martes, 21 de noviembre de 2006

Radcliffe: ¿Ser misionero en Disneylandia?

Posted by Rubén García  |  at   12:01



Otro artículo de T. Radcliffe. Este de carácter más pastoral.
¿Cual debe ser la espiritualidad misionera en un mundo cambiante y globalizado como el nuestro?
¿Cómo presentar la Verdad sin que sea una más de tantas verdades?
Muy interesante
Continúa...
Fr Timothy Radcliffe, O.P.Misión en un mundo prófugo: futuros ciudadanos del reino: SEDOS 2000
Se me ha pedido reflexionar sobre una espiritualidad de misión para nuestro mundo globalizado. ¿Qué significa ser un misionero en Disneylandia? Cuando se me pidió dar esta conferencia estaba encantado, porque es un tema fascinante, pero tenía también mis dudas, porque yo nunca he sido un misionero en el sentido habitual del término. En el Capítulo General electivo de México hace ocho años, los hermanos identificaron los criterios para los candidatos a ser Maestro de la Orden. Imperiosamente debería él haber tenido una experiencia pastoral fuera de su propio país. Luego ellos me eligieron, a quien ha sido siempre un académico en Inglaterra. Yo no sé si todas las congregaciones actúan tan excéntricamente, pero muestra porqué me siento algo inadecuado para dar esta conferencia.
¿Qué es tan nuevo en nuestro mundo, que debemos buscar una nueva espiritualidad de misión?¿Cuán diferente es del mundo al que fueron enviadas generaciones anteriores de misioneros? Podríamos responder automáticamente que aquello que es nuevo es la globalización. Los correos electrónicos fluyen en nuestras oficinas desde todas partes de la tierra. Trillones de dólares circulan alrededor de los mercados del mundo cada día, ¡sin embargo, no alrededor de la Orden Dominicana! Como se dice frecuentemente, vivimos en una aldea global. Los misioneros ya no son más enviados en barco a países desconocidos; casi cualquier lugar no queda más allá de un día de viaje. Pero yo me pregunto si la "globalización" identifica realmente el nuevo contexto para la misión. La aldea global es fruto de una evolución histórica que se ha ido concretando en los últimos quinientos -si no cinco mil- años. Algunos expertos afirman que en muchos modos el mundo hace un siglo estaba tan globalizado como lo está actualmente.
Quizás lo que es verdaderamente distintivo de nuestro mundo es un fruto específico de la globalización, que es que nosotros no sabemos hacia dónde va el mundo. No tenemos un sentido compartido de la dirección de nuestra historia. El gurú de Tony Blair, Anthony Giddens, lo llama "el mundo huidizo". La historia aparece como estando fuera de control, y no sabemos hacia dónde nos dirigimos. Es para este mundo huidizo que debemos descubrir una visión y una espiritualidad de misión.
Las primeras grandes misiones de la Iglesia fuera de Europa estaban vinculadas con el colonialismo de los siglos XVI y XVII. Los españoles y los portugueses trajeron consigo a sus frailes mendicantes, mientras que los alemanes y los ingleses tomaron sus misioneros protestantes. Los misioneros podían haber sostenido o criticado a los conquistadores, pero existía un sentido compartido de hacia dónde iba la historia, hacia la dominación occidental del mundo. Aquello daba el contexto de misión. En la segunda mitad de este siglo, la misión se llevaba a cabo en un nuevo contexto, aquel del conflicto entre los dos grandes bloques del Este y de Occidente, del comunismo y el capitalismo. Algunos misioneros han de haber rezado por el triunfo del proletariado, y otros por la derrota del comunismo ateo, pero este conflicto era el contexto de misión.
Ahora, con la caída del muro de Berlín, no sabemos hacia dónde vamos. ¿Estamos yendo hacia el bienestar universal, o está el sistema económico a punto de colapsar? ¿Tendremos una larga prosperidad (Long Boom) o una gran explosión (Big Bang)? ¿Dominarán los estadounidenses el mundo económico durante siglos, o estamos al final de una corta historia donde Occidente fue el centro del mundo? ¿Se expandirá la comunidad global hasta incluir a todos, incluso al continente olvidado, África? ¿O la aldea global se contraerá, y dejará a la mayoría de la gente fuera? ¿Es una aldea global o un pillaje global? No lo sabemos.
No lo sabemos ya que la globalización ha alcanzado una nueva etapa, con la introducción de tecnologías cuyas consecuencias no podemos determinar. No lo sabemos ya que, de acuerdo a Giddens, nosotros hemos inventado un nuevo tipo de riesgo. Los seres humanos siempre han tenido que vérselas con el riesgo, el riesgo de plagas, malas cosechas, tormentas, sequía, y las ocasionales invasiones de los bárbaros. Pero eran, con mucho, riesgos externos que estaban fuera de control. No se sabía nunca cuándo un meteorito podría golpear la tierra o una rata portadora de pulgas podría llegar con la plaga de la peste bubónica. Pero ahora estamos principalmente en riesgo de lo que nosotros mismos hemos hecho, lo que Giddens llama "riesgos manufacturados": el calentamiento global, superpoblación, contaminación, mercados inestables, las consecuencias imprevistas de la ingeniería genética. No sabemos los efectos de los que hoy estamos haciendo. Vivimos en un mundo huidizo. Esto produce una profunda ansiedad. Nosotros los cristianos no tenemos un especial conocimiento acerca del futuro. No sabemos más que cualquier otro sobre si estamos en camino a la guerra o a la paz, a la prosperidad o a la pobreza. Estamos también tan frecuentemente perseguidos por la ansiedad de nuestros contemporáneos. Yo suelo ser profundamente optimista acerca del futuro de la humanidad, pero ¿esto se debe a lo que he heredado de la creencia de Santo Tomás acerca de la bondad de la humanidad, o de los genes optimistas de mi madre?
