martes, 1 de abril de 2008

El bautismo de Magdi Cristiano Allam

Posted by Rubén García  |  at   12:51

Interesantísima reflexión de Pietro de Marco a proposito del bautismo del periodista italiano converso al catolicismo Magdi Cristiano Allam

Doble respuesta: a los católicos y a Aref Ali Nayed

I. – Al leer ciertas reacciones al bautismo de Magdi Cristiano Allam administrado por el Papa en la vigilia de Pascua en la basílica de San Pedro – por ejemplo cuando se sostiene que “el bautismo debería ser un acto privado” – se tiene la impresión de que ya no se sabe qué cosa es conversión y qué cosa es bautismo.

Ni nos lo enseñan los bautismos ritualmente ligeros y casi avergonzados de sí celebrados en nuestras parroquias.

También el escritor Claudio Magris, católico, ha expresado su insatisfacción, en el “Corriere della Sera”, del que Allam es subdirector “ad personam”. Escribe Magris, que “el bautismo es un acto de vida interior” y que, eventualmente, su “dimensión política viene después, como fruto de la conversión, y no en el momento en que se recibe el agua de la vida”.

Ahora, ciertamente el bautismo no es un acto privado ni “de vida interior”. Magris mismo reconoce que es “transformación radical de la existencia”. Un rito es acción y signo “para muchos”, manifestación ordenada de símbolos, en particular los de la luz en el bautismo: "lumina neophitorum splendida". Es como un icono del misterio de la Salvación. En sus acciones sacramentales la Iglesia trasciende la Sagrada Escritura, actualiza su mismo origen, la Encarnación.

Si interior es la opción personal, el bautismo hace de tal elección un evento solidario de comunidades enteras. Así ha sido por siglos. El evento bautismal no pertenece más a la persona individual, casi como que pueda esconderlo en sí. Pablo describe su bautismo con las palabras: “No soy yo quien vive, es Cristo que vive en mí” (Gal 2, 20). En la travesía marcada por la conversión el yo es ya no más yo.

Otros comentaristas católicos han caído todavía más que Magris en los tics de la inmediata censura al “exhibicionismo” mediático de Magdi Cristiano no menos que del pontífice. Esto parece el residuo de infelices décadas que han tratado de absorber, de extinguir en nosotros la alegría por una conversión a la Iglesia católica, incluso la alegría más grande por un nuevo bautizado. Las dos cosas pueden en efecto no corresponder. Para un bautizado de otra confesión cristiana o por un regreso a la fe de un bautizado no creyente sigue siendo decisivo el “unum baptismum” ya recibido, el signo que no se puede cancelar, cuya unicidad proclamamos en el Credo.

No puedo olvidar la instintiva reacción de un amigo con el que, hace varios años, proyectábamos una recolección de estudios de la Florencia religiosa del siglo XX. A mi propuesta de incluir la conversión de Giovanni Papini y de otros, respondió: “'Por qué? 'te parecen algo bonito?”. A él no le parecían, y no se trataba de antipatía por Papini; el escándalo era la conversión. Muchos han sostenido en los años setentas y siguientes, que no hay por qué querer a la comunidad cristiana como institución específica, con una identidad propia. Presionada por la secularización, la nueva apologética de la fe en la historia se fundaba precisamente sobre el presupuesto que donde sea que la fe se arraigue allí actúan los fundamentales valores humanos. Y por tanto la Iglesia, señalando limites y queriéndose como institución, destruiría el terreno sobre el cual el cristianismo puede existir y regenerarse, o sea la unidad del género humano sancionada por la conciencia moral, realizada en las revoluciones de los pobres y revelada religiosamente, a la persona, sólo desde la universalidad de la vía mística, que quema cada particularidad.

