’ qui il punto a partire dal quale è possibile comprendere la figura di Gesù» (p. 26). E’ in questo reciproco intrecciarsi di conoscenze storiche e di conoscenze di fede, dove ognuno di questi approcci mantiene la propria dignità e la propria libertà, senza mescolanza e senza confusione, che si riconosce il metodo proprio dell’autore, di cui parleremo più avanti.

3. Quali sono le sue fonti? L’autore non ne tratta direttamente, come spesso avviene in diverse opere dello stesso genere. Forse ne parlerà all’inizio del secondo volume, prima di affrontare i Vangeli dell’infanzia di Gesù. Ma si vede con chiarezza che egli segue da vicino il testo dei quattro Vangeli e gli scritti canonici del Nuovo Testamento. Egli propone anche una lunga discussione sul valore storico del Vangelo di Giovanni, respingendo l’interpretazione di Rudolf Bultmann, accettando in parte quella di Martin Hengel e criticando anche quella di alcuni autori cattolici, per poi esporre una propria sintesi, vicina alla tesi di Hengel, sebbene con un equilibrio e un ordine diversi. La conclusione è che il quarto Vangelo «non fornisce semplicemente una sorta di trascrizione stenografica delle parole e delle attività di Gesù, ma, in virtù della comprensione nata dal ricordo, ci accompagna, al di là dell’aspetto esteriore, fin nella profondità delle parole e degli eventi; in quella profondità che viene da Dio e che conduce verso Dio» (p. 261). Penso che non tutti si riconosceranno nella sua descrizione dell’autore del quarto Vangelo quando egli dice: «Lo stato attuale della ricerca ci consente perfettamente di vedere in Giovanni, il figlio di Zebedeo, il testimone che risponde con solennità della propria testimonianza oculare identificandosi anche come il vero autore del Vangelo» (p.252).

4. Tutto questo rivela con chiarezza il metodo dell’opera. Si oppone fermamente a quello che recentemente è stato chiamato, in particolare nelle opere del mondoanglosassone americano, «l’imperialismo del metodo storico-critico». Egli riconosce che tale metodo è importante, tuttavia corre il rischio di frantumare il testo come sezionandolo, rendendo così incomprensibili i fatti ai quali il testo si riferisce. Egli piuttosto si propone di leggere i vari testi rapportandoli all’insieme della Scrittura. In questo modo, si scopre «che esiste una direzione in tale insieme, che il Vecchio e ilNuovo Testamento non possono essere dissociati. Certo, l’ermeneutica cristologica, che vede in Gesù Cristo la chiave dell’insieme e, partendo da lui, comprende la Bibbia come un’unità, presuppone un atto di fede, e non può derivare dal puro metodo storico. Ma questo atto di fede è intrinsecamente portatore di ragione, di una ragione storica: permette di vedere l’unità interna della Scrittura e, attraverso questa, di acquisire una comprensione nuova delle diverse fasi del suo percorso, senza togliere ad esse la loro originalità storica» (p. 14). Ho fatto questa lunga citazione per mostrare come, nel pensiero dell’autore, ragione e fede siano implicate e «reciprocamente intrecciate», ciascuna con i suoi diritti e il proprio statuto, senza confusione né cattiva intenzione dell’una verso l’altra. Egli rifiuta la contrapposizione tra fede e storia, convinto che il Gesù dei Vangeli sia una figura storica e che la fede della Chiesa non possa fare a meno di una certa base storica. Ciò significa, in pratica, che l’autore, come dice egli stesso a pagina 17, «ha fiducia nei Vangeli», pur integrando quanto l’esegesi moderna ci dice. E da tutto questo scaturisce un Gesù reale, un «Gesù storico» nel senso proprio del termine. La sua figura «è molto più logica e storicamente comprensibile delle ricostruzioni con le quali ci siamo dovuti confrontare negli ultimi decenni» (p. 17). L’autore è convinto che «è soltanto se qualcosa di straordinario si è verificato, se la figura e le parole di Gesù hanno superato radicalmente tutte le speranze e tutte le attese dell’epoca che si spiega la sua crocifissione e la sua efficacia», e questo alla fine porta i suoi discepoli a riconoscergli il nome che il profeta Isaia e tutta la tradizione biblica avevano riservato solo a Dio (cf. pp.17-18). Applicando questo metodo alla lettura delle parole e dei discorsi di Gesù, che comprende parecchi capitoli del libro, l’autore rivela di essere persuaso «che il tema più profondo della predicazione di Gesù era il suo proprio mistero, il mistero del Figlio, nel quale Dio è presente e nel quale egli adempie la sua parola» (p. 212). Questo è vero per il Sermone della montagna in particolare, a cui sono dedicati due capitoli, per il messaggio delle parabole e per le altre grandi parole di Gesù. Come dice l’autore affrontando la questione giovannea, cioè il valore storico del Vangelo di Giovanni e soprattutto delle parole che egli fa dire a Gesù, così diverse dai Vangeli sinottici, il mistero dell’unione di Gesù con il Padre è sempre presente e determina l’insieme, pur restando nascosto sotto la sua umanità (cf. p. 245). In conclusione, bisogna «che noi leggiamo la Bibbia, e in particolare i Vangeli come unità e totalità —come richiesto dalla natura stessa della parola scritta di Dio — che, in tutti i suoi strati storici, è l’espressione di un messaggio intrinsecamente coerente» (p. 215).

