viernes, 17 de noviembre de 2006

Rowan Williams, primado de la Comunión Anglicana

Posted by Rubén García  |  at   15:46


El ecumenismo es uno de los grandes desafios de ahora y de siempre, una "llaga" del cuerpo de la Iglesia, por usar un término rossminiano, siempre abierta y lacerante.No cabe duda de que todo lo que sea conocimiento mutuo, entre las Iglesias, redunda en beneficio de avanzar hacia la tan anhelada unión. Por eso publicamos una entrevista que Rowan Williams, primado de la Comunión Anglicana, concedió a la revista 30 Giorni.

En ella pasa revista a cuestiones como el primado petrino, la liturgia, el papel de la Iglesia en un mundo secularizado...Muy interesante, y más aún en un tiempo convulso para la Comunión Anglicana, con tantos frentes abiertos.


Continúa...



«No sucede nada interesante en la Iglesia si no es por obra de Jesús»
Entrevista por Gianni Valente

Cuando aún no había cumplido dos años Rowan Williams contrajo la meningitis y estuvo a punto de morir. Dijeron los médicos que un niño tan frágil debía llevar una vida tranquila para sobrevivir. Nada que ver con el duro trabajo que le ha tocado desde que en 2002 fue elegido arzobispo de Canterbury, el 104 de la historia, y primado de una Comunión anglicana amenazada hoy más que nunca por discrepancias doctrinales y presagios de declive. Y, sin embargo, este galés de 54 años, al que 30Días ha entrevistado durante el congreso sobre Thomas Merton organizado por la Comunidad de Bose del 8 al 10 de octubre, no tiene el aspecto de una persona angustiada. Hoy que tantos eclesiásticos se agitan por reafirmar y defender la importancia y el espacio de los valores religiosos en la sociedad postmoderna, él es consciente de que caminar con Jesús «comporta el peligro de no tener nada que decir que el poder pueda oír, el peligro de convertirse en una nulidad en el esquema de alguien». Y cita a los primeros cristianos, los cuales sabían muy bien que «pertenecer al Dios de Jesús es otra cosa respecto a ser un ciudadano, alguien con derechos claros y un status reconocidos públicamente».
Usted es arzobispo de Canterbury desde hace casi dos años, y han sido años turbulentos para la Comunidad anglicana. Son conocidos sus estudios sobre el cristianismo del siglo IV y sobre la crisis arriana. ¿Le han ayudado a examinar la situación presente del cristianismo en el mundo?
ROWAN WILLIAMS: Quizás a veces construimos una imagen demasiado idealizada de las épocas pasadas, como si todo fuera bien en la vida de la Iglesia. En cambio, si estudiamos la historia, vemos que a veces durante enteros decenios la Iglesia estuvo profundamente dividida. Pero esto no quiere decir que en esos periodos no hubiera verdades que descubrir. El estudio que durante tantos años he realizado sobre el siglo IV me ha ayudado a ver que las personas pueden seguir siendo santas incluso en medio del torbellino de los acontecimientos en tiempos de tribulación. Y que no podemos pensar que es posible deducir en qué parte está la verdad contando el número de personas. Porque durante aquella crisis san Atanasio se había quedado casi sólo defendiendo la verdadera fe frente al arrianismo. En algunas situaciones es preciso esperar con paciencia. Atanasio estaba muy cerca de la vida monástica de su época. Esto para mi es un indicio de que los que entregan su vida a la vocación monástica a menudo saben ver más lejos.
También ha exaltado usted la virtud de la paciencia de los primeros obispos en tierra británica…
WILLIAMS: El obispo Restituto participó en el Concilio de Arles en el 314. En los últimos años debía tener confianza en el futuro de su Iglesia porque parecía que todo iba bien. La persecución había acabado, el emperador era amigo de los cristianos. Si hubiera vivido cien años después, habría visto el fin de esa inicial civilización cristiana cuando los piratas bárbaros destruyeron todo. Cuando llegó Melitos, enviado por Gregorio Magno, parecía que ya no había huellas de presencia cristiana. Tuvo que permanecer mucho tiempo en Francia, esperando momentos mejores, que permitieran volver a comenzar. Por eso he dicho que los obispos de Londres han tenido siempre que ser tenaces y pacientes… El nuestro parece ser un tiempo de prueba para el cristianismo. Y, sin embargo, parece un tiempo religioso y espiritual.
¿Cómo explica usted esta paradoja?
