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miércoles, 24 de septiembre de 2008

Ante la maldición del enemigo...

Posted by Rubén García  |  at   8:30

Si nos alcanza la maldición del enemigo, porque no puede soportar nuestra presencia, debemos levantar las manos para bendecirlos: vosotros, nuestros enemigos, sed bendecidos por Dios, vuestra maldición no puede destruirnos, pero que vuestra pobreza quede colmada con la riqueza de Dios, con las bendiciones de aquel contra el que inútilmente os dirigís. Queremos soportar vuestras maldiciones, si, con esto, conseguimos que seáis bendecidos
Dietrich Bonhoeffer (teólogo y martir cristiano del nazismo)

martes, 13 de mayo de 2008

El cristiano, testigo del Evangelio de la vida

Posted by Rubén García  |  at   20:58

La encíclica de Juan Pablo II Evangelium Vitae (1995) constituye, sin duda, uno de los documentos magisteriales más importantes escritos sobre la vida humana y su inviolabilidad, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Por eso no pierde actualidad con el paso del tiempo. En ella, Juan Pablo II encomienda a toda la comunidad cristiana la misión de ser testigos de la vida, con todos los diversos tipos de testimonio posibles, en medio de un mundo en el que abundan los signos de una peligrosa “cultura de la muerte”.


Comienza la encíclica explicando donde se encuentra de la fuente de esta inviolabilidad y del respeto sagrado que se debe a todo hombre. El fundamento último se halla en la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios: “La vida humana tiene un carácter sagrado e inviolable, en el que se refleja la inviolabilidad misma del Creador” (nº 53). Esto encuentra su manifestación en la vocación sobrenatural (llamada a participar de la misma vida divina) de todo ser humano: “El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal” (nº 2).
La vida temporal del hombre, con todo, no es su realidad última, sino “penúltima”. El pontífice dice que tiene un “carácter relativo” en cuanto que no se acaba en sí misma, si bien “es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos” (nº 2).
La Iglesia, que está llamada a defender y promover la vida humana, “especialmente cuando es más débil o está amenazada” (nº 77), como don sagrado recibido del Creador, no puede quedarse sola en esa tarea. El Evangelio de la vida está inscrito en el corazón de cada persona, sea o no creyente. Siempre que esté “abierto sinceramente a la verdad y al bien” puede con la luz de su razón y el auxilio de la gracia descubrir “el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo” (nº 2). De hecho, no son posibles “la convivencia humana y la misma comunidad política” si no se parte de la afirmación de esta verdad absoluta. Solo el respeto incondicional de la vida humana puede servir “como fundamento de una sociedad renovada” (nº 77).
Esta cooperación con los miembros de otras religiones, con no creyentes y con todos los hombres de buena voluntad no va en detrimento del hecho de que, según Juan Pablo II, “los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho”, ya que sólo “el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia” (nº 2). Hasta tal punto es esencial este encargo hecho a los cristianos de velar por la vida, por toda vida, que puede llegar a afirmarse que cada persona “es confiada a la solicitud materna de la Iglesia”. De ahí que “toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo el mundo y a cada criatura” (nº 3).
La acción de los cristianos debe dirigirse tanto a velar por el respeto de las vidas humanas concretas que son amenazadas, como a luchar, con diversos medios como pueden ser los educativos, contra la raíz última de esta “cultura de la muerte”: el relativismo moral, que conlleva que “la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana” (nº 4).
Ser testigo del Evangelium Vitae, “parte integrante del Evangelio que es Jesucristo” (nº 78) no significa para la comunidad cristiana únicamente cumplir y buscar que se cumpla el mandamiento “No matarás” de la Ley de Dios, acabando con aberraciones de dramática actualidad como el aborto, la pena de muerte, la eutanasia y la eugenesia. Supone, además de todo ello, “el imperativo de respetar, amar y promover la vida de cada hermano, según las exigencias y las dimensiones del amor de Dios en Jesucristo” (nº 77) y promover una “movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida” (nº 95).
La encíclica invita a la Iglesia a mantener “la conciencia humilde y agradecida de ser el pueblo de la vida y para la vida” (nº 78) y “a comportarnos como tal” (nº 79).
La familia tiene una misión determinante e insustituible dentro de la Iglesia y en “la edificación de la cultura de la vida”. Ella es verdaderamente “el santuario de la vida. Su responsabilidad específica brota de su misma naturaleza y consiste en ser “comunidad de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio (...) custodiar, revelar y comunicar el amor” (nº 92).

viernes, 26 de octubre de 2007

La sangre de los mártires (Juan Manuel de Prada)