En este mundo huidizo, lo que los Cristianos ofrecemos no es conocimiento sino sabiduría, la sabiduría del destino último de la humanidad, el Reino de Dios. Podemos no tener idea de cómo el Reino vendrá, pero nosotros creemos en su triunfo. El mundo globalizado es rico en conocimiento. En verdad, uno de los retos de vivir en este mundo cibernético es que estamos inundados con información, pero hay poca sabiduría. Hay poco sentido de un destino último de la humanidad. Realmente tal es nuestra ansiedad sobre el futuro que es más fácil no pensar en él en absoluto. Apropiémonos del momento presente. Comamos, bebamos y divirtámonos que mañana moriremos. De este modo nuestra espiritualidad misional debe ser sapiencial, la sabiduría del fin al que somos llamados, una sabiduría que nos libera de nuestra ansiedad.
En esta conferencia deseo sugerir que el misionero debe ser portados de esta sabiduría en tres formas, a través de la presencia, epifanía y a través de la proclamación. En algunos lugares todo lo que podemos hacer es estar presentes, pero hay una confianza natural en hacer visible nuestra espera y explícita nuestra sabiduría. La palabra se hizo carne y ahora, en nuestra misión, la carne se hace palabra.
Presencia
Un misionero es alguien enviado. Este es el significado de la propia palabra. Pero ¿a quiénes son enviados los misioneros en nuestro mundo huidizo? Cuando era un estudiante de escuela con los benedictinos, vinieron misioneros a visitarnos de lugares muy alejados, como el África o el Amazonas. Nosotros dimos nuestro dinero para que niños fuesen bautizados con nuestros nombres. Deberá haber cientos de Timothy de mediana edad alrededor del mundo. Así los misioneros fueron enviados de Occidente a otros lugares. Pero en estos días ¿desde dónde son enviados los misioneros? Ellos solían venir especialmente de Irlanda, España, Gran Bretaña, Bélgica y Québec. Pero hoy muy pocos misioneros son de esos países. El misionero moderno es más probable que venga de India o Indonesia. Yo recuerdo el alboroto en la prensa inglesa cuando llegó el primer misionero a Escocia proveniente de Jamaica. Así pues, en una aldea globalizada, no hay centro desde el cual los misioneros sean enviados. En la geografía de la red de internet no hay centro, al menos en teoría. De hecho, sabemos que en Manhattan hay muchos más teléfonos que en el África subsahariana.
Como inicio de una respuesta, sugeriría que en este nuevo mundo, los misioneros son enviados a aquellos que son otros, que están distantes de nosotros ya sea por su cultura, su fe o su historia. Ellos están muy alejados pero no necesariamente distantes físicamente. Ellos son extraños a pesar de que puedan ser nuestros vecinos. La expresión "aldea global" suena familiar e íntima, como si todos perteneciésemos a una gran y feliz familia humana. Pero nuestro mundo global está atravesado por grietas y fracturas, las cuales nos hacen extranjeros los unos a los otros, incomprensibles e incluso algunas veces, enemigos. El misionero es enviado a estar en esos lugares. Pierre Claverie, el obispo dominico de Orán en Argelia, fue asesinado por una bomba en 1996. Precisamente antes de morir, él escribió: "La Iglesia lleva a término su vocación cuando ella está presente en las rupturas que crucifican a la humanidad en su carne y en su unidad. Jesús ha muerto suspendido entre el cielo y la tierra, con los brazos extendidos para reunir a los hijos de Dios dispersos por el pecado que los separa, los aísla y los enfrenta los unos contra los otros y contra Dios mismo. Él es puesto sobre las líneas de fractura nacidas de ese pecado. En Argelia, nosotros estamos en una de esas líneas sísmicas que atraviesan el mundo: Islam/Occidente, Norte/Sur, ricos/pobres. Allí estamos bien en nuestro sitio, pues es en ese lugar en el que se puede entrever la luz de la Resurrección".
Estas líneas de fractura no sólo corren entre partes del mundo: el norte y el sur, el mundo desarrollado y el así llamado mundo en vías de desarrollo. Esas líneas atraviesan cada país y cada ciudad: Nueva York, Roma, Nairobi y Sao Paulo, Nueva Delhi y Tokio. Ellas dividen a aquellos que tienen agua potable y a aquellos que no, a aquellos que tienen acceso a Internet y a aquellos que no, a los letrados de los iletrados, la izquierda de la derecha, a aquellos de diferente creencia y a los que no tienen ninguna, blanco y negro. El misionero está llamado a ser el portador de una sabiduría, del propósito de Dios "que él ha manifestado en Cristo como un plan en la plenitud de los tiempos, para reunir en él todas las cosas, las del cielo y las de la tierra" (Efesios 1, 10). Y esta sabiduría nosotros la representamos estando presentes con aquellos que están separados de nosotros por las murallas de la división.
