jueves, 23 de agosto de 2007

La Medicina del Papa Benedicto (otro comentario sobre la "Summorum Pontificum")

Posted by Rubén García  |  at   10:25

En su carta "Summorum Pontificum", Benedicto XVI ha señalado firmemente al “Missale romanum”, promulgado por Pío V y propuesto en edición revisada por Juan XXIII en 1962, una expresión de la “lex orandi” – la norma de la oración – y por tanto de la “lex credendi” – la norma de la fe – de validez plena y actual. Junto al Misal promulgado por Pablo VI en 1970, representa un distinto uso del único rito de la Iglesia latina. A pesar de estar marginado, en efecto, como consecuencia de la adopción en la liturgia de las lenguas modernas, el Misal de 1962 no había sido nunca “superado”, ni habría podido serlo, mucho menos “abrogado”. Quedó en vigor, como una “expresión viva de la Iglesia”.


La nueva legitimación del “Missale romanum” decretada por el “Summorum Pontificum” reconduce la vida católica a su esencial naturaleza de “complexio”. La historia católica precedente al Concilio Vaticano II es propuesta por el Papa como vivo horizonte del “espíritu” del Concilio mismo y de su realización: una realización que muchos extremismos han vivido en cambio como incompatible con el pasado.

Así, el objetivo de “la reconciliación interna en el seno de la Iglesia” se hace parte de una más amplia intervención medicinal para al Iglesia universal, también independientemente de tensiones locales con las minorías cismáticas.

Las mismas raras, pero virulentas, reacciones negativas al “motu proprio” confirman sin quererlo la urgencia de esta acción medicinal del Papa Benedicto.

Ellas han levantado dos graves acusaciones contra la “Summorum Pontificum”.
Por un lado, esta habría atentado contra al autoridad episcopal, ya que la decisión romana sustraería a quien constituye por esencia el liturgo de su Iglesia, el obispo, la autoridad de disciplinar el mismo los estilos y los intentos litúrgicos de los sacerdotes que celebran por delegación suya.
Por otro lado, el “motu proprio” introduciría una paradojal forma de relativismo litúrgico, una liturgia “por ordenación”, según las preferencias subjetivas de los fieles.

La segunda objeción está decididamente fuera de lugar. Si algo ha ofrecido, por décadas, un espectáculo de estilos litúrgicos peligrosamente “à la carte”, esto es el abuso expansivo (y precoz, ya en el inmediato postconcilio) de la “interpretación” o “inculturación” del rito de la misa. ¿Quién no recuerda las arbitrarias supresiones de plegarias y de gestos y la introducción ilegítima de nuevos textos, actores y lugares litúrgicos? De ello la migración del pueblo creyente a la busca de los estilos de celebración más conformes al gusto, conservador o progresista. Problema notorio desde hace tiempo: el reciente acto de gobierno de Benedicto XVI ha sido precedido por muchas advertencias – sobre todo de la instrucción “Redemptoris Sacramentum” de abril del 2004 – que sancionaban las excesivas “deformaciones arbitrarias”.

La recuperación del rito antiguo en latín podrá, al contrario de cuanto se objeta, actuar como paradigma estabilizador de las fluctuantes liturgias en lengua corriente. Como ha notado el cardenal Karl Lehmann, presidente de los obispos de Alemania, el “motu proprio” es un buen motivo para promover con nueva atención una digna celebración “ordinaria” de la eucaristía y de los otros ritos.

En cuanto a la primera objeción, la autoridad del obispo es objeto de la carta de acompañamiento de Benedicto XVI a los “queridos hermanos en el episcopado”. En ella se recuerda que el rito antiguo no es otro rito, que su presencia en el pueblo cristiano es memoria constructiva, y que su celebración es legítima y oportuna.

La riqueza histórico-tradicional del culto cristiano es, pues, el dato primario del cual nutrirse; y la autoridad ejercitada del obispo-liturgo debe entenderse en consecuencia. El obispo no genera autónomamente, menos aún arbitrariamente, ni el hecho del rito, que tiene su centro en Cristo, ni su forma, que pertenece ante todo a la Iglesia una y universal. Adicionalmente – da a entender el Papa en la carta al episcopado – precisamente los responsables de la unidad en la Iglesia han faltado muchas veces, incluso en un pasado reciente, a la tarea primaria de evitar o sanar las divisiones.