5. Se tale è il metodo di lettura dell’autore, cosa dobbiamo pensare della riuscita globale dell’opera, al di là del numero di copie vendute nel mondo intero, che tutto sommato non è un indice particolarmente significativo del valore del libro? L’autore confessa che questo libro «è il risultato di un lungo cammino interiore» (p. 19). Se pure ha cominciato a lavorarvi durante l’estate 2003, il libro è tuttavia il frutto maturo di una meditazione e di uno studio che hanno occupato un’intera vita. Ne ha tratto la conseguenza che «Gesù non è un mito, che è un uomo di carne e di sangue, una presenza tutta reale nella storia. Noi possiamo seguire le strade che ha preso. Possiamo udire le sue parole grazie ai testimoni. E’ morto ed è risuscitato ». Questa opera è quindi una grande e ardente testimonianza su Gesù di Nazareth e sul suo significato per la storia dell’umanità e per la percezione della vera figura di Dio. E’ sempre confortante leggere testimonianze come questa. A mio avviso, il libro è bellissimo, si legge con una certa facilità e ci fa capire meglio Gesù Figlio di Dio e al tempo stesso la grande fede dell’autore. Ma esso non si limita al solo dato intellettuale. Ci indica la via dell’amore di Dio e del prossimo, come quando spiega la parabola del buon Samaritano: «Ci accorgiamo che tutti noi abbiamo bisogno dell’amore salvifico che Dio ci dona, al fine di essere anche noi capaci di amare, e che abbiamo bisogno di Dio, che si fa nostro prossimo, per riuscire ad essere il prossimo di tutti gli altri» (p. 226). Pensavo anch’io, verso la fine della mia vita, di scrivere un libro su Gesù come conclusione dei lavori che ho svolto sui testi del Nuovo Testamento. Ora, mi sembra che questa opera di Joseph Ratzinger corrisponda ai miei desideri e alle mie attese, e sono molto contento che lo abbia scritto. Auguro a molti la gioia che ho provato io nel leggerlo.

(traduzione dal francese di Daniela Maggioni)
Carlo Maria Martini
Il Corriere de la Sera (24 maggio 2007)


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miércoles, 23 de mayo de 2007

El monasterio de Mar Musa, lugar de encuentro entre católicos y musulmanes

Posted by Rubén García  |  at   20:44

La historia impresionante de Paolo Dall’Oglio, un jesuita romano y de un monasterio en ruinas que reflorece en tierra arabe. En pleno desierto sirio surge entre las abruptas rocas como lugar de encuentro en el que musulmanes y cristianos adoran al Dios único.

(Está en italiano)

Il sentiero a lastroni rosa che si inerpica su per la gola rocciosa assomiglia alla cicatrice di un’immensa ferita. Una specie di esile sutura rimarginatasi zigzagando per dribblare strapiombi e infidi ghiaioni nel corpo aspro di una delle montagne del Jabal al-Qalamoun, tra Damasco e Aleppo. Lì sotto, il deserto da dove sale il vento tiepido di primavera si distende verso l’Iraq impazzito di bombe e terrore. Lassù in alto, invece, la luce radente della sera rende ancor più inarrivabile lo skyline scabroso del monastero di Mar Musa al-Habashi, San Mosè l’Abissino. I bastioni millenari affacciati sul dirupo, lì dove già una vecchia torre romana vegliava a sentinella dell’ostile limes persiano, ancora oggi danno l’impressione della cittadella inaccessibile ai briganti, della fortezza issata sul baratro da chi voleva vivere al riparo dalle tempeste della storia. Ma basta camminare in salita una mezz’ora, arrivare in cima, per accorgersi che si tratta di tutt’altro. La porta del monastero è ancora bassa, così che per entrare bisogna piegarsi, ma almeno adesso è sempre aperta.
Qui, proprio ai tempi di Muhammad, era arrivato Mosè l’Abissino, figlio del re d’Etiopia, in fuga dal suo destino dinastico per il desiderio di farsi monaco. Aveva preso dimora in una delle grotte che punteggiano la montagna, per rendere grazie a Dio con una vita di preghiera. Poi, mentre tutt’intorno si distendevano i secoli della civilizzazione islamica, sulla montagna di Mar Musa la vita cristiana aveva continuato a fiorire in un monastero di rito siriaco, incastonato in un alveare di caverne abitate dai monaci come celle di una laura cenobitica. Il declino era cominciato solo nel XVIII secolo. L’ultimo monaco era già partito nel 1830 quando il monastero diviene proprietà della Chiesa siro-cattolica. Da allora tutto sembrava destinato al disastro. Il vento e la neve, i vandali e la pioggia stavano sbriciolando la rocca monastica portando a valle frammenti di affreschi millenari e di fonti battesimali insieme ai detriti delle dolomie. Ogni anno, il 27 agosto, vigilia della festa di San Mosè l’etiope, solo i cristiani della vicina Nabek si ricordavano di salire alla cittadella in rovina, a ripetere preghiere di nostalgia tra i resti desolati del monastero. Fino a quando da quelle parti passò Paolo Dall’Oglio, gesuita romano, figlio scavezzacollo di sant’Ignazio. E anche, almeno un po’, di san Francesco.