Pero debemos dar un paso más allá. Ser misionero no es lo que yo hago, es lo que yo soy. Del modo como Jesús es aquel que ha sido enviado (Hebreos 3,1). Estar presente ante el otro, vivir en las líneas de fractura implica una transformación de quien soy. Estando con y para otra persona, descubro una nueva identidad. Pienso en un anciano misionero español a quien conocí en Taiwán, que había trabajado en China por muchos años y había estado encarcelado. Ahora él esta anciano y enfermo, y su familia quería que regresara a España. Pero él dijo: "Yo no puedo regresar. Yo soy chino. Sería un extranjero en España". Cuando Juan XXIII se encontró con un grupo de líderes judíos estadounidenses en 1960, él les asombró al acercarse a la habitación y decirles: "Yo soy José, vuestro hermano". Éste es quien soy, y no puedo ser yo mismo sin ti. Por tanto, ser enviado implica un morir a aquel que uno era. Uno deja una pequeña identidad. A Chrys Mc Vey, uno de mis amigos estadounidenses que vive en Pakistán, le preguntaron cuánto tiempo él quisiera permanecer allí, y él respondió, "hasta que esté cansado de morir". Estar presente para el otro y con el otro es una especie de morir a una vieja identidad, y de esa forma ser un signo del Reino en el que nosotros seremos uno.
Nicholas Boyle escribió que "la única respuesta moralmente defendible y conceptualmente consistente a la pregunta de ¿quiénes somos ahora? es ‘futuros ciudadanos del mundo’". Nosotros no sólo somos gente que trabaja por un nuevo orden mundial, que tratamos de vencer la guerra y la división. Quienes somos ahora es ser futuros ciudadanos del mundo. Uno podría adaptar las palabras de Boyle y decir que ahora somos nosotros los futuros ciudadanos del Reino. El Reino es mi país. Ahora yo descubro quién soy yo estando cerca a aquellos que están alejados. Es precisamente nuestro catolicismo el que nos impulsa más allá de cada identidad pequeña y sectaria, de cada reducido y pequeño sentido de mí mismo, hacia aquello que apenas podemos vislumbrar. Esta es la encarnación de nuestra sabiduría.
Esto no es fácil, y sobre todo requiere fidelidad. El misionero no es un turista. El turista puede ir a lugares exóticos, tomar fotografías, disfrutar la comida y el paisaje, y regresar a casa llevando orgullosamente camisetas de recuerdo. El misionero es sólo un signo del Reino estando allá. Tal como me dijo uno de mis hermanos, "tú no sólo desempacas tus maletas, tú las arrojas".
No quiero decir que cada misionero deba permanecer ahí hasta la muerte. Puede haber muy buenas razones para irse: un nuevo reto a ser encarado en algún otro lugar, enfermedad o cansancio, y así otras más. Sino que estoy sugiriendo que la misión implica fidelidad. Es la fidelidad de un misionero español que conocí en la Selva peruana, quien sólo continúa estando allí año tras año, visitando a su gente, haciendo sus viajes alrededor de pequeños asentamientos, permaneciendo fielmente aun si al parecer no sucede mucho. Con frecuencia el dolor del misionero es descubrir que uno no es deseado. Quizás la gente local, o incluso las vocaciones locales de la propia Orden, esperan de él o ella, que se vaya. Es la fuerza vital de continuar estando ahí, algunas veces no siendo apreciado. El heroísmo del misionero está en atreverse a descubrir quién soy yo con estos otros y para estos otros, incluso si ellos no desean descubrir quienes son ellos conmigo y para mí. Es permanecer allí fielmente, incluso si esto pueda costar la propia vida, como lo hizo Pierre Claverie y los monjes Trapistas en Argelia.
Yo dejé Roma justo antes del Día Mundial de la Juventud. Pero en mi encuentro allí con algunos de los laicos de la juventud dominicana, me quedé impactado por su gusto en estar con aquellos que son diferentes, que son distintos a ellos mismos. Alemanes y franceses, polacos y paquistaníes, hay una asombrosa apertura que traspasa las fronteras de raza y cultura, de generación y de fe. Este es el regalo de los jóvenes a la misión de la Iglesia, y un signo del Reino. Quizás el reto para el joven misionero es aprender esa fuerza vital, esa paciente fidelidad al otro, encarada con nuestra propia fragilidad y ansiedad. Nuestras casas de formación deberían ser escuelas de fidelidad, donde aprendamos a persistir, continuar, incluso cuando caemos, o cuando hay incomprensiones, crisis en las relaciones personales, incluso cuando sentimos que nuestros hermanos o hermanas no son fieles a nosotros. La respuesta no es entonces dejarlos, para empezar de nuevo, para ingresar a otra Orden o casarnos. Tenemos que desempacar nuestras maletas y arrojarlas. Presencia no es meramente estar allí. Es permanecer allí. Se performa como una vida vivida a través de la historia, la condición de una vida que apunta al Reino. La presencia paciente del misionero es verdaderamente un signo de la presencia real del Señor que nos dio su cuerpo para siempre.