¿En qué perspectiva debe leerse, pues, el acto de gobierno de Benedicto XVI?

Ante todo, la nueva libertad de la celebración de la misa llamada impropiamente “preconciliar” opera como correctivo, si no como resarcimiento, de una indebida fractura práctica e ideológica consumada en el siglo XX “hiper-conciliar”. Es una fractura con la Tradición de la Iglesia moderna, desde el siglo XVI al XX, y, en cuanto a la lengua casi con la entera tradición.

Esta fractura no ha sido querida por la constitución sobre la liturgia promulgada por el Concilio Vaticano II. Ella consiste en la cancelación del hecho del espíritu de la liturgia anterior a la reforma, casi entendiendo o dejando entender que ella fuese en sí misma inadecuada.

La iniciativa del Papa Benedicto se confirma, pues, dirigida contra la lectura del Concilio ideológica y sustancialmente “revolucionaria”, hecha por elites teológicas y pastoralistas católicas, y que es lentamente penetrada en el clero y en las parroquias.

Hay más. La renovada legitimidad de una eucaristía celebrada en lengua latina y según el Misal romano de 1962 parece destinada a volver el equilibrio no sólo a los actuales excesos rituales, lingüísticos, arquitectónicos, sino también a los frecuentes deslizamientos hacia un vaciamiento de la sacramentalidad de las celebraciones. Deslizamientos que tienen una preocupante relevancia sobre el plano de la fe.

Se opone que el Misal promulgado el 26 de marzo de 1970, bien enraizado en la Tradición y fruto de una madura ciencia liturgista, hubiera bastado para obtener estos efectos. Nadie ignora el enorme trabajo, de décadas, de la congregación para el culto divino, ni la pasión de Juan Pablo II por la vida litúrgica de la Iglesia: basta volver a leer su carta “Dominicae Cenae” de febrero de 1980. ¿Pero qué ha sido de estas riquezas en las prácticas ordinarias? ¿Cuál su capacidad de orientación y, a la vez, de continencia de la “renovación litúrgica” buscada por cotidianas actitudes inexpertas, frecuentemente extrañas a la idea misma de sacralizad de la eucaristía y del sacrificio? Es necesario reflexionar sobre esta probada imposibilidad de fundar obras grandes sobre la arena de las retóricas postconciliares.

¿De qué cosa, en cambio, puede derivar la potencialidad equilibrante del rito “tridentino”? Al menos de tres hechos.

1. La lengua latina favorece la percepción de una antigüedad del rito, de una originalidad sobre la cual el presente no se cree el amo o prevarica sino profunda y necesariamente se implanta según continuidad. También una participación ocasional, pero no más “transgresiva”, al rito antiguo a comprender que la tradición e innovación tienen entre ellos una relación necesaria y una reciproca fuerza moderadora. Lo sabe los raros creyentes que han frecuentado en estas décadas las liturgias celebradas en latín en los monasterios, aún más que en aquellas “tradicionalistas”.

2. La forma y la disciplina ritual de la misa antigua enseñan a creer precisamente por como enseñan a rezar. Especialmente el estar “vuelto hacia el Señor” del celebrante – que no es una “dar la espalda” al pueblo como insensatamente muchos repiten – y de las asamblea toda, así como la posición excéntrica del altar respecto a los presentes, llevan a reflexionar de nuevo sobre espacio y tiempo sacros, sobre su sentido y fundamento. De nuevo sino en manera “nueva”: más en el surco de la tradición católica, latina y oriental.

Ni la comunidad reunida, ni sus sentimientos, ni su sociabilidad o compañía son, en los hechos, el perno del “scrificium missae”. No es el comportamiento de la asamblea lo que cuenta: la de la “liturgia activa” es una tentación pragmática de solución de la que los liturgistas, pastoralistas y progresistas de edificios sacros parecen no ser conscientes. Al contrario la acción de la comunidad orante está bajo la norma del sacrificio sacramental y desde allí debe sacar el propio perfil; el actuar está al servicio de los “divina mysteria”. El divino Sacerdote se sacrifica a sí mismo al Padre y el celebrante y la asamblea, son llevados a este abismo, en su dirección y sentido. Es a esto a lo que el canon de la misa da la máxima relevancia.