Posted by Rubén García  |  at   13:10

La próxima beatificación de 498 mártires de la Guerra Civil ha levantado ronchas entre los gerifaltes y sicarios del Régimen, que ven en ella un desafío a la llamada Ley de Memoria Histórica. Y vaya si lo es. Se trata, sin duda, del más formidable desafío que se pueda concebir.
La beatificación de los mártires nos recuerda, en primer lugar, que la Guerra Civil no fue esa historieta de buenos y malos que el Régimen pretende imponer, donde unos ponían la sangre y otros el plomo. La beatificación de los mártires nos recuerda que la Segunda República, erigida por el Régimen en espejo de virtudes en el que nuestra democracia debe contemplarse, estimuló y exacerbó el odio antirreligioso desde el instante mismo de su fundación y permitió que, tras el alzamiento militar, la cacería indiscriminada del católico se convirtiese en el pasatiempo predilecto de las milicias socialistas, comunistas y anarquistas, a las que los irresponsables gobernantes republicanos proveyeron de armas para que pudiesen traducir en cadáveres el odio que previamente les habían inoculado. Más de siete mil religiosos fueron martirizados en aquellas jornadas de oprobio; el número de seglares que corrieron idéntica suerte aún no ha sido fijado, pero su establecimiento -si es que algún día se logra- dejará chiquitas esas cifras. El Régimen no soporta que tales muertos sean conmemorados, porque deslucen la memoria distorsionada y sectaria de aquel conflicto.
Pero la naturaleza del desafío que supone la beatificación de los mártires es de una naturaleza mucho más honda. La llamada Ley de Memoria Histórica se funda sobre una argamasa de rencor y apriorismos ideológicos falaces. Primero se establece que quienes combatieron en el bando republicano fueron unos luchadores por la democracia y la libertad (cuando lo cierto es que muchos de ellos combatieron por instaurar las más feroces formas de tiranía imaginadas por el hombre); después se trata de mantener viva su memoria para que sirva como acicate del resentimiento, para que ese resentimiento siga infectando la convivencia de los españoles. La sangre de los mártires se alza contra este propósito cainita. Pues quienes ahora van a ser beatificados no fueron asesinados por simpatizar con tal o cual ideología; tampoco lo fueron por batallar en tal o cual bando. Fueron asesinados, única y exclusivamente, por profesar la fe católica, por ser testigos de Cristo. La Iglesia no beatifica a curas trabucaires que se echasen al monte a pegar tiros; tampoco a católicos que fuesen condenados a muerte por haber conspirado contra la República. El reconocimiento de la muerte martirial exige como condición sine qua non que no interfieran motivos de índole política; mártir significa «testigo», y sólo quienes fueron asesinados por dar testimonio de su fe merecen tal reconocimiento.
Y aquí radica, precisamente, la naturaleza desafiante de aquellas muertes. Los mártires que van a ser beatificados podrían haber salvado el pellejo abjurando de su fe; pero su entereza no tembló en aquel trance: entendieron que la fe que profesaban bien merecía el sacrificio del don más valioso que al hombre le es entregado. Y entendieron también que ese sacrificio máximo sólo sería valioso si imitaba el sacrificio redentor del Gólgota. Aquellos hombres y mujeres murieron perdonando a quienes los mataban, murieron amando a quienes los mataban, seguros de que su sangre se convertiría en fermento fecundo. Aquí radica la belleza de su sacrificio, la escandalosa y subversiva belleza de su muerte: murieron con la alegría de saberse amados por Quien iba a acogerlos en su seno, murieron amando a quienes los odiaban, seguros de que ese amor derramado sobre la tierra no sería baldío, seguros de que su sangre acabaría propiciando una cosecha fecunda de reconciliación.
Conmemorar a aquellos mártires significa reafirmar su voluntad de amor, significa exorcizar el odio, significa celebrar la belleza de la vida que vuelve a florecer generosamente incluso allí donde ayer se sembró la muerte. Y significa, desde luego, un desafío formidable para quienes se alimentan con el veneno del rencor, los gerifaltes y sicarios del Régimen.

domingo, 6 de mayo de 2007

Los mártires de la Guerra Civil española (Mons. Raul Berzosa)

Posted by Rubén García  |  at   18:47

Sé que en estos momentos de recuperación de la llamada memoria histórica, todo lo que afecte al periodo de la historia española de los años 30-40 se puede, y de hecho se tiende, a interpretar en clave política. Por esta razón, conviene puntualizar al menos tres claves para comprender lo que son, y lo que no son, los mártires asturianos y el sentido que tiene su posible beatificación y canonización.


Lo primero, y lo más importante, que es necesario subrayar es que dichos mártires son eso: “mártires”, es decir, víctimas totalmente inocentes en una persecución religiosa. Ellos no eran soldados, ni sindicalistas, ni políticos, ni intelectuales, ni representaban una ideología beligerante definida. No se los persiguió ni martirizó por haber iniciado ellos una polémica o batalla alguna. Sencillamente, fueron asesinados por ser lo que eran: creyentes coherentes hasta estar dispuestos a dar la vida por lo que creían.