WILLIAMS: Unos de los rasgos sobresalientes de nuestra cultura es que somos individualistas y con una actitud consumista en relación con las cosas. Tampoco en la religión buscamos lo que es verdadero, lo que es real, sino lo que nos ofrece bienestar, lo que podemos usar para sentirnos a gusto. Un sentimiento espiritual que dé tranquilidad a nuestra vida. No un anuncio que irrumpe en la vida como una novedad, cambiando las cosas. En muchas partes de Occidente, además, las personas rechazan el hecho de pertenecer a organizaciones colectivas. Si la Iglesia está en crisis respecto a su propia membership, los partidos políticos están aún peor…
El estudio que durante tantos años he realizado sobre el siglo IV me ha ayudado a ver que las personas pueden seguir siendo santas incluso en medio del torbellino de los acontecimientos en tiempos de tribulación.Y que no podemos pensar que es posible deducir en qué parte está la verdad contando el número de personas. Porque durante aquella crisis san Atanasio se había quedado casi sólo defendiendo la verdadera fe frente al arrianismo
El cristianismo parece como algo pasado que ya no atañe a la vida, o incluso se ve como un peso. Las Iglesias reaccionan tratando de reafirmar su propia importancia en la sociedad, y multiplican sus intervenciones públicas acerca de cualquier tema.
WILLIAMS: Cuando oigo preguntas como esta me siento acusado. Todos se esperan del arzobispo que hable en público de muchas cosas. Es algo que ahora me toca hacer y no es fácil. Cuando me encuentro con los jóvenes, veo que lo que puede atraerlos a la fe no son las intervenciones de los jefes de la Iglesia. Cuando era obispo en Gales me dediqué mucho a los jóvenes de la diócesis, y durante muchos años tuvimos una excelente pastoral dirigida a ellos, que consistía principalmente en entretenerles y hacer que se divirtieran. Luego llegó un nuevo capellán, organizó en seguida un retiro de oración con los jóvenes de la diócesis para la Semana Santa. Un joven que había venido como agnóstico, al final pidió el bautismo. De ese simple hecho he intuido que ver los ojos de otros que miran al Señor es lo único que te hace tomar en serio a la Iglesia. Si la Iglesia tiene a veces algo útil que decir sobre la cultura y la política, que lo haga, estupendo. Pero la cuestión no acaba ahí…
¿Qué es para usted la Iglesia?
WILLIAMS: Recientemente he escrito sobre la cristiandad de los comienzos, y lo que en mi opinión describe la Iglesia en los primeros siglos es que era una comunidad que vivía siguiendo a otro Rey. Bien mirado, en los tiempos modernos damos mucha importancia a las convicciones teóricas de las personas, a lo que tienen en sus cabezas, pero no pensamos nunca en la pertenencia real a Cristo, dentro de una comunidad. La Iglesia no existe por decisión mía o de un número de personas, sino por la acción de Dios. Nosotros, nuestras opiniones, nuestras perspectivas, no dictamos ley sobre lo que la Iglesia es en el presente. La experiencia de esta ausencia de control es en sí misma saludable. Mientras que a veces las Iglesias parecen nerviosas por esto, por lo incontrolable de Jesucristo, del hecho de que Él no es prisionero de nuestras ideas. Ahora hace falta, más que en otros momentos, reconocer esto. Reconocer que estamos en la Iglesia como invitados, porque hemos sido llamados. De no ser así la Iglesia no sería más que una polémica sociedad humana.
Desde luego las polémicas no faltan.
WILLIAMS: El hecho es que la Iglesia no es la comunidad de personas que están de acuerdo con nosotros y comparten las mismas ideas. Son personas que nosotros no elegimos. Que quizá no nos gustan, pero que Jesús mismo elige y cambia. No sucede nada interesante en la Iglesia si no es por obra de El, que puede redimir nuestros desastres humanos, que ha prometido estar con nosotros hasta el fin de los tiempos, y ha dicho que miremos y pidamos ayuda a los pequeños, a los pobres, a los niños.
Me ha llamado la atención una frase de un discurso suyo en la que dice que «la ortodoxia fluye, mana de la gratitud, y no lo contrario». ¿Qué quería decir?
WILLIAMS: El pensamiento de los primeros cristianos, incluso a nivel teológico doctrinal, surgió del hecho de que veían que Jesús les llevaba a una nueva vida. Las primeras palabras del cristianismo fueron las usadas para dar gracias a Dios. La doctrina teológica surgió reflexionando sobre esto. Si falta esta inicial gratitud y este reconocimiento por el simple hecho de Jesús, no se resuelven desde luego nuestros problemas insistiendo sólo en la disciplina…