Pero simbólicamente todo resulta más claro al fiel cuando le es permitido mirar además del celebrante y el altar, hacia el Señor. El estar vueltos al Señor opone a la tentación, incluso de liturgistas, de concebir el altar como “spectaculum”, al centro de la asamblea. ¿El ofrecimiento al Padre del único Sacerdote se manifiesta adecuadamente en el actual coloquio frontal entre celebrante y pueblo? Hoy la asamblea aparece prevalentemente dirigida hacia el celebrante, y el celebrante hacia ella, con un riesgoso efecto de inmanencia, si es que no de protagonismo. Es evidente todo domingo la tentación de considerar a la asamblea sacramento, en prejuicio del trinitario “misterio de la fe” que actúa en la acción litúrgica.

3. Una liturgia que por tradición antigua y constante “tiene al centro el Santísimo Sacramento que brilla de viva luz” (como se expresaba el grande liturgista Josef A. Jungmann) implica una catequesis y una predicación de la presencia real de Jesús en el pan y en el vino, del “Dios con nosotros” querido a Joseph Ratzinger teólogo. En suma, se impondrá una renovada atención a los sacramentos según un anuncio de realidad, más allá de los niveles – y los valores innegables, pero secundarios – de la “participación” comunional y afectiva de la asamblea.

Esta es la esperanza que parece recogerse en la decisión del Papa Benedicto: la esperanza que hacer hoy la prueba de la esencial presencia de la tradición entre nosotros sea medicina contra la desorientación de tantos fieles cristianos. El deseo de un “christifidelis laicus” como yo es que, con la venia del obispo, los párrocos hagan posible la celebración de al menos una misa semanal, mejor si es festiva, según el “Missale romanum” de Juan XXIII, ayudando a todos a recuperar el significado profundo de la antigua tradición litúrgica y repacificando en la Iglesia culturas, generaciones y espiritualidades.

Se evitará de todas formas que la solicitud de la misa antigua en latín se vuelva una reivindicación de minorías que se perciben excluidas y opositoras. Se debe pedir al obispo, a los pastoralistas y a los liturgistas ensayar pronto soluciones a la altura de las situaciones de cada diócesis. Y desde Roma – ante todo por parte de la comisión vaticana “Ecclesia Dei” – se espera una sólida guía sobre las modalidades de actuación del “motu proprio”, aparte de las razones teológicas y espirituales que lo animan.

Autor: Pietro di Marco

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domingo, 19 de agosto de 2007

Carta abierta de un misionero leonés en Perú

Posted by Rubén García  |  at   9:25

Creo que a Jose Mª Rojo García, misionero leonés del IEME que ha desempeñado la mayor parte de sus años de apostolado entre los más pobres de Ica (Perú), no le importará que divulgue en nuestro blog su carta. En ella hace una reflexión creyente sobre la tragedia del reciente terremoto y las devastadoras consecuencias que ha tenido, como siempre, entre los más desfavorecidos.

“AL PERRO FLACO TODO SON PULGAS”
… Y ALGO MAS
Ayer en la noche escribí un correo electrónico para algunos de la familia, tratando de adelantarme a que en España escucharan la trágica noticia del terremoto en Perú y se alarmaran por mi suerte. Hoy, al abrir mi correo, una sobrina me había contestado con esa conocida frase: “Al perro flaco todo son pulgas”. La comparación nos sirve para reflexionar sobre lo sucedido en este Perú al que quiero como propio pues no en vano he pasado en él más de la mitad de mis 60 años de vida e ir más allá. Seguro que mi sobrina se refería al Perú, “perro flaco”, como país pobre. Sí, pero no sucede ni por casualidad, ni porque tenemos mala suerte, ni por la fatalidad del destino que siempre se ensaña con los pueblos pobres. No, muchos de los muertos en esta y en casi todas las desgracias naturales se deben justo a que ellos eran pobres… Así de simple.
El terremoto sufrido ayer por Perú fue de una magnitud muy fuerte y hubiera hecho muchísimo más daño si su epicentro hubiera sido en tierra firme en lugar de las profundidades del mar. Los cerca de 500 muertos reportados se hubieran multiplicado varias veces. Y si hubiera ocurrido cerca de Lima, con sus 9 millones y casi la mitad bajo la línea de pobreza, los muertos -sin ninguna duda- los contaríamos por decenas o centenas de miles…Ese mismo terremoto en Tokio, Nueva York o Madrid dejaría solo unas pocas personas muertas.
Nuestros países pobres no están preparados para ninguna de estas eventualidades, en buena parte porque no pueden; en otra por la desorganización y hasta por la corrupción de sus gobernantes que en lugar de prever desvían los gastos por caminos no muy santos.