En segundo lugar, la Iglesia ha venido beatificando y canonizando mártires desde hace veinte siglos; desde el inicio del cristianismo. Por esta razón a la Iglesia nadie, desde fuera, le impone un calendario de beatificaciones o canonizaciones. El ritmo que lleva es doble: por un lado, si el declarar beatos o santos a dichos mártires viene reclamado por el pueblo que les honra devoción. Y, por otro lado, tras una rigurosa investigación si la Iglesia llega al convencimiento de que dichos mártires merecen tal categoría. Si estas dos dimensiones (devoción popular e investigación histórica rigurosa) reclaman la declaración positiva del martirio entonces, en la fecha más adecuada, se da el paso público y solemne, convirtiendo a los mártires en ejemplos, intercesores y hermanos mayores en la Fe para los creyentes de todas la épocas. La Iglesia, puede, como parece el caso presente, beatificar y canonizar varios mártires a la vez, como ejemplo colectivo. Con una certeza: para nosotros, los cristianos, no hay muertos. Sólo vivos: peregrinando, en la tierra y los que ya han llegado a la Jerusalén celeste. Entre unos y otros hay comunicación: es la comunión de los santos.

Y, tercera clave, en el caso que nos ocupa, la Iglesia en España no desea que los mártires, anteriores a la guerra civil y concomitantes a la misma, sean utilizados como arma arrojadiza contra nadie ni como bandera o enseña política de nadie. La Iglesia desea que, social y culturalmente, dichos mártires contribuyan a la reconciliación y al recuerdo y memoria de algo dramático que no debe volver a repetirse. Su ejemplo de heroísmo y generosidad, como víctimas inocentes del ayer y estímulo de las víctimas que siguen generándose en otros campos, nos desafía con un mensaje claro y punzante: el mal nunca se vence con el mal, sino con el bien. La violencia genera más violencia. Sólo el amor y el perdón son creativos y capaces de renovar personas y sociedades.

+ Raul Berzosa Martínez (5mayo 2007)

lunes, 12 de febrero de 2007

La madre del etarra

Posted by Rubén García  |  at   21:05

Me parece una imagen tan conmovedora e ilustrativa de lo que significa el verdadero perdón y la misericordia que no me resisto a colgarlo para que lo disfrutéis. Como veis sólo le pongo una etiqueta: Amor. ¿Para qué más?

Dos mujeres contra el odio
Todas las tardes, dos mujeres mayores se sientan frente a frente en el salón de un piso del barrio de Amara de San Sebastián. Son vecinas y consuegras. Una de ellas le va dando con una cucharilla y mucha paciencia un yogur de café a la otra, enferma de Alzheimer. La primera es viuda de un comandante asesinado por ETA en 1977. La segunda es la madre del terrorista Iñaki de Juana Chaos

Continúa...
Madrid otorgó en 1977 a De Juana un diploma por su "valiente lucha" contra un incendio. El padre del terrorista hizo la guerra con las tropas de Franco y ganó cuatro medallas
La escena se repite cada día durante el último año y medio hasta que, el 27 de enero, Esperanza Chaos Lloret muere. Tenía 83 años y había nacido en Tetuán, donde su padre, un militar del Ejército español, estaba destinado entonces. Luego se casaría con un médico, Daniel de Juana Rubio, oriundo de Miranda de Ebro (Burgos), que también hizo la guerra como teniente asimilado en las tropas de Franco, por lo que fue condecorado con una medalla de campaña, dos cruces rojas y una cruz de guerra. De todo ello da fe un carné de Falange Española y de las Jons expedido el 16 de octubre de 1943 donde aparece sonriente a sus 35 años. Daniel de Juana y Esperanza Chaos tuvieron dos hijos, Altamira y José Ignacio, que nacieron y se criaron en una casona de Legazpia donde el doctor pasaba consulta a los trabajadores de Patricio Echeverría, una de las principales acerías de Guipúzcoa. La vivienda estaba al lado de la casa cuartel de la Guardia Civil y por las tardes José Ignacio jugaba al fútbol con los hijos de los guardias.

