domingo, 31 de agosto de 2008

Render Unto Caesar:(Libro del Arzobispo de Denver Charles J. Chaput sobre el compromiso político de los católicos)

Posted by Rubén García  |  at   17:09

Tomado de "L'Osservatore Romano" del 12 de agosto 2008 (art. de Robert Imbelli)
Este nuevo libro del Arzobispo de Denver, Colorado, aunque dirigido primeramente a sus feligreses católicos, servirá también para promover un diálogo por demás necesario tanto dentro como fuera de la Iglesia. Más aún, aparece en un momento particularmente significativo: en las vísperas de una de las más importantes elecciones presidenciales en la reciente historia de Estados Unidos

Se puede leer el libro en diversos niveles, cada uno de las cuales ilumina a los otros. El primer nivel está indicado por el subtítulo del libro: “servir a la nación viviendo nuestras creencias católicas en el ámbito de la vida política.”

Una idea central en la posición del autor es que la fe, aunque marcada y esencialmente personal, nunca es privada. Es inseparable la relación con Dios a través de Jesucristo y la relación con otras personas en Jesucristo, tal como lo expone con claridad meridiana la escena del gran juicio en el capítulo 25 del Evangelio según san Mateo.

Pero inclusive prescindiendo de esto, la fe bíblica tiene siempre implicancias sociales y también políticas. Todo aquél que toma en serio la tradición profética del Antiguo Testamento reconoce esto fácilmente. Y el cumplimiento de la revelación en Jesucristo sólo intensifica la vocación del creyente para promover la venida del Reino en cada una de las dimensiones de la vida humana.

La doctrina social de la Iglesia Católica - desde la “Rerum Novarum” de León XIII, pasando por la “Gaudium et spes” del Concilio Vaticano II hasta llegar al reciente mensaje a las Naciones Unidas de Benedicto XVI - es la aplicación permanente de esta tradición profética a los contextos cambiantes de la historia mundial. Las propias convicciones del Arzobispo Chaput se encuentran expresadas con estas palabras: “La Iglesia no reclama ningún derecho para dominar el dominio de lo secular. Pero ella tiene todo el derecho – de hecho la obligación – de comprometer a la autoridad secular y de desafiar a los que la detentan, para que satisfagan las exigencias de la justicia. En este sentido, la Iglesia Católica no puede permanecer, nunca ha permanecido y nunca permanecerá ’fuera de la política’. La política implica el ejercicio del poder. El uso del poder tiene un contenido moral y consecuencias humanas. Y el bienestar y destino de la persona humana es de lejos la preocupación, y la competencia especial, de la comunidad cristiana” (pp. 217-218).

Por otro lado, hay voces influyentes, tanto en Estados Unidos como en Europa, que tratan de reducir la religión y la fe a una preferencia privada que no tiene que jugar un rol público. Por eso ellos buscan construir lo que un crítico llama una “plaza pública desnuda”, con lo cual domestican la religión y secularizan totalmente el ámbito de lo público.

Para el Arzobispo Chaput, tal estrategia no solo desnaturaliza a la religión, y especialmente al catolicismo, sino que además se presenta en profunda contradicción con la originalidad histórica del “experimento americano de la democracia.” El llamado “muro de separación” entre la Iglesia y el Estado en Estados Unidos (una frase invocada frecuentemente en forma errónea) nunca fue pensado para excluir el compromiso integral de los creyentes en la vida civil y política de la nación. Y la prohibición de la Constitución de Estados Unidos que le impide al Estado actuar contra toda “institución” religiosa fue una excelente protección contra la intrusión injustificable del Estado en asuntos religiosos.

El autor expone específicamente el pensamiento del difunto teólogo John Courtney Murray, S.J., quien desempeñó un rol importante en el Concilio Vaticano Segundo, en la elaboración de la pionera Declaración conciliar sobre Libertad Religiosa, "Dignitatis humanae." Murray argumentaba (y Chaput está de acuerdo) que los documentos fundacionales de la democracia estadounidense expusieron una visión de la ley natural que afirma verdades universales sobre la condición humana. En consecuencia, al estar comprometidos con la tradición de la ley natural, los católicos tienen para aportar una contribución crucial a la vida pública y al proceso político estadounidenses. Por cierto, 'cómo se puede contribuir en lo posible al bien común, si no se plantea en la discusión y en el debate los valores y las convicciones morales personales bien fundamentados?