Un nuovo inizio
A raccontare di padre Paolo si rischia di scivolare nel cliché dell’idealista ostinato dall’ego ingombrante. Figlio di uno dei leader democristiani della prima ora («quando tornavano in treno dalle grandi manifestazioni, a De Gasperi capitò di addormentarsi sulla spalla di mio padre Cesare, che alla fine degli anni Quaranta dirigeva i gruppi giovanili»), quartogenito di otto fratelli, casa borghese al quartiere Salario. E poi la militanza a sinistra, da cristiano “per il socialismo”, il volontarismo del ragazzo benestante da esercitare nelle borgate romane, lo scoutismo, il servizio militare negli alpini («volevamo occupare la caserma, aspettavamo da un momento all’altro il golpe degli americani…»). Fino al sorprendente proposito di entrare nella Compagnia di Gesù, emerso nel ’74 come risposta traboccante a una vocazione avvertita in mezzo ai mille desideri di vivere alla grande. Un’avventura che anche per casi fortuiti – un viaggio dalla Turchia alla Giordania, o l’incontro con l’islamologo gesuita Arij Roest Crollius – appare subito segnata dal fascino per il mondo musulmano, per quella moltitudine «che in ogni Paese s’inginocchia nel medesimo gesto, e prega sussurrando con la stessa lingua le sue parole di sottomissione all’unico Dio». A Pedro Arrupe già nel febbraio ’75 il novizio romano confida baldanzoso il suo desiderio di «offrire la vita per la salvezza dei musulmani». Il generale gesuita, squadrandolo con uno sguardo un po’ beffardo, risponde che «è una missione difficile, ma se è la volontà del Signore, si farà». Otto mesi dopo Paolo è già a Beirut a studiare arabo come un forsennato. L’olandese Peter-Hans Kolvenbach, a quel tempo alla guida della provincia gesuita del Medio Oriente, lo ospita nella residenza della Compagnia a pochi metri dalla linea verde che divide i fronti della guerra civile nella martoriata capitale libanese. E poi gli studi islamici a Damasco e all’Orientale a Napoli, e la scelta intuitivamente felice di radicarsi in una Chiesa locale d’Oriente, «di quelle che erano sopravvissute alla profezia coranica e per secoli avevano coabitato con essa». Sceglie il rito della Chiesa siriaca, «apostolica, semitica, popolare, una povera Chiesa di cristiani ai bordi del deserto, che non è mai stata imperiale» e la cui liturgia, «senza transitare per la lingua greca, ha assunto l’arabo, la lingua sacra dell’islam, conservando inni e preghiere in lingua siriaca (o aramaica) parlata da Gesù stesso». Nell’estate 1982, in cerca di un posto isolato dove ritirarsi per i suoi esercizi spirituali, le indicazioni di una vecchia guida della Siria pubblicata nel ’38 lo portano alle rovine del monastero di Mar Musa, abbandonato da due secoli. Entra nella chiesa dal tetto scoperchiato, la sua torcia elettrica scruta gli affreschi dell’XI secolo miracolosamente conservati: volti di santi e di sante dipinti nelle navate e fin sotto gli archi, e, sulla parete di fondo, un Giudizio universale con il Paradiso che si popola di profeti, evangelisti, santi e monaci, e l’Inferno pieno anch’esso di chierici e vescovi. All’inizio pensa soltanto che varrebbe la pena restaurare quel posto, magari coinvolgendo qualche amico monaco a Roma – i benedettini, o magari i trappisti. Ma poi, proprio in quei giorni, passano di lì dei cacciatori musulmani. Rimangono sorpresi di trovare qualcuno in quel posto. Cenano con lui, leggono insieme il Corano, prima di partire gli lasciano tutto il cibo che portano con loro, come per fare l’elemosina a un monaco. E il 27 agosto la stessa sorpresa la provano i cristiani di rito siriaco che come ogni anno a quella data salgono da Nebek. Pregano dentro la chiesa a cielo aperto insieme ad abuna Paolo, che a quel punto, in cuor suo, ha già deciso: quello è il posto buono per viverci tutta una vita.
Da bravo gesuita, s’imbarca nella sua impresa non programmata cercando senza pudori tutte le sponde possibili: Palazzi vaticani, governo siriano, Farnesina, Comunità europea, agenzie di volontariato internazionale, scuole archeologiche di restauro. Affronta col suo piglio vulcanico ostacoli di ogni tipo, come la ben comprensibile e prudente diffidenza di alcuni locali, tanto cristiani che musulmani. Anche il legame con la Compagnia di Gesù vive alcuni anni di “sospensione” prima che le cose si chiariscano. A partire dal ’91, Mar Musa ridiventa la sede di una piccola comunità monastica, con ramo maschile e femminile, riunita intorno alle tre «priorità»: preghiera (con le liturgie quotidiane in arabo secondo il rito siriaco), lavoro manuale (olive, capre, carne e formaggio, affreschi da restaurare, lavori in cucina, biblioteca) e ospitalità, «che nel mondo semita, arabo e d’origine nomade», sottolinea Paolo, «è la virtù più alta». A ben guardare, niente di originale. Ora et labora. Se non fosse che si è nel cuore dell’islam. E che gli ospiti a cui Paolo apre le porte del monastero sono soprattutto i figli e le figlie della Umma islamica. Quelli che ogni giorno ripetono almeno cinque volte, ad Allah grande e misericordioso, quell’affidamento alla misericordia divina senza il quale nessuno può piacere a Dio.

Gianni Valente (tomado de 30 Giorni

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domingo, 20 de mayo de 2007

Extensión para recopilar bibliografía

Posted by Unknown  |  at   9:28

Un «alto en el camino» para hablarles de una extensión nueva que ha salido para el navegador Firefox. Se trata de ‹Zotero› y me ha resultado conveniente hablar de ella aquí, porque puede sernos de mucha utilidad en nuestras búsquedas bibliográficas. Forma parte de un proyecto de la Universidad George Mason, Centre for History and New Media con el que pretenden colaborar en la creación de la «web semántica» (de la que ya hablaremos otro día). Pero ¿cómo funciona Zotero? Bien, una vez que tenemos instalada la extensión (puedes descargarla aquí) analiza los ‹microformatos› que ofrecen las páginas de la web 2.0 que le permiten detectar los artículos, libros, tesis, citas... que se ofrecen en un sitio. Un ejemplo: si voy a la web de Amazon y busco libros por autor, materia o editorial, Zotero detecta todos esos ítems bibliográficos y los recopila en una especie de base de datos muy intuitiva y fácil de utilizar. Esos ítems los recopila, por ahora, según los «styles» más comunes en las bases bibliográficas (Chicago, Apa, MLA) pero ya anuncian que dentro de poco incluirán más «styles» y la posibilidad de crearte el tuyo propio. Lo cierto es que así como está ahora, ya se pueden exportar los ítems (journal article, books, book edited, book section, thesis...) según los formatos que aceptan los programas de gestión bibliográfica que usamos habitualmente: Biblioscape, Endnote... (Si yo recopilo una lista de artículos de Amazon en «Apa», después los puedo exportar en Bibtext o en Ris a un archivo y desde este importarlo en el programa que uso habitualmente; para el Biblioscape he probado con el Ris y funciona muy bien).
La extensión Zotero incluye un panel en el Firefox que se activa con las teclas ctrl+alt+z o pinchando directamente sobre el nombre de la extensión: en ese panel controlamos o editamos las listas de ítems y las organizamos en carpetas. Si una web, ofrece los microformatos que lee Zotero (por ahora son pocas porque se debe incluir un plugin en el servidor, pero ya lo han hecho Amazon, la Wikipedia en algunos de sus artículos, blogs de bibliografía...), en la barra de direcciones aparecen distintos iconos según qué haya detectado: un libro, un artículo... (si hay muchos ítems, lo que sale es una carpeta que al pincharle me da la posibilidad de seleccionar los que me interesa para que recopile Zotero).
En fin, una excelente extensión que todavía está en fase beta, pero que puede ayudarnos mucho en el trabajo cotidiano de la búsqueda y organización biliográfica.