-Soy Chacho, hola mamá.
Durante las dos últimas décadas, unas veces los lunes y otras los miércoles, el terrorista Iñaki de Juana Chaos, encarcelado en las prisiones más alejadas de Euskadi por asesinar a 25 personas -entre ellas 17 guardias civiles-, empleaba esa fórmula, casi siempre la misma, para iniciar la conversación con su madre. Los cinco minutos reglamentarios de charla versaban sobre cuestiones banales, el tiempo o un jersey verde que el terrorista quería que su madre le hiciera llegar, pero jamás hablaban de política y mucho menos de ETA. Sencillamente porque Esperanza Chaos, a la que en familia llamaban Nina, nunca justificó los crímenes de su hijo ni formó parte del colectivo de apoyo a los presos de ETA. Tampoco llegó a saber jamás qué o quiénes influyeron en él para que, a principios de los 80, abandonara su trabajo en la Ertzaintza y se fugara a Francia.
Cuentan personas que la quisieron mucho que Esperanza se cayó redonda al suelo el 16 de enero de 1987 cuando le contaron que a su hijo lo acababan de detener en Madrid. La fotografía que al día siguiente vio publicada en los periódicos no se parecía en nada a las que de él guardaba en el álbum familiar. En ellas aparece de corbata en el bautizo de su sobrina o jurando marcial la bandera española tras el periodo de instrucción en Alcalá de Henares. Nada en la trayectoria del hijo hacía presagiar un futuro cercano a ETA. Más bien al contrario. Cuando De Juana regresó del servicio militar llevaba consigo un diploma, expedido por el Ayuntamiento de Madrid el 27 de mayo de 1977, en reconocimiento por su valiente lucha contra un incendio que sufrió la capital entre el 15 y el 20 de abril de aquel año. Más tarde, ingresó en la segunda promoción de la policía autonómica vasca. "Aún faltaban unos años", recuerda un familiar, "para que De Juana, muy propenso siempre a los amoríos, se ennoviara con una enigmática mujer llamada Helena y residente en Bayona".
El caso es que Esperanza Chaos jamás volvió a ver a su hijo en libertad. Ya por entonces viuda, inició una difícil carrera por mantener viva su relación con su hijo al tiempo que rechazaba una y otra vez las invitaciones para integrarse en el colectivo de apoyo a los presos de ETA. La madre del terrorista más famoso recorrió más de 300.000 kilómetros en coche -le aterrorizaba el avión- para ver a su hijo preso. Su llegada a las distintas cárceles, según recuerdan funcionarios de prisiones, nunca pasó desapercibida. "Venía como a una boda, con anillos y collares, elegante y alegre, siempre educada y cordial con nosotros, nada que ver con el carácter frío ni la mirada agresiva del hijo ni mucho menos con la actitud desafiante de la mayoría de los familiares de presos de ETA". En una ocasión, un guardia civil, aun sabiendo a quién iba a visitar, se atrevió a pegar la hebra con ella.
-De Tetuán, ¿eh? O usted es hija de funcionario o de militar.
-De militar, agente.
-Pues permítame que la acompañe.
La última vez que vio a su hijo fue el 7 de julio de 2005, en la cárcel madrileña de Aranjuez. Esperanza ya apenas podía caminar. Había seguido manteniendo la costumbre de mandarle 150 euros mensuales, que rebañaba con trabajo de su pensión, e incluso llegó a hablar con un taxista de San Sebastián para que fuera a recogerlo en cuanto obtuviera la libertad. Pero entre las nieblas del Alzheimer y una mano oportuna que apagaba la televisión en el momento justo, Esperanza se fue alejando de la realidad de su hijo en huelga de hambre.
Las dos ancianas están sentadas frente a frente. Una se quedó viuda el 2 de enero de 1977, a las ocho y media de la mañana. Tres pistoleros de ETA se apostaron frente a su marido, el comandante del Ejército José María Herrera, y lo acribillaron con disparos de metralleta en la misma puerta de su casa. Pasado el tiempo, el hijo del militar se casó con una muchacha llamada Altamira de Juana. La anciana enferma es precisamente la madre de Altamira y de Iñaki de Juana Chaos.
Lo que une a estas dos mujeres, más allá de la familia o incluso de la fatalidad de una vida marcada por ETA, es el interés común, tácito, de que el odio no prolongue el trabajo de las pistolas. El País Vasco también está lleno de historias así. Madres de hijos que matan y mujeres de hombres que mueren tejiendo una red invisible de afecto imposible de fotografiar, indetectable para el radar de los telediarios.
Al día siguiente del fallecimiento de la madre del terrorista, las asociaciones vinculadas a los presos de ETA publicaron en Gara hasta 10 esquelas en su memoria. Una de ellas aparecía firmada por "Helena", la enigmática mujer de Bayona. En todas se refieren a Esperanza Chaos como "la madre de un preso político vasco". Tal vez ignorando, o tal vez no, que la única familia política de Esperanza Chaos era, lo que son las cosas, la viuda de un militar asesinado por ETA.

PABLO ORDAZ - San Sebastián - 11/02/2007 (www.elpais.es)

martes, 23 de enero de 2007

“Amar es decir: Tú no morirás” (Gabriel Marcel)

Posted by Unknown  |  at   6:06

Por Alvaro Pereira
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El ser humano no se conforma con la muerte. Nunca se ha conformado. Lo mejor humano se alza buscando una respuesta ante la “postrera sombra”. El hombre estima una aberración la separación de los que queremos. Incluso los humanos más execrables han recibido como bálsamo de esperanza las lágrimas de sus madres. Es uno de los universales de la naturaleza humana y, por tanto, uno de los lugares desde los que partir en la reflexión teológica.
Ofrezco tres poemitas y una cita bíblica, en los que esta confrontación entre el amor y la muerte deslumbran por su evidencia. Acaso sea un buen instrumento propedéutico para comenzar a pensar sobre cómo y quién enalteció ese amor humano para vencer a la muerte.


