lunes, 29 de septiembre de 2008

Isidorianum

Posted by Domingo García  |  at   19:17

El rector del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, D. Luis Fernando Álvarez, nos envía el sumario del último número de la revista Isidorianum que edita el centro. En él se recogen artículos en homenaje al Emmo. y Rvdmo. Cardenal Fray Carlos Amigo, que apacienta a la Iglesia de Dios que camina en Sevilla.

Entre las ponencias, podréis encontrar una semblanza del cardenal, escrita por el ministro general de los franciscanos, y un interesante artículo de Historia de la Iglesia en América. Ambos textos pueden leerse completos en la WEB de la revista.

El sumario nos ha llegado por nuestro colaborador Álvaro Pereira. Gracias a D. Luis Fernando y a Álvaro, y enhorabuena a los profesores de Sevilla que llevan adelante esta excelente revista. Los sumarios de los números anteriores pueden encontrarse aquí.


ARTÍCULOS / ARTICLES

José Rodriguez Carballo, Semblanza de su Eminencia el Cardenal Fr. Carlos
Amigo Vallejo, OFM, Arzobispo Sevilla

Referencia bibliográfica de Fray Carlos Amigo Vallejo

Paulino Castañeda Delgado, Los precedentes de la fundación de las primeras
iglesias de Indias

José Joaquín Castellón Martín, Encarnación e imagen de Dios

José María Garrido Luceño, El ascetismo, ¿una reliquia del pasado?

Purificación Romero Pérez, La creatividad, como valor en la educación

Miguel Ángel Álvarez Paulino SDB, Estructura del Libro del Exodo

Fernando Camacho Acosta, La exousia o autoridad de Jesús en el Evangelio de
Marcos

Miguel Ángel Garzón c.o., Los profetas y la alegría

Manuel Mallofret Lancha, La Iglesia en las Cartas auténticas de Pablo y en
algunas tradiciones posteriores

Luis Fernando Álvarez González, Una liturgia episcopal sencilla y plena de
eficacia pastoral

José Arturo Domínguez Asensio, El Espíritu y la Iglesia: catolicismo y
protestantismo

Manuel Sánchez y Sánchez, Puesto que soy siervo de todos, estoy obligado a
serviros a todos

José Luis Mora Mérida, Apuntes y reflexiones para la historia de la
secularización de los curatos de los religiosos en América

Manuel Leal Lobón SS.CC.,Los obispos de Indias. Elección y disponibilidad
pastoral

Teodoro León Muñoz, El arcipreste, su identidad y misión, según el Derecho
Canónico



RECENSIONES / BOOK REVIEWS



Xesús R. Jares, Pedagogía de la convivencia - Juan Carlos Torrego (coord.),
Modelo integrado de mejora de la convivencia. Estrategias de mediación y
tratamiento de conflictos - AA. VV. 25 años de teología: balance y
perspectivas - Eloy A. Santiago Santiago, La gracia de Cristo y del
cristiano. Cristología y antropología en Juan Alfaro - AA. VV. La Hermandad
de la Vera-Cruz de Alcalá del Río - Juan José Calles Garzón, Catecumenado y
Comunidad Cristiana en el Episcopado español.

AÑO XVI
NÚMERO 32-33
2007

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jueves, 25 de septiembre de 2008

La "sana" laicidad"

Posted by Rubén García  |  at   20:57

Artículo publicado en El Mundo León (18 septiembre 2008)
Los esquimales usan, en su lengua, más de una decena de términos diferentes para describir las tonalidades blancas del hielo y la nieve. Al distinguir matices cromáticos allí donde los no avezados vemos sólo una monótona blancura, su idioma se ha desarrollado para poder expresar aquello que ven. La lengua siempre actúa discerniendo la realidad, de tal manera que, si prescindimos de los matices que nos aporta, terminamos empobreciendo también nuestra comprensión de lo que existe. No es lo mismo un término que otro, las palabras nunca son del todo neutras.
En un artículo titulado “Laicidad”, publicado en este mismo periódico en el mes de julio, D. Luis Grau Lobo afirma: “Hay quien incluso se aviene a proponer una “laicidad sana” (se supone que frente a otra enfermiza), en un claro ejercicio de prepotencia moral”.