Para mayor información:
Página oficial de Zotero
Gabinete de la informática

¡Ah! se me olvidaba: también tienen una ‹macro› para el word (tanto de windows como de Mac) por si quieres utilizarlo directamente como gestor bibliográfico y con esa macro «supuestamente» (yo no la he probado) puedes incluir las citas bibliográficas (todavía sin la posibilidad de que sea con tu propio outputstyle) en un documento y formatearlo posteriormente. Con esto se convertiría en nuestro gestor principal (el navegador ya sirve para casi todo). Si quieres descargarla y probarla en tu procesador pincha aquí.
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Actualización: Aquí les dejo una lista que ha comentado un usuario del Menéame con las fuentes que funcionan con Zotero. Curiosamente funciona con Googlebooks y Googlereader.

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sábado, 19 de mayo de 2007

Nazianzos

Posted by Domingo García  |  at   17:30

Imagino que alguno de vosotros tendrá un amigo que prepara su tesis doctoral; los doctorandos se caracterizan por estar todo el día hablando de su bendita tesis. Pues bien, ¡ soy uno de ellos ! Quiero daros a conocer una página que me ha sido de bastante ayuda.

Nuestro blog tiene vocación divulgativa y mucho de lo que hacemos es dar a conocer herramientas e instrumentos que andan perdidos por la red. De herramientas bibliográficas hemos hablado otras veces: para Biblia, para Teología Dogmática. Hoy quiero hablaros de "Nazianzos".
Forma parte de un proyecto muy ambicioso, que es realizar una edición crítica de los discursos de Gregorio Nacianceno; no se trata de una edición crítica cualquiera, sino de lo que ellos llaman "editio critica maior": tener en cuenta todas las versiones antiguas de los discursos, que están en griego, armenio, siriaco, georgiano, árabe o latín, y conseguir un texto griego fiable. A los no iniciados como yo, nos resulta curioso ver cosas como ésta. Detrás del proyecto está la Universidad Católica de Lovaina, y en especial su Instituto Orientalista. Para aquellos que gustan de las curiosidades, diré que uno de los "padres" de la criatura (Bernard Coulie) es ahora el rector de la universidad.

De todo lo que presentan, me parece excepcional la base de datos bibliográfica, aunque lamentablemente han dejado de actualizarla y se conforman con ir añadiendo los títulos que van encontrando; pero hasta el 2005 es casi exhaustiva.

En fin, espero que a alguien le sea de utilidad... He visto que hay otros proyectos similares, como una bibliografía de Juan Crisóstomo; y lo mejor es que son gratis, porque no todo el mundo tiene acceso a centros universitarios... Así que, muchas gracias a todos los que investigan y ponen a disposición de los demás sus conocimientos.

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miércoles, 16 de mayo de 2007

Sectas no evangélicas

Posted by Domingo García  |  at   1:52

La reciente visita de Benedicto XVI a Brasil no deja de dar trabajo a los periodistas. Y eso que el Papa ya está de vuelta en Roma; hace dos días ya. No voy a entrar en todas las cuestiones, como el presunto eurocentrismo del Pontífice alemán o su postura ante la teología de la liberación. Este último tema daría para mucho, la verdad, porque éste es un foro de teología. Pero me gustaría centrarme en otro asunto: llevamos unos cuantos días oyendo que uno de los mensajes del Papa en Brasil ha sido frenar el éxodo de los católicos a las sectas evangélicas. Nuestros hermanos evangélicos están enfadados, y con razón, porque hablar de "sectas evangélicas" es un error de bulto, de ignorantes. Lo que no tengo tan claro es a quién hay que atribuir el error.

Primero las noticias. Echemos un vistazo a cuatro medios digitales:

El País, en un alarde precisión terminológica (lo habitual en ellos, por cuanto a temas religiosos se refiere), habla de "sectas evangélicas", aunque el titular es todavía mejor: "El Papa ordena a los obispos brasileños que hagan proselitismo en las favelas". La cita es literal... de "El País", no del Papa. Luego volveré sobre ella.

El Mundo habla de un descenso del número de católicos en favor de las "iglesias pentecostales y evangélicas"; después, como quien no quiere la cosa, afirma que el éxito de las "sectas" demuestra que hay sed de Dios y que la Iglesia católica tiene que buscar nuevos caminos. Si Vd. quiere unir los dos datos, quizá sea por su mente calenturienta... la culpa no es de Pedro J.

En Libertad Digital, José Luis Restán habla de "sectas pentecostales". Esta vez se salvan los demás evangélicos, y la pedrada sólo da en el ojo de los pobres pentecostales. Estos chicos siempre se llevan la peor parte: y eso que los pentecostales de verdad son gente seria, y que cree en la acción del Espíritu. Tiene gracia que Restán haya escrito esto, cuando falta tan poco para Pentecostés...

El Plural.com dice prudentemente "nuevas sectas", y es de agradecer: o no saben más o no quieren dar detalles. El que quiera saber que estudie...