Continúa...


1. Romancero. Este es un precioso poemita anónimo del siglo XV, que pertenece a nuestro augusto Romancero. El sentir popular, siempre rebelde ante los opresores, confiesa su fe –siempre un tanto ingenua, pero por ello obstinadamente convincente– en que dos enamorados jamás podrán ser vencidos. M. A. MATEO- R. ALBERTI, Canción de canciones. Los mejores poemas de amor de la lengua castellana (Buckinghamshire 1995) 77.

Conde niño por amores
es niño y pasó la mar;
va a dar agua a su caballo,
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe,
él canta dulce cantar,
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá.

La reina estaba labrando,
la hija durmiendo está:
- Levantaos, Albaniña,
de vuestro dulce folgar,
sentiréis cantar hermoso
la sirenita del mal.
- No es la sirenita, madre,
la de tan bello cantar,
si no es el conde niño
que por mí quiere finar.
¡Quién le pudiese valer
en su tan triste penar!
- Si por tus amores pena,
¡oh mal haya su cantar!,
y porque nunca los goce,
yo le mandare matar.
- Si le manda matar, madre,
juntos nos han de enterrar.

Él murió a la medianoche,
ella a los gallos cantar;
a ella, como hija de reyes,
la entierran en el altar;
a él, como hijo de conde,
unos pasos más atrás.
Della nació un rosal blanco,
d`él nació un espino albar;
crece el uno, crece el otro,
los dos se van a juntar,
las ramitas que se alcanzan
fuertes abrazos se dan,
y las que no se alcanzaban
no dejan de suspirar.
La reina, llena de envidia,
ambos los mandó cortar;
el galán que los cortaba
no cesaba de llorar.
Della naciera una garza,
d`él un fuerte gavilán,
juntos vuelan por el cielo,
juntos vuelan par a par.


2. Francisco de QUEVEDO (1580-1645). En uno de los sonetos más ilustres de la poesía española de todos los tiempos, Quevedo nos muestra la fe inconmovible de un moribundo que acepta su vuelta al polvo primordial, pero no renuncia a su vocación de enamorado. M. A. MATEO- R. ALBERTI, Canción de canciones. Los mejores poemas de amor de la lengua castellana (Buckinghamshire 1995) 301:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a la ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

3. Miguel HERNÁNDEZ (1910-1942). Ésta es la más triste de las tres obritas. El poeta ya no confiesa su fe en la victoria del amor sobre la muerte, sólo afirma su convivencia, nada pacífica. El poema deja entrever la esencialidad de una historia profunda explicada con palabras sencillas. Cada estrofa está dedicada a uno de los protagonistas de su vida. “Llegó con tres heridas”, su querida esposa. “Con tres heridas viene”, el niño que esperan, y que se amamantará con las cebollas más famosas de la poesía castellana. “Con tres heridas yo”; dice el poeta que, encarcelado, sueña con ver a su hijo en vida, por amor, contra la muerte. Miguel HERNÁNDEZ, El hombre y su poesía. Antología. (Letras hispánicas, 2; ed. CÁTEDRA):

Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.

4. Cantar de los cantares 8,6: “el amor es fuerte como la muerte”.

viernes, 10 de noviembre de 2006

Los difuntos: fragmento de "Las obras del amor"

Posted by Unknown  |  at   15:43

Aquí va, para este mes de noviembre, un reflexión bien chula de Kierkegaard sobre los difuntos y el amor libre que les profesamos:

«... ¿Acaso no se habla en el mundo a cada paso de que el amor debe ser libre? ¿Que no se puede amar en el momento que haya la menor imposición? ¿Que respecto del amor no debe existir absolutamente ninguna violencia?
¡Bien!, veamos ahora, al examinar la forma que se tiene de recordar amorosamente a los difuntos, qué es lo que pasa con el amor más libre de todos, ya que un muerto no le obliga a uno en absoluto.
Desde luego, en el momento de la separación, cuando no se puede evitar todavía la presencia del muerto, todos gritan y lloran. ¿Es ésta la tan cacareada libertad del amor? ¿Es esto amor a los difuntos?
Y después, poco a poco, a medida que el muerto se corrompe en el sepulcro, se va corrompiendo también sin saber cómo su recuerdo, hasta ignorar dónde se ha perdido; es decir, que lo que uno ha hecho es irse liberando poco a poco de un recuerdo tan pesado. Mas ¿será este modo de liberarse el propio de la libertad del amor? ¿Es esto amor a los difuntos?
Hay un proverbio que dice: "En quitándole de la vista, pronto se va también de la memoria" ["Ojos que no ven, corazón que no siente"].
Y podemos estar seguros de que los proverbios dicen en verdad lo que acontece en el mundo; claro que otra cosa muy distinta es la de que los proverbios desde el punto de vista cristiano siempre sean falsos.
Si fuese cierto todo eso que los hombres afirman acerca de lo de amar libremente, es decir, si se pusiera realmente en práctica y los hombres amasen de hecho de esa manera, entonces es indudable que también amarían a los muertos de un modo muy distinto al que lo hacen.
Pero las cosas suelen presentarse de la forma siguiente : en todo otro amor humano se incluye, por lo general, algo que coarta, aunque no sea más que el verse todos los días y la costumbre; por eso es tan difícil poder precisar hasta qué punto el amor se aferra libremente a su objeto, o en qué medida no es el objeto el que decididamente se impone.
En cambio, en la relación con un muerto no puede hacerse más evidente el ejercicio de la libertad amorosa. Aquí no hay nada, absolutamente nada, que se te imponga. Al revés, el recuerdo amoroso del muerto tiene que defenderse contra la realidad circundante, no sea que ésta, acumulando siempre nuevas impresiones, termine por borrar el recuerdo ; el cual también tiene que defenderse contra los embates del tiempo.
En una palabra, la memoria amorosa tendrá que defender su libertad en recordar contra todo aquello que pretenda forzarle a uno a olvidar.
Sin duda que el poderío del tiempo es enorme. Esto no se suele notar estando dentro del mismo tiempo, pues éste nos va escamoteando astutamente pequeñas porciones cada vez; quizá solamente se llegue a saber de veras en la eternidad, cuando se nos ofrezca la ocasión propicia de volver a contemplar y abarcar con la mirada todo lo que fuimos reuniendo con la ayuda del tiempo y los cuarenta años, poco más o menos, de vida.
Desde luego que el tiempo es una potencia peligrosa; nada hay más fácil que emprender algo en el tiempo, si no es el olvidar dónde se interrumpió la obra emprendida. Por eso el que empieza a leer un grueso volumen y no se fía de su memoria, acostumbra a poner alguna señal. Sin embargo, ¡cuántas veces no se olvidan los hombres, y a lo largo de su vida entera, de poner ciertas señales aquí y allá para anotar debidamente los puntos principales de la existencia!
Y ¿qué diremos de tener que guardar en el transcurso de los años la memoria de un muerto? Porque, desgraciadamente, el muerto no hace nada por ayudarte; más bien si hace algo, o al no hacer nada, lo único que hace con todos los medios a su alcance es darte a entender que le importa un comino tu conducta para con él. Y como si esto fuera poco, las diversas exigencias de la vida le reclaman a uno, y los otros vivos le hacen señas, diciéndole : "Vente con nosotros, que estamos dispuestos a amarte de veras."
Por el contrario, el muerto no puede hacer señas, incluso aunque lo deseara ; no, no puede hacer señas, no puede hacer absolutamente nada para mantenernos vinculados a él, ni siquiera es capaz de mover un dedo..., lo único que hace es yacer y corromperse en la fosa. Por tanto, ¡qué fácil para las potencias de la vida y del instante el desembarazarse de semejante impotente!
¡Ah, nadie hay que esté tan desamparado como un muerto! ¡Y en tanto desamparo es imposible que se ejerza la más mínima violencia sobre nadie! Y por esta razón no existe ningún amor más libre que el que representa la obra amorosa de guardar memoria de un difunto; ya que este recuerdo fiel es algo muy distinto de ese no poder olvidar al muerto en los primeros días.
La obra de amor que consiste en guardar memoria de un muerto es un acto del amor "más fiel" de todos.
Para verificar si el amor que hay en un hombre es fiel, es preciso alejar todo aquello que contribuya a que el objeto amado esté en condiciones de ayudarlo de la manera que sea a mantener su fidelidad. Y no cabe duda que todo eso queda precisamente descartado en la relación con un difunto, ya que éste no es ningún objeto real. Si en este caso el amor permanece, entonces es evidente que se trata del amor más fiel de todos.