Epifanía
En muchas partes del planeta, todo lo que pueden hacer los misioneros es estar allí. En algunos países comunistas o islámicos no es posible hacer nada más, sólo ser un signo implícito del Reino. Algunas veces en nuestras íntimas ciudades o trabajando con jóvenes o alienados, la misión debe comenzar anónimamente. El sacerdote obrero está simplemente allí en la fábrica. Pero nuestra fe anhela tomar una forma visible, ser vista. Este año Neil MacGregor, el Director de la Galería Nacional de Londres, organizó una exposición llamada "Viendo la Salvación". Para la mayor parte de la historia europea, nuestra fe ha sido hecha visible en cristal, pintura y escultura. La celebración del nacimiento de Cristo solía comenzar con la Epifanía, la revelación de la gloria de Dios entre nosotros. Cuando Simeón recibe al niño Jesús en el templo, él se alegra, "porque mis ojos han visto tu salvación, que has preparado para presentarla ante todos los pueblos" (Lc. 2, 31). Tal como lo dice Juan, nosotros proclamamos "lo que hemos oído, y lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos mirado y tocado con nuestras manos" ( 1 Jn 1,1). La misión nos impulsa más allá de la presencia, hacia la epifanía.
Desde la controversia iconoclasta en el siglo IX, la Cristiandad siempre ha tratado de mostrar el rostro de Dios. En la Europa de la Edad Media, la gente raramente veía la imagen de nadie, excepto aquellas de Cristo y los santos; pero en nuestro mundo estamos bombardeados por rostros. Tenemos nuevos iconos en nuestras paredes: Madonna, la Princesa Diana, Tiger Woods, las Spice Girls. Ser alguien importante en nuestros días significa conseguir el "status de icono"! Por todos lados hay rostros: políticos, actores, futbolistas, los ricos, gente que es famosa no más que por ser famosa. Ellos nos sonríen desde las carteleras en nuestras calles y en nuestras pantallas de televisión. Pero nosotros creemos que toda la humanidad ansía ver otro rostro, el rostro de Dios, la visión beatífica. ¿Cómo podemos manifestar ese rostro?
No sería suficiente sólo con añadir el rostro de Cristo a la muchedumbre. Sería bueno, pero insuficiente para Walt Disney hacer una película animada de los evangelios. Poner el rostro de Jesús en la pantalla al lado del de Mickey Mouse o el Pato Donald no realizaría la epifanía. Muchas Iglesias protestantes en Gran Bretaña tienen imágenes en el exterior de sus templos con las palabras del Evangelio compitiendo con los avisos en las calles. Esto puede ser admirable, pero yo lo encuentro siempre un tanto embarazoso. Recuerdo nuestras risitas cuando de niños pasábamos delante de la imagen de una Iglesia local que preguntaba ¿"si velaríamos con las vírgenes prudentes o dormiríamos con las vírgenes necias?"
El reto es este: ¿cómo podemos revelar la gloria de Dios, la belleza de Dios? En este mundo lleno de imágenes,¿cómo puede ser manifestada la belleza de Dios?. Von Balthasar habla acerca de la "auto-evidencia" de la belleza, de su "intrínseca autoridad". Reconocemos en la belleza un emplazamiento que no podemos ignorar fácilmente. C. S. Lewis dijo que la belleza despierta el deseo de "nuestra propia patria remota", el hogar que ansiamos y nunca visto hasta ahora. La belleza revela nuestro fin último, para el que hemos sido creados, nuestra sabiduría. En este mundo que huye, con su futuro desconocido, el misionero es el portador de sabiduría, la sabiduría del destino final de la humanidad. Este destino final es vislumbrado en la belleza del rostro de Dios. ¿Cómo podemos mostrarlo ahora?
Esta pregunta es más fácil hacerla que responderla; ¡yo espero que ustedes sean capaces de dar con algunas respuestas más estimulantes que la que tengo! Voy a sugerir que necesitamos presentar imágenes, rostros que son de un tipo diferente que los rostros que vemos en nuestras calles. En primer lugar, la belleza es revelada no en los rostros del rico y el famoso, sino en el del pobre y en el desvalido. Y segundo, las imágenes de la aldea global ofrecen entretenimiento, distracción, mientras que la belleza de Dios es revelada en la transformación.
Las imágenes de la aldea global muestran la belleza del poder y de la prosperidad. Es la belleza del joven y la presencia del que todo lo tiene. Es la belleza de una sociedad consumista. Ahora bien, no piensen que estoy celoso de la juventud y de su porte, aunque sí quizás nostálgico, sino que los evangelios colocan la belleza en un lugar diferente. La revelación de la gloria de Dios es la cruz, un hombre moribundo y abandonado. Es una idea tan escandalosa que parece haber tomado cuatro siglos antes de ser representada. Posiblemente la primera representación de Cristo crucificado esté en las puertas de Santa Sabina, donde vivo, que fueron hechas en el año 432, después de la destrucción de Roma por los bárbaros. La belleza irresistible de Dios brilla a través de la más absoluta pobreza.