Aunque la prensa siempre dice la verdad, he querido comprobar dónde dijo el Papa esto de las sectas evangélicas o pentecostales. La búsqueda ha sido infructuosa: a los periodistas que iban con él en el avión les habló de que las sectas ("le sette", porque mi italiano aún da para algo) van a la situación "concretísima" de las personas. A los obispos reunidos para rezar vísperas les habló de "As pessoas mais vulneráveis ao proselitismo agressivo das seitas"; esto último me desconcierta un poco, porque en El País había leído que los católicos debían hacer proselitismo... Y la cosa es peor aún cuando leo la homilía inaugural de la conferencia del CELAM: "A Igreja não faz proselitismo". O yo no sé portugués o han pirateado la página de "El País"... Y se deben haber empleado a fondo los hackers, porque (otra vez) vuelve a meterse el Papa en el discurso inaugural con el "proselitismo de numerosas sectas".

En fin. Yo no he encontrado ni rastro de las sectas evangélicas en los discursos de Benedicto XVI; insisto: si los hay, yo no los he encontrado. En los medios sí, y deben Vds. reconocer que algunas expresiones carecen del más mínimo rigor periodístico.

Entonces, ¿qué hay detrás de las alusiones de Benedicto XVI a las sectas? Yo me atrevo a poner un ejemplo: no es muy difícil, en contexto brasileño, que a uno se le venga a la cabeza un ejemplo: la "Iglesia Universal del Reino de Dios", fundada por un tal Edir Macedo y que sostiene la llamada "teología de la prosperidad". Ahora que ya todos sabemos quién es la Virgen de Aparecida, es interesante saber que uno de los secuaces de Macedo apareció en TV maltratando una imagen de Nossa Senhora... Se llaman "Iglesia" pero... no les quiero engañar: más que una iglesia es lo que mi abuela llamaba un "sacaperras", o dicho en términos teológicos, lo menos parecido a una iglesia evangélica que podemos encontrar. Después de lo que ha llovido con la controversia fe-obras, sorprende que estos timadores de Macedo nos hablen de una fe que produce resultados y que se conquista por la propia actitud. Entre otras cosas, el "obispo" Macedo presume de un diploma de "Mestre em Ciências Teológicas - Federación Evangélica Española de Entidades Religiosas". Ni que decir tiene que los evangélicos españoles no tienen nada que ver con él, y de hecho, los primeros en poner el grito en el cielo contra estos mercachifles de lo sagrado han sido los mismos evangélicos, y con razón, porque este tipo de gente mancha el buen nombre de tantos y tantas creyentes que profesan su fe en las iglesias evangélicas (pentecostales, presbiterianas, episcopales, metodistas y tantas otras denominaciones).

Por tanto, hablar de "sectas evangélicas" no sólo es inexacto, sino además injusto. Existen comportamientos sectarios en todas partes, también en la Iglesia católica. Comprendo el enfado de los hermanos evangélicos; quizá, en medio del cabreo, no hubiera estado mal contrastar fuentes y evitar textos que hacen daño: "La secta católica mantiene pingües beneficios cobrando dinero de los Estados, y de sus seguidores para anular matrimonios (el divorcio está prohibido), misas de difuntos, y venta de objetos que supuestamente obran milagros". Es cierto que se trata sólo de expresiones exageradas, destinadas a causar impacto, por las que piden perdón; pero (vuelvo a citar a mi abuela), "a la broma bromeando, las verdades vamos soltando". Imagino que el que escribió esto debía estar muy enfadado:
Podemos asegurar que estos párrafos anteriores (por los que repetimos que pedimos disculpas a los lectores de fe católica que los lean) contienen mucho más de verdad (o mucho menos de medias mentiras y demagogia) que todas las afirmaciones negativas, peyorativas y difamatorias que sobre el cristianismo evangélico o protestante hemos leído estos días en torno a las declaraciones y visita del Papa Benedicto XVI a Latinoamérica. Y ni el Papa, ni los medios católicos, han pedido ni va a pedir disculpas como nosotros estamos haciendo, estamos seguros.
No es ese el clima ecuménico que queremos cultivar entre todos, creo yo. Las sectas no tienen nada de evangélico, y mucho menos evangélico es que los cristianos se tiren los trastos a la cabeza. Yo, como católico, pido perdón por la expresión "sectas evangélicas", y pido por favor que los cristianos dejemos de enfrentarnos por estas tonterías.

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jueves, 10 de mayo de 2007

El libro del Papa (por Vitorio Messori)

Posted by Rubén García  |  at   21:21

Desde las primeras líneas del prólogo de su «Jesús de Nazaret», Joseph Ratzinger (como prefiere que se le llame, porque en este caso escribe como estudioso a nivel privado), explica por qué, con una especie de urgencia, ha dedicado a su libro «cada momento libre» incluso tras la «elección a la sede episcopal de Roma».
Y explica por qué («no sabiendo cuánto tiempo y cuántas fuerzas me serán todavía concedidas») ha decidido anticipar en forma de libro los capítulos centrales del texto, los que hablan de la vida pública del Nazareno, lanzando una reflexión sobre «los evangelios de la infancia» y el «misterio pascual», es decir, los relatos de su pasión, muerte y resurrección