Así se manifestaba también en la Iglesia católica el proceso de inversión de la relación entre Revelación y humanidad que marca la modernidad reciente. Sólo lo humano, según tal razón, es lo universalmente constituido; mientras cada Revelación no puede ser detalladamente dada o fundada. De aquí deriva que el pasaje, o el regreso, a una religión pueda ser visto como un acto indeseable, incomprensible, a más razón cuando precisamente las elites de esta religión buscan emanciparse de su particularidad.

Afortunadamente, los términos actuales de la reflexión católica no son más los ahora mencionados, sino espiritualidades transreligiosas y la tientan vagas religiones filosóficas. Y ni siquiera hoy la conversión es querida. Magdi Cristiano Allam tendrá manera de darse cuenta de ello: en los pliegues del esplendor de la Ciudad de Dios aprenderá lo amargo de la "complexio oppositorum" católica.

En efecto, la conversión siempre es atravesar un umbral. Ella determina tal umbral, lo muestra allí donde primero no aparecían, lo hace visible a quien por costumbre o por falta de visión ya no lo reconocía, o a quien conociéndolo lo niega por ideología, nihilísticamente. Contra la teología, literatura y “místicas” que pretenden la Salvación como inmóvil autocontemplación y reinado de la indiferencia, la conversión religiosa declara decisiva la diferencia. El umbral niega la indiferencia de puntos de recorrido, como si fueran todos de igual valor.

El umbral implica lo humano-divino de la búsqueda que quiere llegar a trascender. El mismo agustiniano “regresa a ti mismo” es por excelencia un recorrido y un pasaje a Otro, ya que el alma es abierta, teocéntrica. La diferencia atribuye a la Esperanza su único posible significado.

Decía el convertido Paul Claudel que el umbral revelado por la conversión se atraviesa por lentos, pequeños éxitos. Es una travesía frecuentemente penosa, de tierras desconocidas, después del fulgor de una llamada, después de la aparición de una “certeza de una Presencia pura” (Louis Massignon) que juzga y quema el corazón. Es la salida de un Egipto espiritual, para un viaje cuya llegada trasciende la búsqueda y revela una tierra que no es aquella de la cual se partió.

Que la llegada no esté garantizada, que deba ser siempre deseada como si no se poseyera, como don que queda bajo la soberanía del Donador, todo ello no niega, más aún confirma la realidad religiosa del umbral. La precariedad del don, en efecto, es tal para el hombre solo. Pero, del cruce del umbral sabemos que Él, el Amante divino (como los verdaderos místicos lo conocen, más allá de lo inefable) “nos toma como de la mano, nos introduce en la vida duradera, en aquella que es verdadera y justa”. Y por tanto: “¡Estrechemos su mano!”. Suenan tiernas, perfectas, estas palabras dedicadas al bautismo por Benedicto XVI en la homilía de la vigilia pascual en la que Allam fue bautizado.

El tema de la conversión a la Iglesia católica me ha hecho volver a abrir un librito. “El Misterio de la Iglesia” del padre Humbert Clérissac, fundamento de la geografía espiritual de las “grandes amistades” de Raïssa e Jacques Maritain, conversos también ellos. “Fuera de al Iglesia – escribía Clérissac en esta obra publicada póstumamente cuidada por Jacques en 1918 – el error individualista arrastra también a una especie de fatalismo moral. No se cree verdaderamente en el paso del mal al bien, en la transformación del pecado en santidad: cambio que se opera sólo a través de aquella soledad que es peculiar de la Iglesia. Solamente la Iglesia sabe conjugar el recorrido en el desierto y las necesidades de la persona.

En la “maternidad y soberanía” de la Iglesia está aquella “perfecta paz y tranquilidad” que John Henry Newman esperaba después de su conversión al catolicismo romano, tranquilidad insoportable para los sempiternos inquietos. “En el momento de la conversión no me daba cuenta yo mismo del cambio intelectual y moral operado en mi mente. No me parecía tener una fe más fuerte en las verdades fundamentales de la Revelación, ni un mayor señorío de mí mismo; pero tenía la impresión de entrar al puerto después de una travesía agitada; por esto mi felicidad, desde entonces, se mantuvo sin alteraciones”. Y ello no obstante que su penetrante inteligencia captase las infinitas dificultades de “cada artículo del Credo cristiano”. Aparece en esta evocación de la alegría de la llegada al puerto la célebre fórmula de la “Apología”: “Diez mil dificultades, según yo, no constituyen una sola duda”.