Lo que tal vez mi sobrina no llegó a captar o insinuar (puede que sí) es que, al interior de los países, a “los perros flacos” -los pobres del Perú, los mas pobres de los países pobres- siempre se les pegan las pulgas chupando la poca sangre que tienen…
Mañana trataré de viajar a la ciudad de Ica, la que concentra el mayor número de muertos y en la que trabajé pastoralmente durante 10 años. Tal vez no pueda hacer mucho -si es que logro llegar- pero quiero estar con mi gente. Y ya se bien lo que me voy a encontrar: todas las casitas de adobe que con tanto esfuerzo cada familia logró levantar (después de haber vivido anteriormente en ranchitos o chozas de esteras, palos y cartón) estarán en el suelo. Será así en Ica, en Pisco, en Chincha, en Cañete (las ciudades más afectadas y que es posible ya les suenen por las dramáticas imágenes de la TV). Las casas bien construidas, con ladrillo y cemento sobre una buena base, no suelen caerse, salvo raras excepciones.

Por coincidencia, en las semanas pasadas hemos estado leyendo, reflexionando y viviendo, con un grupo de unas 30 personas, la experiencia del libro de Job en la Biblia (ese personaje no tan paciente como suele decirse pues se rebela y fuerte llegando a maldecir el día en que nación y retándole a Dios a que le muestre si es culpable de lo que le ocurre). Y el problema central del libro es “cómo hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente”, cómo decirle a Job que Dios le ama cuando está hecho una piltrafa o cómo logrará Job no maldecir a Dios estando como está… La misma dificultad se nos plantea hoy en nuestros países pobres y frente a los más pobres de nuestros países: ¿¡cómo decirles que Dios los ama!? ¿¡y cómo ellos pueden sentir que Dios los ama!? ¿Cómo sentir en Ica que Dios ama a esos pobres que se han quedado sin sus familiares, sin sus casas, sin lo poco que tenían…?
Me tocará hacer la experiencia en vivo, con humildad y estoy casi seguro con alegría. Nunca olvidaré, en la misma Ica, cuando en otra tragedia -la inundación de 1998- yendo a ver cómo estaba la gente, con el agua por encima de la cintura una mujer dirigente de un comedor popular me abrazó y me dijo: “Padre, lo hemos perdido todo, pero estamos vivos, tenemos dos manos y empezaremos de nuevo”. Y empezaron (perdón, empezamos), ellos yo… y Dios que nos llevó de la mano sin que a veces nos diéramos cuenta.
José Mª Rojo

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viernes, 17 de agosto de 2007

Los signos de la veneración eucarística

Posted by Rubén García  |  at   11:00

LOS SIGNOS DE LA VENERACIÓN EUCARÍSTICA Carta a los presbíteros y diáconos por + Julián López Martín, Obispo de León

Queridos hermanos:
Deseo comentar con vosotros algunos aspectos del culto a la Santísima Eucaristía a propósito de la publicación de la Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum caritatis de S.S. el Papa Benedicto XVI, de 22-II-2007 (= SCa y nº)[1]. Con este documento culmina una serie de intervenciones de carácter doctrinal y pastoral del Magisterio pontificio que comenzó con la Encíclica Ecclesia de Eucharistia del siervo de Dios Juan Pablo II (17-IV-2003)[2], con el propósito de mejorar las celebraciones de la Eucaristía y, a la vez, renovar e intensificar el culto del Misterio eucarístico en la Iglesia.

Ahora bien, esto no será posible si los pastores no procuramos formar a los fieles de manera que adopten “una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras” (SCa 64). Esto tiene aplicación también a los elementos materiales que entran en la celebración litúrgica, como los signos, los lugares de la celebración, la colocación del Sagrario, etc.

Por eso deseo invitaros a leer atenta y reflexivamente la Exhortación Apostólica, para captar su riqueza teológica y espiritual. Como una ayuda y a modo de introducción a su lectura, en este mismo número se publica una conferencia mía ofrecida precisamente a sacerdotes.