Ha sido sobre todo el Papa Benedicto XVI quien, recogiendo el pensamiento del anterior pontífice, ha hablado repetidamente de una “laicidad sana y bien entendida” para referirse a la necesaria neutralidad que el estado y las instituciones políticas deben guardar frente a las diferentes preferencias religiosas de los ciudadanos. El estado, que ha de reconocer el derecho a la libertad religiosa de los ciudadanos y favorecer su ejercicio, no debe hacer suya ninguna religión en concreto, ni puede discriminar a grupo alguno por sus creencias y prácticas religiosas, siempre que estas se mantengan dentro del marco común que posibilita la convivencia. Esta laicidad “sana y bien entendida” puede ser también llamada neutralidad religiosa positiva.
Lejos de ser rechazable para los católicos, la “sana laicidad” ha sido expresamente reconocida y alentada por toda la enseñanza reciente de la Iglesia y está totalmente asimilada por el pensamiento democrático, abrumadoramente mayoritario entre nosotros.
Si hablamos de “sana laicidad”, ¿será porque existe, por oposición, una laicidad “insana” e “injusta”? Sí, el laicismo. La confusión entre laicidad y laicismo, más frecuente de lo deseable, lejos de ser una disquisición sin importancia, genera muchos de los desencuentros que actualmente se dan en España sobre cuestiones de índole ético-moral y religiosa. El laicismo es la actitud por la que un estado no reconoce las creencias religiosas de sus ciudadanos como un bien positivo, a custodiar por los poderes públicos, sino como una actividad negativa para la convivencia que debe, por tanto, ser ignorada, marginada e incluso anulada y reprimida. Para el laicista, los creyentes somos los últimos supervivientes de tiempos precientíficos y predemocráticos y, en último término, estorbos para su proyecto de construcción social.
El laicismo no deja de ser, en el fondo, un confesionalismo estatal de carácter contrario. En el estado confesional, este se identifica con una determinada religión; en el laicismo, el estado hace suya la creencia en la no-creencia.
El artículo 9 de la Convención europea de los derechos del hombre de 1950 afirma que la libertad de religión también implica la posibilidad de manifestar, individual y colectivamente la religión de cada persona, en público y en privado. El laicismo no reconoce en la práctica este derecho al ejercicio público, que va mucho más allá del culto, ya que sospecha de la religión como fuente de conflictos que socavan la estabilidad y convivencia democráticas. Por ello, promueve que las religiones se recluyan al ámbito de lo puramente privado, al terreno exclusivo de los ritos y las liturgias, a “las sacristías”, negándolas su derecho a participar, con voz propia, en el concierto de una sociedad plural donde todas las demás voces, de filosofías y cosmovisiones varias, sí son escuchadas. Refiriéndose a la restricción que el laicismo pretende imponer a los creyentes en la vida pública, afirmó el Papa en su, ya celebre, discurso a la ONU del mes de mayo: “No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan a la construcción del orden social”.
Mientras que la laicidad, rectamente entendida y ejercida, es garantía de libertad, igualdad y convivencia, el laicismo sólo puede ser desencadenante, antes o después, de injusticia, violencia y represión de libertades y derechos inalienables de los ciudadanos.
Curiosamente, el actual presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, escribió en el prólogo al libro “Tender puentes: PSOE y mundo cristiano” (editado en el 2001) algo perfectamente asimilable a la noción de “sana laicidad” por la que los católicos, y muchos no-católicos, abogamos: “Reivindicamos y defendemos un Estado aconfesional. Sin embargo la laicidad, en este nuevo contexto, no puede convertirse en el argumento para un dogmatismo antirreligioso. La defensa del pluralismo y de la democracia no puede hacerse sobre la indiferencia o el rechazo a la religión. La religión puede ser un complemento valioso de la democracia.”.

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miércoles, 24 de septiembre de 2008

Ante la maldición del enemigo...

Posted by Rubén García  |  at   8:30

Si nos alcanza la maldición del enemigo, porque no puede soportar nuestra presencia, debemos levantar las manos para bendecirlos: vosotros, nuestros enemigos, sed bendecidos por Dios, vuestra maldición no puede destruirnos, pero que vuestra pobreza quede colmada con la riqueza de Dios, con las bendiciones de aquel contra el que inútilmente os dirigís. Queremos soportar vuestras maldiciones, si, con esto, conseguimos que seáis bendecidos
Dietrich Bonhoeffer (teólogo y martir cristiano del nazismo)

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domingo, 21 de septiembre de 2008

Documenta Catholica Omnia

Posted by Domingo García  |  at   0:43

Hay proyectos que bien merecen una reseña, aunque sea breve como la mía: os presento "Documenta Catholica Omnia", un proyecto que pretende reunir (como su propio nombre indica) documentos católicos de todas las épocas: la Biblia, los Padres de la Iglesia, Santo Tomás... Un proyecto que merece la pena conocer y por el que hay que felicitar a los autores. Ah! Está en latín...