Si este es el perfil – tomad de poquísimos testimonios entre infinitos – de la llegada espiritual al puerto, a la maternidad de la Iglesia católica, se entiende la pasión reveladora con la que el convertido comunica a los otros la salida de la incertidumbre itinerante, de lo incompleto de un edificio al que no se le ha dado la vuelta, del estímulo de la insignificancia de sí mismo y del mundo.

Tanto más si el paso del Mar Rojo espiritual está marcado y actuado en su figura cristiana eminente, el bautismo. Que es un evento de la entera Ciudad de Dios, público por excelencia, extensivo de la comunidad particular a la Ciudad celeste, de los presentes a la entera comunión de los santos. Se cita frecuentemente un pasaje de Orígenes: “Cuando el sacramento de la fe te ha sido dado, las virtudes celestes, el ministerio de los ángeles, la Iglesia de los primogénitos, estaban presentes”. Hay alegría entre los ángeles… Es esto lo que se advertía en San Pedro en la noche de Pascua.

En tal orden de belleza, la intensidad de la interpretación que después Magdi Cristiano ha dado de su propio bautismo no está fuera de lugar. Allam ha atravesado un umbral verdadero, de un ordenamiento de sentido a otro, de una pertenencia a otra. La Casa a la que ha llegado, el abrazo del Padre en el que se ha dejado estrechar, lo marcan y lo confirman en la novedad, no utópica ni evolutiva, sino antiquísima, de la “Iglesia de los primogénitos” en Cristo resucitado. Y no es fácil reconocer y aceptar, al término de un recorrido de libertad, un Padre, un amor soberano. El acto decisivo de acogida de la fe fue, en Louis Massignon, su lograr arrodillarse frente a su director espiritual y, a través de él, a Dios. Cuando Allam ve esta su Casa, universalmente destinada al hombre, como lugar de libertad y verdad respecto al propio pasado, se mueve a la altura del significado esencial de su bautismo.

También el escritor católico Vittorio Messori, en un artículo del “Corriere” paralelo al de Magris, ha expresado reservas respecto a la aspereza de algunos enunciados de Allam sobre el Islam. Observo que hoy en Magdi Cristiano la experiencia del umbral atravesado, de la salida de un “servilismo del pecado” (no sólo individual e interior, menos aún metafórica) es demasiado fuerte para que él no hable por oposición. Su pasado musulmán sigue muy inclinada a golpear su misma vida para no tener él los nombres y las formas del radicalismo, del fanatismo, del terrorismo. Quizá la felicidad de su hoy cristiano, la misma maternidad de la Iglesia que lo había atraído ya en los años de la infancia, le permitan con el tiempo pensar en el océano atravesado no sólo en términos (muy reales, pero no exclusivos) de peligro y de abismo.


* * *

II. – Me dirijo ahora a los oficiosos comentarios – fechados en Amman, 24 de marzo – del profesor Aref Ali Nayed, que paradójicamente tienen la característica de usar en contexto musulmán tonos y argumentos “occidentales” y “laicos”, junto a una amenazadora alusión al “proselitismo” de las escuelas católicas que, lamentablemente, parece hecho para confirmar las razones de Allam. Me dirijo a su texto y a él, como a un hombre religioso.

Después de haber recordado un fundamento del Islam que por la verdad nos une, cristianos y musulmanes, o sea la fe como Don de Dios, Nayed considera interpretar el relato que Magdi Allam ha hecho de su juventud religiosa, hasta la casual asistencia a misa y el acercarse a comulgar una vez, como el efecto de una deliberada presión cristianizante por parte de sus maestros.