Con harta frecuencia se suele hablar de la falta de fidelidad en el amor entre los hombres. Mil veces se lanzan reproches unos a otros, y a una de las partes se la oye decir: "No he sido yo el que he cambiado, fue él quien cambió." ¡Sea! Y ¿qué hiciste por tu parte? ¿Te mantuviste sin cambiar? "Claro que no, ya que si el otro había cambiado, era una consecuencia natural que yo también cambiase."
No queremos demorarnos ahora en dilucidar la enorme falta de sentido que entraña semejante consecuencia mundana; la cual concluye por las buenas que es natural que yo cambie, puesto que el otro cambió. Sin embargo, aquí estamos hablando de la relación con un difunto, y aquí sí que es claro que no se puede poner en tela de juicio la invariabilidad del muerto. Por tanto, si ha sucedido algún cambio en esta relación, entonces tengo que ser yo el que he cambiado. Por esta razón, si deseas comprobar la fidelidad de tu amor, considera atentamente y de vez en cuando, cómo te relaciones con los difuntos.
Pero las cosas suelen presentarse poco más o menos de la siguiente manera. Ciertamente que es una tarea difícil el mantenerse invariable con el transcurso del tiempo. Y, además, los hombres lo que hacen no es tanto amar a los vivos o a los muertos, sino más bien engañarse mutuamente en toda clase de ensueños. ¿ Cuántos hombres no hay en un momento dado que estén firmemente convencidos -convicción por la que estarían dispuestos a morir- de que si la otra persona no hubiese cambiado, tampoco ellos lo habrían hecho?
Ahora bien, supongamos la verdad de esta convicción y volvamos a preguntar ¿Hay de hecho muchos vivos que en relación con un difunto se mantengan completamente sin cambiar?
¡Ay!, quizá no haya ninguna relación en que los cambios sean tan notables y tan grandes como los que se dan en la relación de un vivo con un muerto; pues es indudable que no es el muerto el que ha cambiado.
Cuando dos seres vivos se unen amorosamente, el uno mantiene al otro unido y la unión misma los sostiene a ambos. Mas con el muerto es imposible toda unión. En los primeros días después de su muerte quizá pueda afirmarse todavía que el muerto le sostiene a uno -es como una consecuencia de la unión habida durante la vida- y por eso suele ser lo más frecuente, lo general, que todavía se le recuerde también mucho en esos primeros días. Pero con el transcurso de los días el muerto va dejando de sostener al vivo ; y, naturalmente, la relación cesa, a no ser que el vivo siga sosteniendo al muerto en su memoria. Y ¿qué es la fidelidad? ¿Es acaso fidelidad que otro le sostenga a uno?
Cuando la muerte, pues, separa a dos seres, el sobreviviente fiel hace hincapié en los primeros momentos de la separación en "que él no olvidará al muerto jamás". ¡Qué imprudencia tan grande ! Pues un muerto es en cierto sentido una persona muy astuta, y por eso es necesaria mucha prudencia para hablar con él; claro que su astucia no es como la de aquel de quien se dice : "¡mal te verás para hallarlo dónde le dejaste! ", sino que la astucia del muerto consiste cabalmente en que por nada se le pueda apartar de allí dónde se le dejó.
En general los hombres se han hecho a la idea de que a un muerto se le puede decir poco más ó menos lo que a uno se le antoje: supuesto que está bien muerto, y ni oye nada, ni puede responder nada. Y, sin embargó, nunca te es necesario tanto cuidado en tus palabras como cuando se las diriges a un muerto.
Porque quizá no haya mayor dificultad en que a un vivo le digas : "No te olvidaré jamás". Casi seguro, al cabo de algunos años, que los dos habréis olvidado felizmente esas palabras y el conjunto a que correspondían; sería muy rarísimo, y como quien dice: un casó de muy mala suerte, el que en la vida te tropezases con una persona que tuviese una menor capacidad de olvidó.
En todo caso, ¡ten mucho cuidado con cualquiera de los muertos! Pues cada uno de los muertos posee una personalidad redondeada y definitiva, no está cómo nosotros todavía en las aventuras, en las cuales podemos ser testigos y actores de innumerables sucesos estrafalarios, y olvidar setenta veces siete lo que alguna vez dijimos.
Por eso, si dices a un muerto "No te olvidaré jamás", es como si él te respondiera: "Bien; y puedes estar seguro de que yo nunca olvidaré esto que acabas de decir". Y ya pueden venir todos tus contemporáneos dándote mil seguridades de que el muerto se ha olvidado; pero de sus labios, nunca lo escucharás.
No, el muerto va a lo suyo, mas no cambia. A un muerto nunca le podrás decir que se ha ido haciendo viejo, y que ésa es la explicación de que tu conducta haya cambiado respecto de él; no, nunca podrás decírselo, ya que un muerto no envejece nunca. A un muerto tampoco le podrás decir que fue él quien con el transcurso del tiempo se fue también enfriando ; ya que el muerto sigue hoy tan frío como aquel día en que tú te sentías tan encendido. Ni tampoco le podrás decir que se ha hecho más feo, y por eso ya no puedes seguir amándole; puesto que esencialmente no es hoy más feo que aquel día en que era un hermoso cadáver, cosa que por su parte tampoco es ningún objeto enamorado. Y, finalmente, ni le podrás echar en cara que ha entablado relaciones con otros seres ; ya que un muerto no se relaciona con los demás.