Desearía también que, a medida que os adentráis en el documento pontificio, tengáis en cuenta el modo concreto de celebrar, con el fin de revisarlo, mejorar todo lo que sea mejorable y corregir lo que sea preciso. Para este es muy útil consultar también la Ordenación General del Misal Romano publicada en lengua española en 2005 (= OGMR y nº)[3] e, incluso, la Instrucción Redemptionis sacramentum de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de 25-III-2004[4].

Por último, os pido que pongáis en práctica las siguientes indicaciones y sugerencias, que afectan no sólo a la celebración de la Eucaristía sino también a su culto fuera de la Misa y a la misma Reserva eucarística. Su observancia tiene mucho que ver también con el comportamiento de los fieles en el interior de las iglesias.

1. Verdad y belleza de la celebración y del culto a la Eucaristía

Antes de entrar en las sugerencias concretas, me parece oportuno recoger y comentar esta afirmación de la Exhortación Apostólica: “La relación entre el misterio creído y celebrado se manifiesta de modo peculiar en el valor teológico y litúrgico de la belleza. En efecto, la liturgia, como también la revelación cristiana, está vinculada intrínsecamente con la belleza: es veritatis splendor. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión” (SCa 35). El Papa se refiere a una realidad mucho más profunda que una mera estética o armonía de las formas a la hora de celebrar la liturgia. Lo que está en juego, cuando se realiza una acción litúrgica, es la verdad del misterio que se hace presente en ella y que, a la vez, se oculta en el conjunto de signos, palabras y elementos que integran la celebración y que es necesario percibir claramente para entrar en contacto con él. La Iglesia no ha creado el ritual, los gestos, los símbolos, la música, etc., de su liturgia buscando la ceremonia, la majestuosidad o la pura solemnización, sino tratando de ayudar al hombre a entrar en comunión con Dios, para que le alabe del mejor modo posible y se deje santificar por Él. “La verdadera belleza (de la liturgia) es el amor de Dios que se ha revelado definitivamente en el Misterio pascual” (ib.).

Por eso, celebrar bien no consiste en ejecutar fríamente unos actos o recitar de manera rutinaria unas fórmulas de plegaria. En este sentido, no se puede olvidar que la forma externa condiciona decisivamente las actitudes internas. De ahí que se debe cuidar con el mayor esmero todo aquello que facilita la comunicación visual y verbal en las acciones litúrgicas. Especialmente hoy, cuando todo el mundo está acostumbrado a ver y a escuchar a auténticos maestros de la expresión. Y esto afecta no solamente a la responsabilidad de los ministros, sino también a la necesaria educación litúrgica de los fieles que ocupan la nave, a los que se ha de considerar como verdaderos participantes en la parte que les corresponde como miembros del pueblo sacerdotal (cf. 1 Pe 2,5.9)[5]. “Conscientes de todo esto, hemos de poner gran atención para que la acción litúrgica resplandezca según su propia naturaleza” (ib.)[6].

2. Los gestos de la veneración

“Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los fieles. Pienso, en general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante los momentos principales de la plegaria eucarística” (SCa 65).

Por su parte, la OGMR es muy clara al señalar: “(Los fieles) estarán de rodillas durante la consagración, a no ser que lo impida la enfermedad o la estrechez del lugar o la aglomeración de los participantes o cualquier otra causa razonable. Y, los que no pueden arrodillarse en la consagración, harán una profunda inclinación mientras el sacerdote hace la genuflexión después de ella” (n. 43). La Conferencia Episcopal Española no ha señalado otro gesto, lo que quiere decir que la norma general tiene pleno vigor en España.

Allí donde la mayoría de los fieles permanece aún de pie durante la consagración, es necesario que, con claridad y paciencia, se les invite a recuperar el gesto de arrodillarse, explicándoles el sentido del estar de rodillas o de la inclinación profunda. Esta explicación debe hacerse antes de la celebración eucarística. En las iglesias en las que se instalaron bancos sin reclinatorio, los responsables deberían estudiar cómo hacer la oportuna adaptación a los mismos. Por otra parte, conviene también recordar a todos los fieles y enseñar a los más pequeños a poner en práctica la genuflexión, cuando pasan por delante del Santísimo Sacramento (cf. OGMR 274).