Ahora, quien conoce un poco los comportamientos religiosos sabe que la atracción de la comunión eucarística es muy fuerte, incluso en los creyentes externos a la práctica católica, y es facilitada por la accesibilidad de cualquiera al rito. En cambio, de esos recuerdos de adolescencia el profesor Nayed toma punto de partida para un referencia desagradable a lo que estaría ocurriendo en las escuelas católicas en desmedro de la “dignidad humana”, incluyendo entre las cuestiones a discutir con la Iglesia de Roma la práctica designada con el término menos bueno de “proselitismo”, práctica evidentemente ilegítima y susceptible de pena.

Ya que por otra parte habría sido víctima de una educación escolástica cristianizante, Magdi Allam no puede decirse que haya sido formado en el Islam. Con ello el profesor Nayed considera, al mismo tiempo, quitarle importancia a su conversión del Islam (en cuanto que ya era cristiano) y atribuirle la responsabilidad prevalerte de la conversión y del bautismo a la Iglesia de Roma y al pontífice. Ya que para Nayed la libertad moral de Allam no cuenta, ha existido sólo la iniciativa política de Roma, que tendría estas características:

1. Roma ha instrumentalizado a una persona para “marcar puntos” contra el Islam, y esto está “contra la dignidad humana” (singular este argumento, que suena a retorsión artificiosa de la acusación de atentado a los derechos humanos que Occidente lleva al fundamentalismo islámico).

2. Allam ha sido escogido para este acto público porque es un generador de odio (pero el profesor Nayed no considera hacer referencia a las amenazas de muerte da las que Allam es objeto). En particular – argumenta Nayed – en su artículo-confesión en el “Corriere della Sera” Allam parece confirmar el “encendido” argumento de la lección de Ratisbona sobre la naturaleza violenta del Islam. Para evitar esta deducción la Santa Sede debe tomar distancia del neo-bautizado.

3. Benedicto XVI ha dado una caracterización “casi maniquea” a su mensaje pascual, introduciendo las categorías de luz y tinieblas y atribuyendo a sí la luz y al otro las tinieblas. La paz ofrecida por Roma consiste, por lo tanto, en someter al otro a sí a través del bautismo.

Nayed se pregunta después quién entre los consejeros del Papa sobre cuestiones islámicas tiene la responsabilidad del “espectáculo” pascual. Y termina confirmando, de todos modos, la búsqueda de un mundo común de paz, a través de “una teología compasiva que recompone los vínculos, los puentes, para favorecer el amor a Dios y al prójimo”.

A mi parecer el profesor Nayed, como frecuentemente los hombres de diálogo de las diversas tradiciones, se muestra poco sensible al dato teológico e histórico-religioso. 'Cómo es posible, iniciando del punto 3, evocar el maniqueísmo para la espléndida página de Benedicto XVI sobre la luz en la liturgia bautismal? El Papa Benedicto nos habla de “potencias” (que en el lenguaje del Nuevo Testamento comprende hombres y ángeles) que quieren empujarnos en una oscuridad de Dios y de nosotros mismos, o sea en la sustancial negación de Dios y en la falsificación de la esencia del hombre. Esta alarma, puesta tan profundamente (con el simbolismo luz-tinieblas que también la tradición islámica conoce y usa), no se ve como no pueda ser compartido por todo hombre religioso de toda tradición.

Y Benedicto prosigue: “Esta Luz es junto con el fuego [presente desde la antigüedad en la liturgia pascual], fuerza de parte de Dios, fuerza que no destruye sino que quiere transformar nuestros corazones”. El Papa apenas había hablado en este contexto del bautismo, como misterio, o sea como revelación y signo eficaz de que Dios (bendito sea Su nombre) nos atrae a Sí. En este misterio del amor de Dios están inmersos también aquellos que están bautizados en la noche de Pascua. 'De verdad es tan difícil para un islámico, un hombre religioso de tradición bíblica, entender que al colocar el bautismo de Allam en su horizonte teológico el Papa lo sustrae a toda mínima política?