Continúa...
Desde las primeras líneas del prólogo de su «Jesús de Nazaret», Joseph Ratzinger (como prefiere que se le llame, porque en este caso escribe como estudioso a nivel privado), explica por qué, con una especie de urgencia, ha dedicado a su libro «cada momento libre» incluso tras la «elección a la sede episcopal de Roma».
Y explica por qué («no sabiendo cuánto tiempo y cuántas fuerzas me serán todavía concedidas») ha decidido anticipar en forma de libro los capítulos centrales del texto, los que hablan de la vida pública del Nazareno, lanzando una reflexión sobre «los evangelios de la infancia» y el «misterio pascual», es decir, los relatos de su pasión, muerte y resurrección.
Ratzinger explica esta prisa utilizando una expresión muy significativa, que parece contrastar con su tono siempre tan mesurado y equilibrado. Si ha decidido acudir a las mismas raíces, al mismo Fundador, es porque existe hoy «una situación dramática para la fe». Fe que se disuelve si no se combate la agresión - que viene también de cierta “intelligentzia” católica- a la verdad histórica de los relatos evangélicos según la cual Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios anunciado sería una construcción tardía con poco o nada que ver con el «Jesús de la Historia, un oscuro predicador como tantos otros en el seno de la tradición judía». «Ha penetrado profundamente en la conciencia común de la cristiandad», escribe el Papa, «la impresión de que sabemos bien poco sobre el verdadero Jesús, que sólo la fe en su divinidad habría plasmado su imagen».
Este libro, por tanto, quiere ser un instrumento para «comenzar de nuevo», para avanzar en la reevangelización auspiciada con insistencia por Juan Pablo II. Así, nos hallamos ante unas páginas pensadas para revisitar, reafirmar, salvaguardar el fundamento del edificio cristiano. Sólo a la luz de una certeza de fe reencontrada es posible darse a elevaciones espirituales y extraer consecuencias morales. Pero si Jesús no es el ungido y el anunciado y sólo es un Yeoshua, un predicador ambulante de los inciertos contornos de la era entre Augusto y Tiberio, son abusivas y grotescas las elucubraciones que se extraen de una enseñanza fruto de quién sabe qué oscuras manipulaciones e interpolaciones.
Aunque soy alérgico a las hipérboles periodísticas, esta vez adjetivos como «precioso» si no «decisivo» (para los creyentes, y quizá no sólo para ellos) me parecen aplicables al Jesús del teólogo bávaro, que celebra su 80 cumpleaños, y ya dos como Vicario de aquel Cristo del que aquí se habla. Mientras en las actuales listas de libros más vendidos proliferan títulos que se compadecen de la inocencia o denuncian la ignorancia de quienes se obstinan en llamarse creyentes, he aquí un Papa-profesor que desplaza a pequeños y grandes «maestros de la sospecha», mostrándose más al día que todos ellos.
Abundan por las librerías libelos que se supone que deberían demostrar que «ya no se puede ser cristiano», asumiendo la propaganda de polemistas decimonónicos, repitiendo las trituradas mediocridades de farmacéuticos y notarios de la provincia masónica. Se presentan como revelaciones devastadoras para la fe argumentos que entusiasmaban incluso a un joven socialista, un autodidacta como Benito Mussolini que -en el palco de los comicios, envuelto en una bandera roja- daba un minuto de reloj al inexistente Dios para fulminarlo. Se difunden, también, libros ciertamente más insidiosos a la par que sofisticados, en los que investigan sobre Jesús profesores que se formaron en los esquemas del siglo XX, según los cuales las inciertas y a menudo arbitrarias metodologías llamadas «histórico críticas» serían «ciencia», y por tanto, objetivas e indiscutibles. Olvidan, en cambio, advertir al lector de que esos esquemas son tan poco «históricos» y tan poco «críticos» que cada generación de exégetas refuta a la anterior, dando por segura otra verdad, destinada, obviamente a ser también rebatida.
También, como recuerda con ironía Ratzinger, «quien lee estas reconstrucciones del “verdadero” Jesús puede rápidamente constatar que son sobre todo “fotografías” de los autores y de sus ideales», tomando cada uno por «ciencia» su propio temperamento y el espíritu de los tiempos. Difícil tomarse a lo trágico a biblistas como éstos, que durante decenios han venerado como príncipe, o al menos han respetado, a Rudolf Bultmann (al cual Ratzinger dirige algún que otro lance irónico), que sentenció que no existe, que no puede y que no puede existir relación alguna entre lo que los evangelios cuentan y lo que realmente sucedió, pero que al mismo tiempo rechazó siempre ir a Palestina: si los lugares y la arqueología contradecían la teoría libresca, peor para ellos, no para la teoría.
Para quien se ha quedado en el siglo XIX o en el XX, he aquí que surge la voz discordante de un Papa. No un Papa que se acoge al principio de autoridad, ni formado al estilo de lo que Hans Küng llama, con el desprecio del clérigo «adulto» la «arcaica teología romana», sino un intelectual, un estudioso entre los más apreciados del mundo, que ha atravesado toda la modernidad para asomarse, al fin, a la postmodernidad. La época que, después de haber triturado de todos los modos posibles los versículos evangélicos para dejar sus restos en el cesto de lo mítico, de lo didascálico y lo edificante, se ha dado cuenta de que, en realidad, actuando de ese modo el enigma de Jesús no sólo no se disolvía, sino que se hacía más espeso. Y que quizá la simple lectura de los evangelios «tal y como están» puede ser más clarificadora que la teoría de un académico alemán.
Digo alemán no por casualidad, sino porque en Alemania -donde cada universidad, incluso las públicas, tienen dos facultades de Teología y Exégesis, una protestante y la otra católica- ha nacido y se ha ido ampliando hasta convertirse en hipertrófico el método «histórico crítico» aceptado después en todas partes por los biblistas, intimidados por nombres teutónicos, que se acogen a la severa e inapelable «Wissenschaft», la Ciencia con mayúsculas. «Formg, Redaktiongeschichte» , «Wirkunggeschichte», «Entmithologisierung», «Ur-Quelle» y demás infinitas teorías y sistemas que el profesor Ratzinger conoce estupendamente, que han nacido y han sido cultivadas en las universidades en las que él ha sido profesor, y que en su juventud también le fascinaron a él. Teorías que ahora no condena ni reniega de ellas, quede claro. «Espero», escribe, «que el lector comprenda que este libro no ha sido escrito contra la moderna exégesis sino con reconocimiento por lo mucho que nos ha dado y que sigue dándonos».
No rechaza nada de todo lo válido que llegue de sus colegas académicos. No quiere ir «contra», sino «más allá», consciente de que es precisamente la búsqueda -concreta, sensata y por tanto dispuesta a toda posibilidad, incluso a la de abrirse al misterio- la que puede mostrarnos que existen más cosas en la Escritura de las que nos pueda descubrir la crítica positivista, el racionalismo exegético. Así, al final, un especialista como él, de vuelta de cada teoría, sistema o método, consciente de cada objeción, puede concluir que, si se se quiere alcanzar a Jesús, «se puede uno fiar de los Evangelios», y que no es cierto que la búsqueda histórica esté en irreversible desacuerdo con la fe. Al contrario, al final puede confirmarla.
El libro que nuestro profesor comenzó como cardenal y ha completado como Pontífice, parece estar en la línea del grito de aquel a quien él siempre llama «mi venerado y amado predecesor». Sí, aquel «¡No tengáis miedo!» de Juan Pablo II resuena también en estas páginas que no temen a la crítica de los sabios, que la respetan, que toman cuanto en ella hay de positivo, pero que van más allá.