3. El modo de comulgar

La OGMR, cuando se ocupa de la distribución de la Comunión a los fieles dice: “El sacerdote toma después la patena o la píxide y se acerca a los que van a comulgar, quienes, de ordinario, se acercan procesionalmente. A los fieles no les es lícito tomar por sí mismos ni el pan consagrado ni el sagrado cáliz y menos aún pasárselos entre ellos de mano en mano. Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo haya establecido la Conferencia de los Obispos. Cuando comulgan de pie, se recomienda que, antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia del modo que determinen las citadas normas” (n. 160).

Ya hace muchos años que en España se autorizó el recibir la comunión en la mano, correspondiendo a los fieles el usar o no de esta facultad[7]. En su momento se indicó también el modo de hacerse. Anteriormente se había permitido así mismo comulgar de pie. Sin embargo las cosas se olvidan si no se recuerdan oportunamente, y a los niños, cuando se preparan para hacer la Primera Comunión, hay que enseñarles cómo deben proceder. Por eso no es infrecuente el que algunos fieles, al acercarse a comulgar, hacen ademán de quitar la Sagrada Forma de la mano del ministro. Otros se la llevan a la boca sobre la misma mano en la que la reciben. La indicación del Misal es clara, pero podría precisarse un poco más a la hora de explicarla a los fieles.

En efecto, los fieles comulgarán habitualmente de pie, haciendo antes una inclinación de cabeza, pudiendo recibir la comunión en la boca o en la mano. Si eligen este último modo, extenderán una mano abierta ante el ministro con la otra debajo, también abierta. Una vez depositada la Sagrada Forma en la mano, la persona que va a comulgar se la llevará con la mano libre a la boca, delante del ministro, antes de retirarse. Si eligen el modo de comulgar de rodillas, no es necesaria ninguna otra reverencia. Tratándose de niños, puede ser eficaz un sencillo ensayo con formas no consagradas.

Si se da la comunión bajo las dos especies, supuestas las condiciones exigidas para ello (cf. OGMR 282-287), cuando se hace “por intinción”, que es el modo más adecuado para hacerlo[8], deberá recibirse obligatoriamente en la boca. No está permitido a los que comulgan mojar por sí mismos la Sagrada Forma en el cáliz, ni recibir ésta en la mano una vez mojada[9].

4. La colocación del Sagrario y de la Sede

“Es necesario que el lugar en que se conservan las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en la iglesia, gracias también a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las iglesias donde no hay capilla del Santísimo Sacramento, y el sagrario está en el altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede del celebrante” (SCa 69).

Por su parte la OGMR dice también: “El puesto más habitual de la Sede será de cara al pueblo al fondo del presbiterio, a no ser que la estructura del edificio o alguna otra circunstancia lo impida; por ejemplo, si, a causa de la excesiva distancia, resulta difícil la comunicación entre el sacerdote y la asamblea congregada o si el sagrario ocupa un lugar central detrás del altar” (OGMR 310; véanse también nn. 314-317).

En la gran mayoría de nuestras iglesias el Sagrario sigue formando parte del retablo mayor y se encuentra, por tanto, detrás del altar de cara al pueblo, generalmente a la misma altura en que ha estado siempre. A veces, sobre todo en iglesias de reciente construcción, el Sagrario sobresale por encima de la cabeza del sacerdote celebrante. Pero, a tenor de los dos documentos citados, el problema lo ha planteado un equivocado concepto de lo que es la Sede. Ésta no es un asiento más, sino que debe significar la función presidencial en toda celebración litúrgica. Por eso ha de estar situada de manera que haga posible la comunicación del sacerdote con los fieles, para que éstos puedan verlo y oírlo fácilmente. Colocada la Sede detrás del altar, cuando el sacerdote la usa, produce la impresión de que está sentado a una mesa.

Es cierto que muchas iglesias tienen un presbiterio muy reducido. Pero, teniendo en cuenta que la Sede ha de ser única y que, por tanto, no se requiere un asiento de cada lado, cabe ponerla en un lateral del presbiterio, en la parte opuesta a la del ambón. La Sede puede estar adosada a la pared de manera que el sacerdote, sentado, mira al ambón y escucha las lecturas como los demás fieles; y, cuando está de pie, puede volverse a la asamblea sin dificultad. En la concelebración, si no hay espacio en el presbiterio para los asientos de los concelebrantes o ministros, éstos se pueden situar delante de los fieles. Lo que importa es que se destaque la presidencia litúrgica -es uno solo el que preside- y que ningún ministro esté sentado o de pie inmediatamente delante del Sagrario dándole la espalda. Colocar la Sede delante del altar, tampoco es solución adecuada.