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miércoles, 10 de septiembre de 2008

Carta abierta a un ateo militante

Posted by Rubén García  |  at   21:31

Magnífica carta de Mons Fernando Sebastián que hace pensar a ateos y creyentes.

Pamplona, 1 de diciembre de 2001
Escribo esta carta en respuesta, algo lejana ya, a un artículo publicado en un periódico de Madrid. Este escrito apareció a los pocos días de haber comenzado los bombardeos americanos en Afganistán. El autor argumentaba diciendo que la fe cristiana, y las fes religiosas en general, eran tan contraproducentes y tenían consecuencias tan perversas que a él, la conducta de los cristianos le había hecho pasar de un agnosticismo titubeante a un ateísmo decidido y militante.


Es muy probable que el autor de aquel artículo no lea nunca esta respuesta. Sé muy bien que es difícil entrar en diálogo con nadie sobre cuestiones tan íntimas. Pero escribo pensando en otras muchas personas, de Navarra y de fuera de Navarra, que piensan o sienten de manera parecida. Quisiera ayudarles a descubrir la racionalidad y la gran humanidad de la fe cristiana.
Antes que nada creo que no será difícil ponernos de acuerdo en una cosa: la verdad o la falsedad, el valor o la malignidad de la fe cristiana, no depende de lo que hagamos o seamos los cristianos mediocres. El valor de la fe aparece de algún modo en la vida de aquellos cristianos que viven más en coherencia con ella. Los cristianos que viven a fondo el sermón de la montaña sí deben ser tenidos en cuenta para examinar la verdad y el valor del cristianismo. Y los hay. No sólo los que son ensalzados en los medios de comunicación, sino otros muchos, que viven escondidos junto a nosotros, atendiendo a su familia con amor y sacrificio, cuidando enfermos, acogiendo niños sin familia, cumpliendo fielmente sus obligaciones profesionales. O bien viviendo austeramente en la clausura y orando por la salvación del mundo. El que quiera ver testigos sinceros de la bondad de Dios los encontrará sin dificultad en nuestro mundo.
Aquí es donde está la clave de la cuestión. Para encontrar a Dios hay que amar la verdad, hay que tener el deseo y la inquietud de vivir en la verdad, sin encerrarnos en nosotros mismos, viviendo dispuestos a aceptar con alegría la existencia de Dios, si es que los signos de este mundo visible nos sugieren razonablemente la verdad de su presencia misericordiosa. Aun antes de haber dado con El, es posible invocarlo desde la duda, “Señor Dios, si existes, si te interesas por mí, dame algún signo de tu presencia". Es la oración del hombre honesto y leal consigo mismo que busca la verdad.
Desde esta disposición interior no es difícil percibir que nuestro mundo no tiene explicación racional clara, ni resulta tampoco amable ni soportable sin reconocer la existencia de un principio absoluto, de un Creador no creado del que han surgido todos los seres contingentes que están en la existencia.
Para vislumbrar la verdad de Dios, tenemos que comenzar por analizar las realidades cercanas, indiscutibles. Mi existencia, la de la humanidad en su conjunto, la de la creación entera, nada de esto es comprensible ni justificable sin admitir la existencia de un primer existente infinito y necesario en el cual se apoye la existencia de todas las demás cosas. La famosa pregunta ¿"Por qué el ser y no la nada"? No tiene otra respuesta que ésta: porque la nada no es posible, de la nada nunca hubiera salido nada, si algo existe es porque el ser se afirma por sí solo, porque el ser infinito es la realidad original, gracias al cual todo lo demás es posible. A este ser precedente, necesario y sin límites le llamamos Dios.
Quien ha percibido alguna vez este misterio original de las cosas, comprende lo substancial del mensaje de Jesús. Jesús es ante todo un personaje histórico de cuya existencia no se puede dudar honestamente. Su vida y los acontecimientos que siguieron a su muerte avalan la verdad de su testimonio. Y su testimonio, substancialmente, es éste: Tenemos un Padre en el Cielo que cuida de nosotros y nos mantiene en la existencia con su amor, por el puro deseo de ofrecernos la posibilidad de compartir con El el gozo de su vida infinita. El Dios confuso barruntado por la razón, adquiere un rostro preciso y concreto a través de la experiencia filial de Jesús.