Sobre el punto 2 reafirmo cuanto ya he escrito a propósito de Ratisbona. Benedicto XVI aprecia el diálogo entre las religiones sin fingir ignorar el peso de la realidad histórico-política. Se trata de una dialéctica que toma lo que impulsa a la fraternidad entre los creyentes en Dios, pero busca afrontar críticamente también lo que, en los comportamientos, se opone a esta fraternidad.

Es el realismo teológico-político cristiano contra el moralismo de quien sólo habla emotivamente de paz y minusvalora la fuerza de los hechos. Como el emperador Manuel extendía su tranquilo diálogo doctrinal mientras el ejército otomano asediaba Constantinopla, y no podía ignorarlo, así el Papa Benedicto habla con la mente y el corazón al Islam, sin poder ignorar que este tiene, en algunas fuerzas y representantes, un rostro agresivo. Que se ejercita contra la vida misma de Magdi Allam, que está desde hace años en peligro.

Un hombre religioso debería darse cuenta que Magdi Allam, al denunciar lo que lo amenaza por parte de extremismo islámico y en el llamar al mundo musulmán a la corresponsabilidad ('acaso el profesor Nayed tiene una sola palabra que haga justicia a Magdi Cristiano?), sin embargo toma una opción religiosa con su bautismo.

A diferencia de otros que como Salman Rushdie, consideran llegar a la condena de todos los credos, Allam opta por la fe en Dios, en el Dios de Jesús. Desde el catolicismo, que ahora él opone a su tradición de origen, le será posible dar testimonio al hombre contemporáneo como un hombre de fe. En los márgenes de la profundidad del diálogo promovido por Roma, tomar la conversión de Magdi Cristiano bajo la propia y directa protección no es un desafío al Islam por parte de Benedicto XVI, sino el ofrecimiento de un exigente recordatorio.

Los intelectuales musulmanes, los hombres de fe islámica que han aceptado dialogar con Roma podrán, sólo tienen que quererlo, leer en la alta y paterna protección ofrecida por Benedicto XVI al escritor egipcio (que considera al Papa su maestro) el signo de una posibilidad ofrecida al hombre islámico contemporáneo. El Islam puede tomar en relación al cristianismo – con la gran Iglesia católica, ante todo – la oportunidad de salir críticamente de sí, de abrirse a la dimensión del universal y regresar sobre sí como Islam reflexivamente renovado (no digo ni moderno ni liberal, ya que no son estas las categorías verdaderamente relevantes para una tradición religiosa).

Llegado a este punto no es necesario discutir el punto 1 de Nayed, que sólo es polémico. La apertura de Magdi Allam a la fe católica ha sido un acto libre que brota de la riqueza espiritual de un hombre musulmán. Ninguno podía obligarlo. Como ninguno puede transformar en puro instrumento de parte tal potencial de riqueza y de encuentro.

Quisiéramos que el profesor Nayed reflexionase sobre la evidencia que sus críticas corren el riesgo de asemejarse en su ultranza a las de un occidente secularizado y anticlerical, para el cual los comportamientos de institución religiosa son siempre cínicamente instrumentales a su poder sobre las conciencias.

Esta incomprensión hostil – y perdedora – no puede ser adoptada por un intelectual y hombre religioso islámico. Negando veracidad a la Iglesia católica él se niega a sí mismo. Y, en efecto, bajo el ataque de la negación anticlerical, más aún irreligiosa, catolicismo romano e Islam se encuentran frecuentemente unidos.

Sobre el autor

Blog del departamento de Teología del Istic

1 comentarios :

Domingo dijo...

Gracias por la noticia, Rubén. Ayer, Ediciones Encuentro tenía preparada la presentación del libro de Allam, pero al final el autor no vino porque no se garantizaba su seguridad (hay una "fatwa", una condena a muerte contra él). En la página de la Editorial tenéis las ponencias.

http://www.ediciones-encuentro.es/Noticias_Mostrar.php?noticia=96

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