Esto puede parecer una idea descabellada, hasta que uno piensa en uno de los santos más atractivos y bellos de todos, San Francisco de Asís. Yo hice una pequeña peregrinación a Asís este verano. La Basílica estaba llena de gente, atraída por la belleza de su vida. Los frescos de Giotto son encantadores, pero el encanto más profundo es el del poverello. Su vida está penetrada por una carencia, una pobreza, que sólo puede ser llenada por Dios. El Cardenal Suhard escribió que ser misionero "no consiste en ocuparse en propaganda ni siquiera en conmover a la gente, sino en ser un misterio viviente. Esto significa vivir de tal modo que si Dios no existiese, la vida de uno no tendría sentido". Vemos la belleza de Dios en Francisco, porque su vida no tendría sentido si Dios no fuera.
No menos importante, Francisco fundó una nueva imagen de la pobreza del propio Dios (¡No puedo imaginar porqué estoy haciendo toda esta propaganda a los franciscanos!). Neil MacGregor dice que fue Francisco quien inventó el pesebre, el signo de Dios abrazando nuestra pobreza. En 1223 él escribió al Señor de Greccio, "Yo quisiera representar el nacimiento del Niño Jesús tal como tuvo lugar en Belén, de tal modo que la gente vea con sus propios ojos las aflicciones que Él padeció cuando era niño, cómo Él fue tendido en paja en un pesebre rodeado con el buey y el burro". En el mundo del Renacimiento del siglo XIII, con sus nuevos frescos, sus nuevos exóticos bienes de consumo, su nueva civilización urbana, su miniglobalización, Francisco reveló la belleza de Dios con una nueva imagen de pobreza.
Éste es nuestro reto en la aldea global, mostrar la belleza del pobre y desvalido Dios. Es especialmente difícil porque frecuentemente nuestra misión se encuentra en los lugares de la más terrible pobreza, en África, América Latina y partes de Asia, donde la pobreza es evidentemente horrible. Los misioneros construyen escuelas, universidades y hospitales. Manejamos instituciones poderosas y absolutamente vitales. Somos vistos como ricos. Pero en muchos países el sistema sanitario y educativo colapsaría si no fuese por la Iglesia. ¿Cómo entonces podemos mostrar la belleza de la gloria de Dios, visible en la pobreza? ¿Cómo podemos ofrecer estos irremplazables servicios, y no obstante guiar unas vidas que son un misterio y que no tienen sentido sin Dios?
Ahora presentaré rápidamente un segundo camino por el que podemos manifestar la belleza de Dios y que es a través de actos de transformación. Yo comencé esta conferencia sugiriendo que quizás lo propio de nuestro mundo no es tanto que sea global, sino que no sabemos hacia adónde está yendo. No tenemos idea de qué tipo de futuro estamos creando para nosotros mismos. Incluso el polo norte se ha derretido y se ha convertido en una piscina de agua. ¿Qué viene después? Esta incertidumbre provoca una profunda ansiedad. Difícilmente nos atrevemos incluso a contemplar el futuro, y así es más fácil vivir sólo para el ahora. Ésta es la cultura de la gratificación al instante. Como Kessler escribe, "la mayoría de la gente vive hoy menos de las grandes esperanzas y perspectivas ultra terrenas, que de las intenciones a corto plazo y de metas tangibles. ‘Experimenta tu vida - ahora’ es el imperativo de una cultura secundaria que ahora atraviesa todo el globo. Es suficiente vivir la vida así, en el presente -sin una meta".
Cuando vuelo a Londres, veo con frecuencia la Rueda del Milenio, el orgullo de la ciudad por la celebración de los dos mil años desde el nacimiento de Cristo. Pero todo lo que hace es dar vueltas y vueltas, ¡y esto en los días buenos! No va a ningún lado. Nos ofrece la oportunidad de ser espectadores, que miremos el mundo sin ninguna obligación. Nos entretiene y nos permite momentáneamente escapar de la inquieta ciudad. Es un buen símbolo de cuán frecuentemente intentamos sobrevivir en este mundo que se escapa. Estamos satisfechos con ser entretenidos, con escapar por un rato. Y esto es lo que muchas de nuestras imágenes ofrecen, diversión que nos permite olvidar. Juegos de computadoras, teleseries, películas nos ofrecen una amnesia frente a un futuro desconocido. Imagínense, ¡aún estoy esperando que una de mis sobrinas me lleve a subir a la Rueda del Milenio!
Este escapismo está expresado sobre todo en este último fenómeno del siglo XX, el "happening". Existe incluso la palabra francesa para ello: "Le happening". Cuando Francia celebró el Milenio con un desayuno de mil kilómetros, ¡fue "un increíble happening"! Un hapenning puede ser una discoteca, un partido de fútbol, un concierto, una reunión social, una fiesta, los juegos Olímpicos. Un happening es un momento de exuberancia, de éxtasis, donde somos transportados de nuestro aburrido e inmanejable mundo, y así poderlo olvidar. Cuando Disneylandia construyó una nueva ciudad en Florida, en la que la gente podría intentar escapar de la ansiedad de la moderna América, fue llamada Celebración.