*Vittorio Messori. Escritor (LA RAZÓN)

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domingo, 6 de mayo de 2007

Los mártires de la Guerra Civil española (Mons. Raul Berzosa)

Posted by Rubén García  |  at   18:47

Sé que en estos momentos de recuperación de la llamada memoria histórica, todo lo que afecte al periodo de la historia española de los años 30-40 se puede, y de hecho se tiende, a interpretar en clave política. Por esta razón, conviene puntualizar al menos tres claves para comprender lo que son, y lo que no son, los mártires asturianos y el sentido que tiene su posible beatificación y canonización.


Lo primero, y lo más importante, que es necesario subrayar es que dichos mártires son eso: “mártires”, es decir, víctimas totalmente inocentes en una persecución religiosa. Ellos no eran soldados, ni sindicalistas, ni políticos, ni intelectuales, ni representaban una ideología beligerante definida. No se los persiguió ni martirizó por haber iniciado ellos una polémica o batalla alguna. Sencillamente, fueron asesinados por ser lo que eran: creyentes coherentes hasta estar dispuestos a dar la vida por lo que creían.

En segundo lugar, la Iglesia ha venido beatificando y canonizando mártires desde hace veinte siglos; desde el inicio del cristianismo. Por esta razón a la Iglesia nadie, desde fuera, le impone un calendario de beatificaciones o canonizaciones. El ritmo que lleva es doble: por un lado, si el declarar beatos o santos a dichos mártires viene reclamado por el pueblo que les honra devoción. Y, por otro lado, tras una rigurosa investigación si la Iglesia llega al convencimiento de que dichos mártires merecen tal categoría. Si estas dos dimensiones (devoción popular e investigación histórica rigurosa) reclaman la declaración positiva del martirio entonces, en la fecha más adecuada, se da el paso público y solemne, convirtiendo a los mártires en ejemplos, intercesores y hermanos mayores en la Fe para los creyentes de todas la épocas. La Iglesia, puede, como parece el caso presente, beatificar y canonizar varios mártires a la vez, como ejemplo colectivo. Con una certeza: para nosotros, los cristianos, no hay muertos. Sólo vivos: peregrinando, en la tierra y los que ya han llegado a la Jerusalén celeste. Entre unos y otros hay comunicación: es la comunión de los santos.

Y, tercera clave, en el caso que nos ocupa, la Iglesia en España no desea que los mártires, anteriores a la guerra civil y concomitantes a la misma, sean utilizados como arma arrojadiza contra nadie ni como bandera o enseña política de nadie. La Iglesia desea que, social y culturalmente, dichos mártires contribuyan a la reconciliación y al recuerdo y memoria de algo dramático que no debe volver a repetirse. Su ejemplo de heroísmo y generosidad, como víctimas inocentes del ayer y estímulo de las víctimas que siguen generándose en otros campos, nos desafía con un mensaje claro y punzante: el mal nunca se vence con el mal, sino con el bien. La violencia genera más violencia. Sólo el amor y el perdón son creativos y capaces de renovar personas y sociedades.

+ Raul Berzosa Martínez (5mayo 2007)

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viernes, 4 de mayo de 2007

¿Quién es cristiano? (H. U. von Balthasar)

Posted by Rubén García  |  at   19:11

Lo que os presento aquí es una selección personal (con lo que eso supone de limitación) de frases de la pequeña obra de H. U. von Balthasar ¿Quién es cristiano?. Una obra breve del teólogo jesuita pero de contenidos muy profundos, que dan para unas cuantas meditaciones. Si alguno pasa de la selección a leer el texto completo, os aseguro que no se arrepentirá.

Los números de páginas se corresponden con la edición española (Editorial Sígueme, Salamanca 2000)