5. El cuidado de la Reserva eucarística

Las normas de la Iglesia acerca de la dignidad, reverencia y seguridad que se han de observar en el lugar donde se guarda la Eucaristía son expresión y garantía de la fe y veneración de las comunidades eclesiales hacia el Santísimo Sacramento y han ser observadas escrupulosamente (cf. Código de Derecho Canónico, c. 934-944). Me refiero de manera particular al decoro del Sagrario, a la lámpara encendida y a la custodia de la llave, que nunca debe dejarse puesta en la cerradura ni junto al Sagrario, una vez terminada la celebración, sino en lugar seguro en la sacristía (cf. c. 938; 940).

Ahora bien, la situación de las pequeñas parroquias de nuestra diócesis, especialmente en aquellos pueblos que se cierran durante el invierno o allí donde no es posible asegurar la Misa todos los domingos, obliga a que los párrocos y quienes hacen sus veces tomen las medidas oportunas. De ningún modo puede dejarse la Reserva eucarística en las iglesias de los pueblos que se cierran (cf. c. 934,2). En las iglesias en las que solamente se celebra la Misa una o dos veces al mes, para reservar el Santísimo Sacramento ha de procurarse que algún fiel, al menos, se responsabilice de su cuidado (cf. ib.), por ejemplo, visitando al Señor diariamente (cf. c. 937). De no ser así, es preferible que no se haga la Reserva. Cuando el Santísimo no esté reservado, se puede dejar abierta la puerta del Sagrario y la lámpara estará apagada.

6. Sobre los ministros extraordinarios de la comunión

En la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis el Papa Benedicto XVI se dirige a los ministros de la Eucaristía con estas palabras: “Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos emanados recientemente[10]” (n. 50).

Por su parte, la OGMR establece para la distribución de la Comunión: “Si están presentes otros presbíteros, pueden ayudar al sacerdote a distribuir la Comunión. Si no están disponibles y el número de comulgantes es muy elevado, el sacerdote puede llamar para que le ayuden, a los ministros extraordinarios, es decir, a un acólito instituido o también a otros fieles que para ello hayan sido designados[11]. En caso de necesidad, el sacerdote puede designar para esa ocasión a fieles idóneos. Estos ministros no acceden al altar antes de que el sacerdote haya comulgado y siempre han de recibir de manos del sacerdote el vaso que contiene la Santísima Eucaristía para administrarla a los fieles” (n. 162).

Es evidente la intención de la Iglesia de que la Comunión sea distribuida, ante todo, por el sacerdote celebrante, ayudado si es necesario por otros sacerdotes o diáconos. Sólo cuando una verdadera necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios, entre los que se cuentan los acólitos instituidos, pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas citadas. No cabe, por tanto, que habiendo ministros ordinarios en el lugar, se recurra a los extraordinarios. Estos no deben acceder, sin más, al altar para tomar por sí mismos la patena o el copón para ayudar a distribuir la Comunión, sino que han de recibirlos de manos del sacerdote. Terminada la distribución, tampoco deben ellos recoger las partículas sobrantes ni purificar los vasos sagrados. Si hay que trasladar las Formas consagradas al Sagrario situado lejos del altar donde ese está celebrando, es preferible que sea un sacerdote o diácono el que lo haga o el mismo celebrante, una vez terminada la Misa. Las deficiencias en el modo de tratar la Santísima Eucaristía terminan dañando las actitudes internas de veneración debidas a tan augusto Sacramento.

Para las celebraciones dominicales en la espera del presbítero, se requiere también que quienes, con la conveniente autorización del Obispo, las moderan o dirigen, actúen con el máximo sentido de veneración hacia la Eucaristía, según las normas de este tipo de celebraciones.

7. Sobre las disposiciones personales para recibir la Eucaristía

Estas indicaciones y sugerencias no serían del todo eficaces, como expresión de “una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras” SCa 64), si no se aludiera también a la práctica de la Iglesia según la cual “es necesario que cada uno se examine a sí mismo en profundidad (cf. 1 Cor 11,28), para que quien sea consciente de estar en pecado grave no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; en este caso, recuerde que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes” [12].