Pero el Cristianismo encuentra su centro también en "un increíble happening", que es la Resurrección. Pero es un tipo de happening absolutamente diferente. No ofrece huida, sino transformación. No nos invita a olvidar el mañana, sino que es el futuro apareciendo ahora. Los cristianos no pueden responder ni con amnesia ni con predicciones optimistas sobre el futuro. Pero podemos encontrar signos de Resurrección apareciendo en gestos de transformación y de liberación. Nuestras celebraciones no son un escape sino una degustación del futuro. Ellas no ofrecen opio, como pensaba Marx, sino promesa.
Un dominico inglés llamado Cornelius Ernst escribió una vez que la experiencia de Dios es lo que llamamos "el momento genético". El momento genético es transformación, novedad, creatividad, en la que Dios irrumpe en nuestras vidas. Él escribió: "Cada momento genético es un misterio. Es amanecer, descubrimiento, primavera, nuevo nacimiento, salida hacia la luz, despertar, trascendencia, liberación, éxtasis, consentimiento nupcial, regalo, perdón, reconciliación, revolución, fe, esperanza, amor. Puede decirse que el Cristianismo es la consagración del momento genético, el centro viviente desde el cual revisamos las infinitamente variadas y cambiantes perspectivas de la experiencia humana en la historia. Esa es al menos, o desea ser, su pretensión, que es la fuerza para transformar y renovar todas las cosas: ¡He aquí que yo hago todas las cosas nuevas (Apoc. 21, 5)"!
De este modo, el reto para nuestra misión es cómo hacer visible a Dios a través de gestos de libertad, liberación, transformación, pequeños "happening" que son signos del final. Necesitamos pequeñas irrupciones de la libertad incontenible de Dios y su victoria sobre la muerte. De forma bastante extraña, yo he encontrado más fácil pensar en obvias imágenes seculares que en religiosas: la pequeña figura delante de un tanque en la Plaza de Tienanmen, la caída del muro de Berlín.
¿Cuáles podrían ser las imágenes explícitamente religiosas? Quizás una comunidad de monjas dominicas en el norte de Burundi, tutsis y hutus viviendo y orando juntas en paz en una tierra de muerte. El pequeño monasterio, rodeado del verdor de campos cultivados en una campiña incendiada y árida, es un signo de Dios, que no deja que la muerte sea la última palabra. Otro ejemplo podría ser una comunidad ecuménica que visité en Belfast, en Irlanda del Norte. Católicos y protestantes viviendo juntos, y cuando alguien era asesinado en los combates sectarios, entonces un católico y un protestante iban de la comunidad a visitar a sus parientes y a orar con ellos. Esta comunidad era una encarnación de nuestra sabiduría, un signo de que nosotros no estamos condenados a la violencia; una pequeña epifanía del Reino. Nosotros no sabemos si la paz está al voltear la esquina o si la violencia será mayor, pero ahí estaba una palabra hecha carne que hablaba del propósito último de Dios.
Proclamación
Nosotros hemos ido avanzando de una misión como presencia a una misión como epifanía. Nuestros ojos han visto la salvación del Señor. Pero debemos dar un paso más, que es la proclamación. Nuestro evangelio debe convertirse en palabra. Al final del evangelio de Mateo, los discípulos fueron enviados a todas las naciones para hacer discípulos, y enseñar a todos lo que Jesús nos ha mandado. La Palabra se hace carne, pero la carne igualmente se hace palabra.
Aquí nos tropezamos con la que es quizás la más profunda crisis en nuestra misión hoy. Hay una profunda sospecha sobre aquel que pretende enseñar, a menos que ellos vengan del Oriente o tengan alguna extraña doctrina New Age. Los misioneros que enseñan son sospechosos de adoctrinamiento, de imperialismo cultural, de arrogancia. ¿Quiénes somos nosotros para decirle a alguien qué debería creer? Enseñar que Jesús es Dios es visto como adoctrinamiento, ¡mientras que enseñar que Dios es un sagrado champiñón es parte del rico telar de la tradición humana!. De todos modos, nuestra sociedad es profundamente escéptica a cualquier proposición sobre la verdad. Vivimos en Disneylandia, en donde la verdad puede ser reinventada según queramos. En la era virtual, la verdad es lo que ideamos en nuestra pantalla de la computadora. Leí acerca de un piloto que despegó de un aeropuerto en Perú, pero todos sus controles estaban alterados. Cuando él giraba a la izquierda, los controles decían que él iba a la derecha, cuando él subía, ellos decían que él bajaba. Sus últimas palabras grabadas fueron: "Es todo una ficción". La montaña con la que se estrelló no lo era.
En Cristiandad redescubierta Vincent Donovan describe cómo él trabajó por muchos años como misionero con los Maasai, construyendo escuelas y hospitales, pero nunca proclamando su fe. Él no fue alentado por sus superiores a hacer eso. Finalmente él no pudo reprimirse por más tiempo y reunió a toda le gente junta y les habló de su fe en Jesús. Y después (si recuerdo bien, ya que perdí la copia de ese libro) los ancianos dijeron: "Nosotros siempre nos preguntábamos por qué estabas aquí, y ahora por fin lo sabemos. ¿Por qué no nos lo dijiste antes?" Para esto es que hemos sido enviados, para hablarle a la gente sobre nuestra fe. Nosotros no tenemos siempre la libertad para hablar, y debemos escoger bien el momento, pero a la larga será amparar y condescender si no proclamamos lo que creemos que es cierto. Realmente es parte de la buena nueva el que los seres humanos están hechos para la verdad y pueden alcanzarla. Como lo dice la Fides et Ratio, "Uno puede definir al ser humano...como aquel que busca la verdad" (parágrafo 28), y esta búsqueda no es en vano. Nosotros tenemos, tal como lo dicen las Constitución de nuestra Orden, una "propensio ad veritatem" (LCO 77 & 2), una inclinación hacia la verdad. Cualquier espiritualidad para la misión debe incluir una pasión por la verdad.