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• El cristiano mira en torno desconcertado: se le ha desprendido algo que le envolvía como un manto calido y protector, y se siente desnudo. Se siente un fósil de edades pretéritas- 13
• No es algo agradable cargar con una herencia cuyos crasos errores saltan a la vista- 17
• Para el hombre sin Dios, las palabras de la cultura cristiana no hablan de Dios, o sólo muy débilmente- 19
• La fe puede ser infinita si ama, la obra es finita- 20
• El cristiano tiene que saber contemplar ocasos a su alrededor, sin que por eso se le ponga el sol- 21
• Los cambios en la Iglesia han estado siempre ligados a la conversión, y cuanto más profunda sea esta, más dolorosos serán- 28
• Cristo nunca fue moderno, ni lo será, Dios mediante. Ni él ni sus discípulos Pablo y Juan pronunciaron una sola palabra por seguir la corriente política o gnóstica- 29
• El lema “contemplativo en la acción” significa prácticamente que la persona activa ya no es lo bastante contemplativa; no existe otra madurez o mayoría de edad que la acción- 30
• Ir de Dios al mundo puede ser una misión cristiana, misión cristiana en el mundo, pero puede ser también una huida de Dios - 31
• En el ecumenismo, lo importante para el católico es, precisamente, no transigir, restando y abandonando su plus específico, sino esforzarse en tomar plena conciencia del núcleo del Evangelio- 42
• El impresionante itinerario de siglos desde el monasterio alejado hasta la existencia en el mundo es también efecto de una clara intervención del Espíritu Santo. Y habrá que extraer las últimas consecuencias de esta incontenible marcha- 44
• Es justamente el santo aquel que intenta hacerlo todo cristianamente, el que mejor y más profundamente sabe hasta que punto es pecador- 54
• Él nos redimió activamente, nosotros somos los redimidos por él pasivamente; todo lo que nosotros hacemos activamente, en respuesta, descansa en esta pasividad primigenia- 55
• Dado que Jesús es más, hace y exige más que el hombre, la fidelidad de sus discípulos excede también de una mera adhesión humana: es fe- 60
• Para el hombre la obediencia por amor lleva el nombre específico de fe
• La fe en Cristo se acredita por la ilimitación total de su entrega: cualquier infidelidad queda excluida en Cristo, aunque su fidelidad nos resulte inaparente- 61
• Cristiano es la persona que vive de la fe, es decir, que ha apostado toda su existencia a una posibilidad que nos brindó Jesucristo, el Hijo de Dios, obediente por todos nosotros hasta la cruz: participar en el sí de Dios, un sí obediente que redimió al mundo-
• Todo lo que la existencia del Hijo revela sobre la esencia de este amor es la renuncia a disponer de si. Es esta renuncia lo que confiere la novedad inaudita al cumplimiento de su misión. El Hijo rehusa cualquier cautela deja cualquier providencia en manos del Padre que lo envía y conduce-
• Nada puede ensombrecer más el poder de Dios, impedir más la llegada de su Reino, que imponer nuestro poder para hacer llegar el Reino de Dios- 65
• Jesucristo es la unidad indisoluble del sí de Dios al hombre y del sí del hombre a Dios- 67
• El cristiano no dio el sí a su propio y particular plan, sino al plan de Dios, siempre mayor, que siempre parece diferente de lo que el hombre se ha imaginado- 69
• El cristianismo se pregunta cómo es posible la identidad entre Dios y el hombre si ambos son y serán esencialmente diversos. Y la respuesta es que tal identidad es posible porque Dios da a su amor la forma de obediencia y el hombre da a su obediencia el sentido del amor- 69
• Todos los esfuerzos humanos en sus buenos y óptimos propósitos son puros espasmos y distorsión; lo que Dios exige es la entrega del corazón en un amor creyente- 72
• Se podría narrar la historia de la Iglesia desde esta perspectiva, como historia de todas las ofertas sustitutivas que ella hace a Dios para evitar el acto de la verdadera fe: la cruz- 72
• El evangelio sólo es buena noticia para el pobre
• El que no quiere oír primero a Dios, nada tiene que decir al mundo- 80
• El carácter definitivo es lo que confiere todo su peso ante Dios a una forma de vida inspirada en los consejos evangélicos- 83
• La verdadera fecundidad de una vida se basa en el “de una vez para siempre”. Lo demás, en expresión de Kierkeegard, es existencia estética- 83
• El cristiano, que gracias a la intimidad con el Espíritu Santo de Jesús, que guía y ordena, conoce que debe abandonar todo su plan en aras del plan de Dios, ese es un cristiano mayor de edad- 88
• Cuanto más obedientes al Espíritu libre de Cristo, más libres y adultos podemos considerarnos. Todo lo demás son ardides para engañarnos a nosotros mismos- 89
• Ningún servidor puede abandonarse definitivamente creyendo que ya ha entendido plenamente su misión y que, para realizarla, no necesita ya preguntar- 90
• El modo de este amor nuestro se define por el hecho de haberlo recibido de Dios y transferirlo después a los hermanos- 94
• Para un cristiano, es herético afirmar que el Hijo de Dios no murió por todos los pecadores. Nadie estuvo más alejado de la cruz que otros; todos estuvieron igualmente cercanos a él, hasta confundirse, hasta identificarse; todos y cada uno eran su prójimo. El amor mostró esta dimensión infinita, inabarcable, en la cruz- 95
• Para el cristiano, este prójimo que le sale al encuentro es espejo donde se le aparece Cristo- 96
• Detrás de mi hermano está el compromiso de Dios hasta la muerte; esto demuestra que mi hermano tiene para Dios un valor eterno- 97
• La Iglesia es la concentración imprescindible para la expansión, porque si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? Concentración significa atención despierta y activa a lo esencial- 100
• Percances, derrotas, vejaciones, calumnias, desprecios, y, al final, como compendio de su vida, un gran fracaso: todo esto fue el pan de cada día de Cristo y será el destino de la Iglesia en este mundo; y el que quiera pertenecer a la Iglesia debe contar con tal estado de cosas, ya que ninguna evolución podrá superarlo- 104
• Podemos encontrar a Dios en los signos de la palabra y el sacramento, pero sólo para buscarlo más apasionadamente allí donde no está aún y donde nosotros podemos hacerlo presente, o, más exactamente, donde permanece oculto y debemos descubrirlo- 104
• Estamos radicalmente expuestos como cristianos ante el mundo; y, por Cristo, al mundo. Nos gustaría hacer de la Iglesia un escudo contra el mundo; y, de nuestra misión en el mundo, un escudo contra la palabra y el compromiso de Cristo. Pero Cristo desautoriza la espada secular del integrista Pedro, toma partido por los agresores y cura la oreja de Malco- 108
• Todos abrigamos esta esperanza que no defrauda: que lo apuntado como inútil en el libro del tiempo pueda ser registrado como valioso en el libro de la vida y de la fecundidad - 115
• Como la inutilidad fue el signo de la existencia terrena de Jesús, tendría que serlo también el de la Iglesia terrena- 119
• Podemos encontrar a Dios en los signos de la palabra y el sacramento, pero sólo para buscarlo más apasionadamente allí donde no está aún y donde nosotros podemos hacerlo presente, o, más exactamente, donde permanece oculto y debemos descubrirlo- 104
• Cuanto más íntimo y personal es un amor, más público es en el Reino de Dios y más participan todos de él. El pavimento del cielo es de cristal diáfano, pero también lo son los muros. Todos encuentran acceso a la casita de Nazaret, al corazón de la Virgen; también gente mal calzada y peor vestida, que no huele a azucenas- 123

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