No, es inútil, tanto el que pretendas restablecer las relaciones dónde quedaron interrumpidas, como el que no lo pretendas, pues un muerto siempre empieza con una exactitud puntualísima en el mismo momento en que vuestra relación vital quedó interrumpida. Un muerto es, aunque no lo parezca, una personalidad vigorosa ; posee la fortaleza de la inmutabilidad.
Además, un muerto es una personalidad implacablemente orgullosa. ¿No has visto nunca cómo el orgulloso maltrata a quien más profundamente odia, no dejándole vislumbrar la más mínima reacción y manteniéndose completamente imperturbable y enhiesto ante el hombre despreciado, como si fuese nada, y para hundirle todavía más? Porque el soberbio solamente con respecto a aquellos por los que siente algún amor, está dispuesto a hacerlos comprender que han obrado mal, que se han equivocado, con lo que les ayuda a corregirse. ¡Ah, pero quién como un muerto es tan capaz de manifestar el orgullo de no sentir la más mínima reacción, incluso al despreciar al vivo que le ha olvidado y con él también ha olvidado las palabras de aquella despedida!
¡Al fin de cuentas, un muerto ya no puede hacer más para que se le olvide! Porque el muerto no te sale al encuentro y te hace recordar ; no te mira al pasar, ni siquiera de reojo ; nunca te topas con él; y si alguna vez te topases con él y te quedases mirándole, entonces en su rostro no podrías ver ningún ceño casual que delatase contra su voluntad lo que él opinaba y juzgaba acerca de ti; nada de esto, ya que un muerto tiene un total dominio sobre su rostro.
Verdaderamente que deberíamos tener mucho cuidado para no conjurar a los muertos a la manera que hacen los poetas, y traerlos así a la memoria. Lo terrible en todo esto consiste cabalmente en que los muertos no dejan notar lo más mínimo su presencia.
Por eso, teme a los muertos ; teme su destreza, teme su precisión, teme su fortaleza y teme su orgullo. Pero si amas de veras a un muerto, entonces recuérdalo amorosamente, y no tendrás ningún motivo de temor. Así aprenderás del muerto, y cabalmente en cuanto muerto, la sagacidad del pensamiento, la exactitud de la expresión, la fortaleza de la invariabilidad y el auténtico orgullo de la vida. Y todo esto no podrías aprenderlo mejor de ningún otro ser humano, ni siquiera dei más dotado de todos.
El muerto no cambia, por eso es inútil buscar por esta parte ni la más remota posibilidad de disculpa, echándole toda la culpa al muerto. No, el muerto no puede ser más fiel.
Esta es la pura verdad; claro que el muerto no es ninguna realidad, y por esta razón no hace nada, absolutamente nada, por mantenerte aferrado a él; lo único que hace es no cambiarse. Por tanto, si en la relación de un vivo con un difunto intercede algún cambio, entonces no puede caber ninguna duda de que es el vivo el que se ha cambiado. Por el contrario, si no intercede ningún cambio, entonces es el vivo el que verdaderamente ha sido fiel, fiel recordando amorosamente al muerto - ¡ay! , mientras éste no podía hacer nada por mantenerte aferrado a él; ¡ay!, mientras éste lo hacía todo como para darse a entender que se había olvidado de ti por completo, y que contigo se había olvidado también de las palabras de aquella despedida.
Ya que el que realmente ha olvidado todo lo que se le ha dicho no es tan capaz como el muerto de expresar con mayor precisión que en efecto ha sido olvidado todo.
De esta manera, el guardar amorosamente memoria de los difuntos es la obra del amor más desinteresada, libre y fiel de todas. Decídete, pues, a ponerlo en práctica; recuerda así a algún muerto, y cabalmente con ello aprenderás a amar a los vivos con un amor desinteresado, libre y fiel.
En la relación con un difunto tienes la pauta a que has de ajustarte. Quien use esta pauta podrá con facilidad salir airoso de las situaciones más embrolladas; y sentirá asco de todo ese cúmulo de disculpas al que de ordinario se echa mano en el mundo de la realidad, a saber que es la otra persona quien es la interesada, que ella ha tenido la culpa de que se la olvide, porque nunca se hacía recordar, y en fin, que ella solamente es la infiel.
Acuérdate del muerto, y así habrás logrado (aparte de la bendición que siempre viene emparejada con esta obra amorosa) el método más adecuado para comprender rectamente la vida; es decir, que nuestro deber es amar a los hombres que no vemos, pero también a aquellos que vemos. Si la muerte nos separa de los hombres que vemos, no por ello ha de cesar el amor que les debemos, ya que este deber es eterno; ahora bien, los deberes que, tenemos con los difuntos tampoco pueden separarnos de tal manera de los vivos que éstos va no sean para nosotros objeto de nuestro amor».


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