Más aún, las figuras más autorizadas de la tradición católica, como santo Tomás de Aquino, reconocen la autonomía legítima de lo secular. “César” reclama legítimamente la lealtad y dedicación de los ciudadanos, pero esa lealtad nunca puede usurpar la obediencia y el culto que se debe tributar únicamente a Dios.

El Arzobispo Chaput dedica un conmovedor capítulo al santo inglés Thomas More, a quien el papa Juan Pablo II llamó “el patrono de los Gobernantes y de los Políticos.” La grandeza de More radica en su valiente lucha para permanecer fiel a su obligación hacia su soberano terrenal, mientras no se comprometiera su consagración definitiva a los dictados de su propia conciencia como reflejo de su obediencia a su Rey celestial. Como bien se sabe, ser coherente hasta el fin le costó a More su vida, pero su testimonio permanece como una fuerza poderosa y como inspiración para todos los que buscan iluminar el orden social con la luz del Evangelio.

* * *

El segundo nivel en el que se puede leer el libro es un llamado a los católicos estadounidenses para que recobren una comprensión vigorosa y universal de su propia tradición de fe.

Con demasiada frecuencia, en los cuarenta años transcurridos desde el Concilio, los católicos se encuentran divididos, por cuanto apelan selectivamente a uno u otro aspecto de la Tradición. Esta tendencia a elegir selectivamente ha sido denominada “catolicismo de cafetería,” y sólo ha sido exacerbada por el individualismo creciente de una sociedad americana orientada hacia el consumo. Por eso, en lugar de ser “levadura” en la sociedad, la fe corre el riesgo de adaptarse en forma acrítica a la cultura contemporánea, lo cual debilita el testimonio evangélico de la Iglesia. El autor plantea un desafío fuerte a su grey católica: “como católicos, necesitamos tener una mirada mucho más firme y más autocrítica sobre nosotros mismos como creyentes, en los temas que subyacen hoy y que erosionan la identidad católica, y en la asimilación mayoritaria – mejor se podría decir absorción – que sufren los católicos por parte de la cultura estadounidense” (p. 184).

En efecto, el Arzobispo Chaput plantea a sus compatriotas el mismo desafío que san Pablo planteó a sus seguidores, quienes eran ciudadanos del Imperio Romano. “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12, 2).

La clave aquí es la virtud del discernimiento – una tarea siempre exigente. Pero sería ingenuo no admitir que el discernimiento auténtico plantea problemas particulares en nuestros días, cuando la influencia de los medios de comunicación es tan avasallante. Con todos los beneficios que proveen las comunicaciones instantáneas, a causa de su adicción a lo efímero también pueden desvirtuar el peso necesariamente reflexivo de evidencia que sólo proporciona el discernimiento. Además, gran parte de los medios de comunicación populares (música, películas, videojuegos) promueve entretenimientos de naturaleza escapista o violenta que insensibilizan y oscurecen la conciencia. No sorprende que el Arzobispo Chaput apele varias veces al análisis del difunto crítico de la cultura, Neil Postman, cuyo estudio lleva el ominoso titulo de "Amusing Ourselves to Death [Divirtiéndonos hasta la muerte]."

La evaluación realista de Chaput respecto al desafío que afrontamos desemboca en una apreciación renovada de lo que cuesta ser discípulo. Él invoca figuras como el pastor luterano alemán Dietrich Bonhoeffer, el líder norteamericano de los derechos civiles Martin Luther King y el extinto obispo católico vietnamita, el cardenal F. X. Nguyen Van Thuan, que le sirven como testigos ejemplares de lo que puede inmortalizar un valiente seguidor de Cristo. Frente a su testimonio fiel, nuestra predisposición a compromisos fáciles puede parecer una traición.

Por último, para el cristiano el criterio definitivo del discernimiento que da vida sólo puede ser el mismo Señor Jesús. Él es todo el tesoro de la Iglesia, el Evangelio de vida que estamos llamados a compartir. El autor escribe: “la fe católica es mucho más que un conjunto de principios con los que acordamos, es más bien una forma de vida completamente nueva. Las personas deben ver esta nueva vida que se vive. Ellas deben ver la alegría que esto trae, deben ver la unión de los creyentes con Jesucristo” (p. 190).