El Papa Benedicto XVI escribe al respecto, sobre la relación entre los sacramentos de la Reconiliación y de la Eucaristía: “Como se constata en la actualidad, los fieles se encuentran inmersos en una cultura que tiende a borrar el sentido del pecado, favoreciendo una actitud superficial que lleva a olvidar la necesidad de estar en gracia de Dios para acercarse dignamente a la comunión sacramental. En realidad, perder la conciencia de pecado comporta siempre también una cierta superficialidad en la forma de comprender el amor mismo de Dios. Ayuda mucho a los fieles recordar aquellos elementos que, dentro del rito de la santa Misa, expresan la conciencia del propio pecado y al mismo tiempo la misericordia de Dios” (SCa 20).

En la siempre conveniente y, en ocasiones muy necesaria, catequesis sobre la celebración de la Eucaristía, no debiera faltar la explicación de dichos elementos o momentos de carácter penitencial -sin valor sacramental, por supuesto-, como los modos de hacer el acto penitencial, la oración en voz baja del sacerdote antes de comulgar (“Señor Jesucristo...”), la exclamación “Señor, no soy digno...”, etc.

Confío en que acojáis con el mayor interés estas observaciones sacadas de los últimos documentos sobre la Eucaristía y su celebración. Pueden parecer insignificantes, porque sin duda tenemos que ocuparnos también de celebrar bien -el ars celebrandi del que se habla en la Exhortación Apostólica- como condición indispensable para la participación consciente, activa y fructuosa en la Eucaristía (cf. SCa 38 ss.). Sin embargo, sin la adecuada correspondencia entre las actitudes internas de adoración, asombro y sinceridad ante lo que nos es dado celebrar, y las formas externas representadas por los gestos, los signos y los elementos de la celebración, nuestras celebraciones se quedarían en una estética puramente aparente y desprovista del verdadero espíritu de la liturgia, que no es otro que la presencia del Misterio de la fe.

Con el deseo de que en nuestra Iglesia diocesana “se crea realmente, se celebre con devoción y se viva intensamente este santo Misterio” (SCa 94), invocando la intercesión de María “mujer eucarística”.

León, 10 de junio de 2007, solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo:
+ Julián, Obispo de León

[1] Está publicada en el “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2007, pp. 401-488.
[2] Véase “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2003, pp. 191-244. Además, la Carta Mane nobiscum Dómine de S.S. Juan Pablo II, de 7-X-2004, en “Boletín Oficial del Obispado” de septiembre-octubre de 2004, pp. 1015-1035; las Sugerencias y propuestas –Año de la Eucaristía- de la citada Congregación, de 15-X-2004, ib., pp. 1037-1087; e incluso los documentos preparatorios de la XI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos publicados entre 2004 y 2005, en “Boletín Oficial del Obispado” de septiembre-octubre de 2005, pp. 939-1165.
[3] La Ordenación General del Misal Romano ha sido publicada en separata por los Coeditores litúrgicos el 28-I-2005.
[4] En el “Boletín Oficial del Obispado” de marzo-abril de 2004, pp. 275-349.
[5] “Es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra. ‘Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es ‘sacramento de unidad’, esto es, pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por tanto, pertenecen a todo el Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan, pero afectan a cada miembro de este Cuerpo de manera diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual’”: Catecismo de la Iglesia Católica, Editores del Catecismo 1999, n. 1140; cf. n. 1144.
[6] “Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. Se debe también respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción”: SCa 41; cf. 53; 66; etc.
[7] Aprobado por la XXIII Asamblea Plenaria de la Conferencia E. Española, en diciembre de 1975.
[8] Según se indica en la OGMR 285-b y 287.
[9] Cf. Instrucción Redemptionis Sacramentum, n. 104.
[10] Cf. Instr. Redemptionis Sacramentum, cit., nn. 80-96.
[11] Cf. S. CONGR. PARA LOS SACRAMENTOS Y EL CULTO DIVINO, Instr. Inæstimabile donum, del 3 de abril de 1980, n. 10; Instrucción interdicasterial sobre algunas cuestiones acerca de la cooperación de los fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiæ de mysterio, del 15 agosto de 1997, art. 8.
[12] Instr. Redemptionis Sacramentum, cit., nn. 81; cf. Código de Derecho Canónico, c. 916; etc.

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