Jesús sí es testigo de Dios. Jesús sí es apoyo firme para nuestra fe en Dios. Jesús es el hombre justo y amable, cuya vida nace de su comunicación íntima con Dios. La amabilidad de su vida generosa demuestra la bondad y la humanidad de Dios, tal como El lo percibe y se comunica con El. Los testimonios de sus apóstoles, avalados con la verdad del martirio, nos hacen pensar que el dato del sepulcro vacío, las apariciones de después de la muerte, la fuerza expansiva de la vida regenerada por la fe en El, no son quimeras sino datos históricos firmes, perfectamente aceptables y creíbles.
El testimonio de Jesús y de sus apóstoles, históricamente incuestionable y religiosamente convincente sí es el apoyo firme que necesitamos para creer. En este momento hay que tener en cuenta que creer no es “ver", ni “comprobar ” algo por nosotros mismos, como se comprueba en un laboratorio la fuerza de una corriente eléctrica o las cualidades de una sustancia química. Creer es dar fe a lo que alguien me dice, creer es dar confianza a una persona en atención a sus merecimientos y a la congruencia de su testimonio, dejarse enseñar y guiar por una persona (en este caso Jesucristo) que nos parece digno de confianza. En el límite, creer es poner nuestra vida libremente en manos de una persona querida de la que hemos recibido pruebas de amor y de lealtad. Los cristianos creemos en Jesucristo, nos dejamos guiar por El, porque estamos convencidos de que vivió para nosotros y ofreció su vida libremente por nosotros. De este modo la fe cristiana comienza como una amistad, una alianza vital entre el creyente y Cristo. Creer es una elección, un acto supremo de libertad y de dominio de la propia vida.
La fe en Jesús nos abre el paso a la fe en Dios. Jesús es la puerta, la ventana abierta desde este mundo al mundo de Dios. Creer en Jesús es adorar filialmente con El al Padre del Cielo, confiar en El, amarle, poner nuestra vida en sus manos, sin necesidad de verle, apoyados en el testimonio y en la lealtad de Jesucristo. Jesús es el resplandor de Dios en este mundo, su gran palabra, cabal y sonora, la noticia y la prueba del amor que Dios nos tiene hasta la vida eterna. Nos falta decir algo del papel que juegan la Iglesia y los cristianos en este camino personal hacia el encuentro con Dios. Hablar de eso ahora sería complicar las cosas. Puede quedar para otra ocasión.
Al llegar aquí ya se puede mirar hacia atrás para ver el mundo, la historia, nuestra propia vida, como don de este Dios que es un verdadero Padre de vida, como camino hacia el encuentro con El en el gozo de una vida verdadera y consistente. Desde la cima de la fe todas las cosas y los acontecimientos de la vida adquieren una nueva claridad, un nuevo sentido, todo es más claro, más hondo, más amable. Hasta la muerte comienza a ser inteligible y aceptable. Esta experiencia final, posterior a la decisión de creer, es tan congruente y tan pacificadora que se convierte en el mejor argumento de la verdad de nuestra fe. La fe es como un baño en el mar de la bondad y la claridad de Dios. Sólo quien se decide y entra en este mar, siente el gozo de vivir y moverse en El. Los que se quedan fuera por miedo a perder pie nunca podrán comprender el gozo y la riqueza de la fe.
Ojalá estas pobres ideas, escritas con el sincero deseo de ayudar, sirvan a alguien para descubrir la verdad, la riqueza y la posibilidad de la fe. Ojalá algunos de los muchos ex cristianos y ex cristianas que abandonaron la fe para sustituirla por las nuevas fes del bienestar o de la política o de la tolerancia sin identidad propia, encuentren en ellas una llamada a recuperar lo que abandonaron precipitadamente. Ojalá algunos de los jóvenes que se abren ahora a la amplitud y la complejidad de la vida, lean estas líneas de un Obispo viejo que les quiere y se animen a recorrer con Cristo el camino de su vida, como hijos de Dios, como hombres libres dispuestos a vivir con esperanza en la verdad y en la justicia suprema del amor y de la misericordia.
+Fernando Sebastián Aguilar

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