Por otra parte, circulan teologías según las cuales la encarnación de Cristo garantiza a priori la salvación a todo el género humano y a todo el mundo, de manera automática. ¿Está de acuerdo con estas tesis?
WILLIAMS: Mi desacuerdo con algunas corrientes de la teología americana de la creación se basa en el hecho de que según ellos todo está ya decidido, no dejan espacio a la posibilidad de que el hombre pueda decir que no. No conozco el corazón de los demás, pero conozco el mío y sé que soy capaz de causar desastres. Mi profesor de Universidad me repetía siempre que ninguna teología puede estar en pie si no tiene en cuenta la posibilidad del fracaso.
La Iglesia no existe por decisión mía o de un número de personas, sino por la acción de Dios. Nosotros, nuestras opiniones, nuestras perspectivas, no dictamos ley sobre lo que la Iglesia es en el presente. La experiencia de esta ausencia de control es en sí misma saludable. Mientras que a veces las Iglesias parecen nerviosas por esto, por lo incontrolable de Jesucristo, del hecho de que Él no es prisionero de nuestras ideas. Ahora hace falta, más que en otros momentos, reconocer esto
Es sabido que usted es un apasionado de las vidas de los santos. ¿Cuáles son sus santos preferidos?
WILLIAMS: Me gustan sobre todo santa Teresa y san Juan de la Cruz. He tenido siempre cierta predilección por la espiritualidad carmelita. Leía a santa Teresa cuando tenía quince años. No la comprendía, pero sentía que me gustaba. Luego he leído también a Edith Stein. De las Iglesias de Oriente, le he tomado cariño a san Serafín de Sarov. El año pasado tuve la posibilidad de visitar su tumba en Rusia.
También cita a menudo a san Agustín.
WILLIAMS: Agustín creó la disciplina del autoanálisis, de la autocomprensión, mostrando cómo estamos modelados por nuestra memoria. Hoy, en la era postmoderna, nos inducen a pasar de sensación en sensación, quemamos experiencias tras experiencias, y ya no hay historia. Mientras que él nos muestra que es la historia la que hace a la persona. También en la relación con la realidad civil, Agustín nos ha enseñado que debemos buscar el bien de la ciudad en que vivimos, del lugar en el que estamos, trabajando por la justicia, sin identificar nunca el éxito de esta sociedad con el reino de Dios. Participación y, al mismo tiempo, desapego. Como decía antes, somos de otro Rey. En fin, a veces digo que san Agustín puede ser considerado también como el fundador del psicoanálisis y de la política moderna…
Es conocida su pasión por la liturgia.
WILLIAMS: La liturgia nos recuerda siempre que caminamos hacia el juicio, que nuestras vidas están en un nuevo contexto donde nosotros entramos como huéspedes. Una liturgia que solamente fuese la proyección de mis ideas sería algo efímero. De la liturgia que se celebra en la Comunidad de Bose, por ejemplo, me gusta que no tiene prisa, se toma el tiempo que le hace falta, está llena de referencias bíblicas y es sencilla.
¿Qué piensa del primado petrino?
WILLIAMS: Es evidente que desde el inicio hubo un carisma especial, un servicio especial ejercido por el obispo de Roma para toda la Iglesia. Pero en el momento en que esto se convirtió en algo legal y rígidamente definido desde el punto de vista teológico, como resulta en las definiciones del Concilio Vaticano I, me resulta difícil no tener reservas. Por ejemplo, respecto a la infalibilidad como carisma espiritual individual. Como escribía el teólogo anglicano Austin Farrer, la infalibilidad no debería ser considerada como una «licencia de imprimir hechos». Desde que este Papa invitó en la encíclica Ut unum sint a debatir sobre el tema, todos, anglicanos, católicos y los demás, tenemos una buena ocasión para examinar críticamente cada uno nuestra propia historia. Los anglicanos estamos experimentado lo difícil que puede ser vivir en una Iglesia que no tiene un centro de autoridad definido. No quiero ser un papa, solamente tengo en cuenta el problema. Sé lo importante que es en la Iglesia tener una verdadera responsabilidad el uno hacia el otro. En la Iglesia de Occidente la necesidad de una autoridad central se ha concretado históricamente en el papado.

