domingo, 15 de junio de 2008

850 millones de hambrientos

Posted by Rubén García  |  at   21:22

Los delegados de 193 países, 50 altos dignatarios internacionales y más de 100 ministros acudieron a Roma ante la apremiante llamada de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y Alimentación (FAO), reunida en asamblea extraordinaria del 3 al 5 de junio.
Esta cumbre de alto nivel pretendía ser la primera respuesta a la situación de “emergencia alimentaria” mundial causada por un inesperado alza del 71% en los precios de los alimentos, especialmente los cereales de consumo básico, en los últimos dos años. Unido a esto, según la FAO, las reservas de cereales fueron, el pasado año, de 420 millones de toneladas, un mínimo histórico desde 1983.
El director del organismo, el senegalés Jacques Diouf, criticó muy duramente en su discurso inaugural, la falta de voluntad política para solucionar el gravísimo escándalo del hambre y la malnutrición, que afecta ya a más de 850 millones de personas, 820 de los cuales viven en países en desarrollo


Criticó las políticas arancelarias y los subsidios agrícolas de Europa y EEUU, que buscan anular la competitividad de las agriculturas de los países pobres, así como la fabricación de biocombustibles a partir de cereales, más de 100 millones de toneladas ya, que deberían emplearse para el consumo humano.
Con respecto a estos carburantes, el ex-relator de la ONU para el derecho a la alimentación, Jean Ziglier, fue aún más explícito. Los calificó de “criminales” y pidió la paralización inmediata de su fabricación, al tiempo que cargó contra la UE, por su política de subsidios y aranceles y, por su tibieza, contra el mismísimo secretario general de la ONU, el siempre complaciente con los intereses macroeconómicos Ban Ki-moon.
Las duras críticas de Ziegler contra la producción de combustibles con cereales no parecen tan injustificadas si tenemos en cuenta que, incluso la OCDE, admite que más de un tercio de la subida de los productos agrícolas para los próximos nueve años se debe a esta nueva demanda.
En todo caso, parece que una vez más se cumplieron los vaticinios de los más escépticos con respecto a la eficacia de este tipo de cumbres. Promesas de algunas dádivas más o menos generosas para promoción del desarrollo, las “migajas que caen de las mesas de los ricos”, foto de grupo, brindis al sol de algún mandatario y poco más.
Según el BM la cifra de 850 millones de hambrientos y desnutridos no disminuirá en los próximos años, sino que aumentará en, al menos, 100 millones más.
La solución a esta vergonzosa situación, un auténtico, aunque silencioso, genocidio de los más empobrecidos de la tierra, no parece estar ya en la regulación de los mercados ni en el aumento de la producción alimentaria. De hecho, mientras que la población mundial se ha duplicado desde los años sesenta, la producción alimentaria se ha triplicado en el mismo periodo.
Por tanto, es fácil concluir que no se trata de una crisis de producción, sino de la existencia de todo un sistema perverso que promueve, o consiente, que amplias poblaciones del planeta no puedan acceder a la alimentación necesaria para subsistir. ¿Un premeditado Holocausto de los pobres? Eso parece. El hambre es hoy, nadie lo niega, técnicamente suprimible, pero existe una “diabólica” intención política de no hacerlo. La política es hoy, sin ningún género de duda, la causa principal de esta tragedia, por delante de guerras, cambios climáticos y otras posibles causas.
Precisamente en esta línea apuntaba el esperado mensaje del Papa Benedicto XVI que se leyó en la ceremonia de inauguración (nota: el laicismo corto de miras, “a la española”, no parece haber llegado a las esferas internacionales, ya que incluso escuchan a la máxima autoridad mundial de los católicos).
En su mensaje invita a reflexionar sobre la lamentable paradoja de que la globalización de los mercados, lejos de favorecer la disponibilidad de alimentos, parece dificultarla. En un mundo que dispone cada vez de mayores recursos y conocimientos para acabar con el drama del hambre, esta crece imparable. La cada vez más honda brecha mundial entre riqueza y pobreza exige de valientes reformas estructurales, de una verdadera “conversión” de las naciones para que consideraciones de carácter económico y técnico no prevalezcan sobre los deberes de justicia hacia quienes padecen el azote del hambre.
La causa principal del hambre y la desnutrición, afirmó el Papa, no es otra que “la cerrazón del ser humano hacia sus semejantes que disuelve la solidaridad, justifica los modelos de vida consumista y disgrega el tejido social, preservando de injustos desequilibrios, dejando a un lado las exigencias más profundas del bien”.
El coraje para tomar medidas estructurales, destinadas a remediar la flagrante injusticia que padecen millones de seres humanos, va mucho más allá de las promesas de fondos de cooperación o de envíos de alimentos a las zonas más depauperadas, que lanzan intermitentemente los poderosos del mundo. Pero sólo esas medidas, que van a la raíz del problema, pueden lograr una solución eficaz y definitiva.
Mientras alguien da el paso hacia ellas, recordemos las palabras proféticas de Juan Pablo II: “¿Cómo juzgará la Historia a una generación que cuenta con todos los medios para alimentar a la población del planeta y que rechaza hacerlo por una ceguera fratricida?” La respuesta es tan simple como vergonzante.


Rubén García Peláez

Sobre el autor

Blog del departamento de Teología del Istic

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