Al mismo tiempo, es central a la enseñanza tradicional de la Iglesia el que nosotros permanezcamos en el mismo límite del lenguaje, vislumbrando apenas el filo del misterio. Santo Tomás dice que el objeto de fe no son las palabras que hablamos, sino el Dios a quien no podemos ver ni conocer. El objeto de nuestra fe está más allá de la sujeción y el dominio de nuestras palabras. Nosotros no poseemos la verdad ni la dominamos. Enfrentados con las creencias y las afirmaciones de los otros, nosotros debemos tener una profunda humildad. Como Claverie escribió "yo no poseo la verdad, tengo necesidad de la verdad de los otros", soy un mendigo tras la verdad.
En el corazón de una espiritualidad de misión está por supuesto una comprensión de las correctas relaciones entre la confianza que tenemos en la revelación de la verdad y la humildad que tenemos ante el misterio. El misionero debe buscar esta correcta integración entre confianza y humildad. Ésta es una fuente de inmensa tensión en la Iglesia, entre la Congregación para la Doctrina de la Fe y algunos teólogos asiáticos, y ciertamente dentro de muchas órdenes religiosas. Puede ser una fructuosa tensión en el corazón de nuestra proclamación del misterio. Recuerdo un Capítulo General de los dominicos en el que una feroz disputa estalló entre aquellos entre aquellos que ligaban su vida entera y su vocación a la proclamación de la verdad, y aquellos que acentuaban cómo el pequeño Aquinas pensó que nosotros podíamos saber de Dios. ¡Ésta acabó en el bar, con un seminario sobre un texto de la Summa contra gentiles, consumiendo mucha cerveza y cognac! Para vivir bien esta tensión entre proclamación y diálogo, creo que el misionero necesita una espiritualidad de veracidad y una vida de contemplación.
Podría parecer extraño hablar de una espiritualidad de veracidad. Obviamente el predicador debe decir sólo lo que es verdadero. Pero creo que uno solamente sabrá cuando hablar y cuándo guardar silencio, ese equilibrio entre confianza y humildad, si uno ha sido entrenado en la aguda disciplina de la veracidad. Éste es un ascetismo lento y doloroso, al que se llega estando atento al propio uso de las palabras, prestando atención a lo que dicen los otros, tomando conciencia de todas las formas en las que utilizamos las palabras para dominar, trastocar, manipular en vez de revelar o descubrir.
Nicholas Lash escribió: "Encomendados como ministros de la Palabra redentora de Dios, somos interpelados, pública y privadamente, en el trabajo o en el juego, en el comercio y en enseñanza, a practicar y promover esta filología, este cuidado-de-la-palabra, esta meticulosa y consciente preocupación por la calidad de la conversación y la veracidad de la memoria, que es la primera causal del pecado. La Iglesia por consiguiente es, o debería ser, una escuela de filología, una academia del cuidado-de-la-palabra". La idea de teólogo como un filólogo suena muy seco y empolvado. ¿Cómo puede un misionero tener tiempo para este tipo de cosas? Pero ser un predicador es aprender el ascetismo de la veracidad en todas las palabras que pronunciamos, cómo hablamos acerca de los otros, de nuestros amigos y nuestros enemigos, de la gente cuando deja la habitación, del Vaticano, de nosotros mismos. Sólo si aprendemos esta verdad en el corazón seremos capaces de decir la diferencia entre una buena confianza en la proclamación de la verdad y la arrogancia de aquellos que proclaman conocer más de lo que verdaderamente pueden; entre la humildad frente al misterio y un relativismo ligero que al final no se atreve a hablar. La disciplina es parte de nuestra asimilación a aquel que es la Verdad, y cuya palabra: "es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, Penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, sondeando los huesos y los tuétanos y discerniendo los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hebreos 4,12).
En segundo lugar, nosotros solamente seremos predicadores confiados y humildes si llegamos a ser contemplativos. Chrys Mc Vey dijo que "la misión comienza en humildad y concluye en el misterio". Sólo si aprendemos a permanecer en el silencio de Dios podremos descubrir las palabras correctas, palabras que no sean ni arrogantes ni vacías, palabras que son a la vez verdaderas y humildes. Sólo si el centro de nuestras vidas es el silencio del propio Dios, conoceremos cuándo acaba el lenguaje y cuándo comienza el silencio, cuándo proclamar y cuándo callar. Rowan Williams escribió que "lo que deberíamos redescubrir es la disciplina del silencio -no una inarticulación absoluta, ininterrumpida, sino la disciplina de alejarnos de nuestra fácil charla acerca del evangelio, de modo que nuestras palabras puedan venir nuevamente procedentes de una profundidad o fuerza nueva y diferente, de algo más allá de nuestras fantasías". Es la dimensión contemplativa la que destruye las falsas imágenes de Dios que estamos tentados a adorar, y la que nos libera de los lazos de la ideología y la arrogancia.