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Finalmente, el tercer nivel en el que se puede leer el libro es como una lectura del Concilio Vaticano Segundo. Aún cuando no emplea el término o ni siquiera trata el tema ex professo, el Arzobispo lee claramente el Concilio Vaticano II a través de la óptica de una “hermenéutica de la reforma” dentro de la Tradición milenaria de la Iglesia.

Frente a las frecuentes apelaciones al “espíritu” del Concilio, él afirma con toda franqueza: “la enseñanza del Vaticano II existe primero y antes que nada en los mismos documentos conciliares. Ninguna interpretación del Concilio tiene valor, a menos que provenga orgánicamente de lo que el Concilio afirmó realmente y luego se mantenga fiel a ello” (p. 112).

Más aún, lo que el Concilio afirmó realmente debe ser interpretado en el contexto de todo su “corpus” doctrinal. Por eso, por más importante que puedan ser la Declaración sobre la Relación de la Iglesia con las Religiones no-cristianas ("Nostra aetate") o la Declaración sobre Libertad Religiosa ("Dignitatis humanae"), ellas deben ser leídas siempre en el marco del contexto general provisto por la cuatro “Constituciones”, que son las columnas fundamentales del Concilio Vaticano II. Deben ser leídas específicamente a la luz de la visión cristocéntrica del Concilio, la que recibe su orientación de la declaración de Lumen gentium, que proclama que “Cristo es la luz de las naciones” (LG 1), y de la feliz afirmación de Gaudium et spes, que proclama que “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

Es verdad, por supuesto, que el foco de los trabajos del Concilio fue eclesiológico y que no dedicó un documento específico a la cristología. Sin embargo, la visión del Concilio fue tamizada con la cristología, en definitiva una cristología “elevada”. En otro lugar he escrito sobre la “profunda gramática” cristológica del Vaticano Segundo: cómo toda la enseñanza del Vaticano Segundo debe ser leída a la luz de su proclamación de la unicidad de Jesucristo.

Encuentro la misma convicción expresada en el libro del Arzobispo Chaput. Por ejemplo, él afirma que “necesitamos arraigar la dimensión social de nuestra fe católica, y todas las otras cosas que hacemos, por amor a Dios, lo cual es el combustible que nos moviliza para llevar a cabo nuestra misión evangelizadora. No podemos ofrecer una acción social católica a los hombres y mujeres de todo el mundo, sin ofrecerles al mismo tiempo a Jesucristo” (p. 193). La misión católica y la identidad católica son inseparables. Ambas encuentran expresión sacramental en la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida católica: "Ecclesia de Eucharistia [La Iglesia vive de la Eucaristía]." El Arzobispo declara: “la Iglesia Católica es un entramado de relaciones basado en la relación más importante de todas: el don de sí mismo que hace Jesucristo en la Eucaristía para nuestra salvación. Ninguno de nosotros merece el don del amor de Cristo. Ninguno de nosotros ‘es digno de’ la Eucaristía” (p. 223).

En un capítulo final el autor aborda algunos temas pastorales apremiantes, referidos al acceso a la Eucaristía por parte de figuras públicas que defienden posturas que la Iglesia afirma que son intrínsecamente malas, como el aborto. La forma en que el Arzobispo trata estos temas es a un mismo tiempo pastoralmente sensible y teológicamente convincente. Esto ayudará a proporcionar claridad al diálogo y discernimiento permanentes en esta materia tan delicada, una materia que exige ser tratada para bien de la integridad de la fe.

Para concluir, podemos afirmar que el Arzobispo Chaput ha escrito un libro documentado, equilibrado, refinado e incisivo. Este libro debe ser leído, discutido y tomado en serio en Estados Unidos y fuera de este país. En varios sentidos su mensaje es simple, si bien por cierto no es simplista. Él plantea con franqueza el interrogante: “'qué deben hacer los católicos hoy por su país?”. Su respuesta es igualmente franca: “no mentir. Si decimos que somos católicos, debemos probarlo. La vida pública de Estados Unidos necesita personas dispuestas a defender, sin engaños, la verdad de la fe católica y los valores humanos comunes que la fe respalda” (p. 197).

Aquí encuentro una clara resonancia con lo que el apóstol san Pablo dice a los cristianos de Éfeso, como requisito de su unión en Cristo: “Por lo tanto, desechando la mentira, hablad con la verdad cada cual con su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros” (Ef 4, 25).

Sobre el autor

Blog del departamento de Teología del Istic

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