Sobre el autor

Blog del departamento de Teología del Istic

2 comentarios :

Qué buena la entrevista, Rubén. Me parece un hombre increíblemente cuerdo y que no se deja atrás los fundamentos a la hora de afrontar algunos problemas teológicos de primer orden. Creo que habría que aprovechar a este hombre para hacer crecer el diálogo con los anglicanos en este momento histórico. Sobre algunas cuestiones de método tengo alguna reserva, porque trata cuestiones importantes (el acceso a la vida de las primeras comunidades, el predestinacionismo o la transmisión de la fe a los jóvenes) desde la praxis (de la pastoral de la Iglesia o de la suya propia) pero al juzgar las definiciones de la "Pastor Aeternus" lo hace sólo desde el plano teórico, como si estas no tuviesen nada que ver con la praxis eclesial. Aunque se sufra por cierto "extatismo", antes de generar nuevas praxis, hay que analizar si las definiciones no corresponden a la consagración de modos de vida ya experimentados en la Iglesia. Creo que esto hay que tenerlo en cuenta para no volver a recorrer caminos que ya se andaron... lo digo por su propuesta final. Pero me parece una buena postura para el "revisionismo" que propone. Un saludo.

Declaración común Benedicto XVI y Rowan Willians


Hace 40 años, nuestros predecesores, el Papa Pablo VI y el arzobispo Michael Ramsey, se encontraron en esta ciudad santificada por el ministerio y la sangre d e los apóstoles Pedro y Pablo. Comenzaron un nuevo itinerario de reconciliación basado en los Evangelios y en las antiguas tradiciones comunes. Siglos de alejamiento entre anglicanos y católicos dieron paso a un nuevo deseo de unión y cooperación, mientras se redescubría y afirmaba la comunión real, aunque incompleta, que compartimos. El papa Pablo VI y el arzobispo Ramsey acordaron en esa ocasión establecer un diálogo en el que los temas que habían sido motivo de división en el pasado se afrontasen desde una nueva perspectiva con verdad y amor.

A partir de aquel encuentro, la Iglesia católica y la Comunión Anglicana emprendieron un proceso de diálogo fecundo, que se ha caracterizado por el descubrimiento de significativos elementos de fe compartida y por el deseo de expresar, a través de la oración conjunta, un testimonio y un servicio a aquello que tenemos en común.

Durante más de 35 años, la Comisión Anglicano-Católica Internacional (ARCIC, por sus siglas en inglés) ha producido un importante número de documentos que buscan articular la fe que compartimos. En los últimos diez años, desde que el Papa y el arzobispo de Canterbury firmaran la más reciente declaración conjunta, la segunda fase de la ARCIC ha completado su mandato con la publicación de los documentos «El don de la autoridad» (1999) y «María, gracia y esperanza en Cristo» (2005). Damos las gracias a los teólogos que han rezado y trabajado juntos en la preparación de estos textos, que esperan un ulterior estudio y reflexión.

El verdadero ecumenismo va más allá del diálogo teológico; toca nuestras vidas espirituales y nuestro testimonio común. Con el desarrollo de nuestro diálogo, muchos católicos y anglicanos han hallado en el otro un amor por Cristo que nos invita a una cooperación y a un servicio concretos. Esta colaboración en el servicio a Cristo, experimentada por muchas de nuestras comunidades a través del mundo, imprime un ulterior empuje a nuestras relaciones. La Comisión Internacional Anglicano-Católica para la Unidad y la Misión (IARCCUM, por sus siglas en inglés) se ha comprometido a examinar los modos adecuados en los que nuestra misión compartida de proclamar al mundo la vida nueva en Cristo puede progresar y alimentarse. Su informe, que presenta un resumen de las conclusiones centrales de la ARCIC y propuestas para crecer juntos en la misión y el testimonio, acaba de concluirse y someterse para su revisión a la Oficina de la Comunión Anglicana y al Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. Manifestamos nuestra gratitud por su trabajo.

En esta visita fraterna, celebramos el bien surgido de esas cuatro décadas de diálogo. Damos gracias a Dios por las gracias que las han acompañado. Al mismo tiempo, nuestro largo camino juntos exige que reconozcamos públicamente el desafío de las nuevas cuestiones, que además de dividir a los anglicanos, presenta serios obstáculos a nuestro progreso ecuménico. Es urgente, por tanto, que al renovar nuestro compromiso de perseguir el camino hacia la comunión plena y visible en la verdad y en el amor a Cristo, también nos comprometamos a continuar en el diálogo para afrontar los temas importantes que conciernen a los factores eclesiológicos y éticos actuales que hacen más difícil y arduo ese camino.

Como cristianos y líderes que afrontan los desafíos del nuevo milenio, reafirmamos nuestro compromiso público con la revelación de la vida divina manifestada únicamente por Dios en la divinidad y humanidad de nuestro Señor Jesucristo. Creemos que por medio de Cristo y de los medios de salvación que se encuentran en Él, se nos ofrecen a nosotros y al mundo la curación y la reconciliación.

Hay muchos ámbitos de testimonio y de servicio en los que podemos comprometernos y que nos invitan a una colaboración más cercana: la búsqueda de la paz en Tierra Santa y en otras partes del mundo marcadas por el conflicto y la amenaza del terrorismo; la promoción del respeto de la vida desde su concepción hasta la muerte natural; la protección de la santidad del matrimonio y el bienestar de los hijos en el contexto de una vida familiar sana; la ayuda a los pobres, oprimidos y más vulnerables, especialmente a los perseguidos por su fe; la respuesta a los efectos negativos del materialismo; y el cuidado por la creación y el ambiente. También nos comprometemos al diálogo interreligioso, mediante el cual podemos entrar en relación juntos con nuestros hermanos y hermanas no cristianos.

Recordando nuestros cuarenta años de diálogo, y el testimonio de hombres y mujeres santos comunes a nuestras tradiciones, entre los que se encuentran María la «Theotókos», los santos Pedro y Pablo, Benito, Gregorio Magno, y Agustín de Canterbury, nos comprometemos nosotros mismos a vivir una oración más ferviente y una mayor entrega para acoger y vivir esa verdad hacia la que el Espíritu del Señor desea conducir a sus discípulos (Cf. Juan 1, 13). Confiando en la esperanza apostólica «de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús» (Cf. Filipenses 1, 6), creemos que si nos convertimos juntos en instrumentos de Dios para invitar a todos los cristianos a una más profunda obediencia de nuestro Señor, también nos acercaremos aún más mutuamente, encontrado en su voluntad la plenitud de la unidad y de la vida común a la que nos llama.

Vaticano, 23 de noviembre de 2006

Tomado de Zenit.

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