Futuros ciudadanos del Reino
Quisiera concluir ahora uniendo los hilos. He sugerido que el comienzo de toda misión es presencia; es estar ahí como signo del Reino, con aquellos que son los más diferentes, separados de nosotros por su historia, cultura o fe. Pero esto es sólo el comienzo. Nuestra misión nos impulsa hacia la epifanía y finalmente a la proclamación. La Palabra se hace carne, y la carne se hace palabra. Cada etapa en el desarrollo de nuestra misión demanda del misionero diferentes cualidades: fidelidad, pobreza, libertad, veracidad y silencio. ¿Estoy ofreciendo un cuadro de un imposible santo misionero, diferente de cualquier misionero verdadero? ¿Ayuda esto a una coherente "Espiritualidad de misión"?
He indicado que en esta etapa en la historia de la misión de la Iglesia, debemos pensar mejor en el misionero como el futuro ciudadano del Reino. Nuestro mundo huidizo está fuera de control. No sabemos hacia dónde está yendo, si hacia la felicidad o la miseria, a la prosperidad o a la pobreza. Nosotros los cristianos no tenemos información privilegiada. Pero creemos que al final el Reino vendrá. Ésta es nuestra sabiduría, y es una sabiduría que los misioneros encarnan en sus mismas vidas.
San Pablo escribe a los Filipenses que, "olvidando lo que dejó atrás y lanzándome hacia lo que está delante, corro hacia la meta por el premio para el cual dios me llamó desde arriba en Cristo Jesús" (Fil 3, 13). ¡Ésta es una imagen dinámica maravillosa! San Pablo está estirado, empujado hacia adelante como un atleta olímpico en Sidney yendo por el oro! Ser un futuro ciudadano del Reino es vivir en este dinamismo. Es estar estirado, extendido, empujado hacia delante. El misionero sufre inacabamiento; él o ella está a medio hacer hasta la llegada del Reino, donde todos seremos uno. Nosotros tendemos hacia el otro, hacia aquellos más distantes, incompletos hasta que seamos uno con ellos en el Reino. Nos extendemos para una plenitud de verdad, la cual sólo vislumbramos confusamente; todo lo que proclamamos está perseguido por el silencio. Estamos penetrados por un anhelo de Dios, cuya belleza puede vislumbrarse en nuestra pobreza. Ser un futuro ciudadano del Reino es estar dinámica, radiante y alegremente incompletos.
Eckhart escribió que, "en la medida en que te alejes de todas las cosas, en esa medida, ni más ni menos, Dios entrará en con todo lo que Él es -si realmente dejas completamente todo aquello que es tuyo". ¡La belleza de Eckhart está en que menos uno sabe de lo que habla, más maravilloso suena! Quizás él nos está invitando a ese éxodo radical de nosotros mismos que hace un vacío para que Dios entre. Nosotros tendemos a Dios en nuestro vecino, Dios que es el completamente otro, así como descubrir a Dios en el centro de nuestro ser, Dios como el más íntimo. Dios es el absolutamente otro y el absolutamente íntimo. Por lo cual para amar a Dios debemos amar a nuestro vecino y a nosotros mismos. ¡Pero esto es otra conferencia!
Este amor es muy arriesgado. Giddens dice que en este peligroso mundo, moviéndose rápidamente hacia un futuro desconocido, la única solución es correr riesgos. El riesgo es la característica de una sociedad que mira al futuro. Él dice que "una positiva aceptación de riesgo es la fuente misma de esa energía que crea el bienestar en una economía moderna... El riesgo es el dinamismo mobilizador de una sociedad inclinada al cambio, que quiere determinar su propio futuro en vez de dejarlo a la religión, la tradición o los caprichos de la naturaleza." Él ve claramente a la religión como un refugio ante el riesgo, pero nuestra misión nos invita a un riesgo que va más lejos de lo que él imagina. Éste es el riesgo del amor. Es el riesgo de vivir para el otro, que podría no quererme; el riesgo de vivir para una plenitud de verdad, que no puedo capturar; el riesgo de dejar que uno mismo sea penetrado por el anhelo de Dios cuyo Reino vendrá. Esto es más arriesgado, y no obstante más seguro.


Notes:

"Mission to a Runaway World: Future Citizens of the Kingdom. Conferencia pronunciada en la Asamblea del SEDOS. Roma, 05 de Diciembre del 2000.
2 Runaway World. How globalisation is reshaping our lives. Londres 1999 [Un mundo huidizo. Cómo la globalización está cambiando nuestras vidas].
3 Sobre las dos primeras etapas de misión, cf. Robert J. Schreiter, The New Catholicity. Theology between the global and the local, New York 1997 [El nuevo catolicismo. La teología entre lo global y lo local].
4 Runaway World. How globalisation is reshaping our lives. Londres, 1999.
5 ¡Estoy seguro de que ésta es una cita de alguien, sólo que no recuerdo de quién!
6 Lettres et Messages d’Algerie, Paris 1996. [Cartas y mensajes de Argelia].
7 Who are we now? Christian humanism and the global market from Hegel to Heaney. Edinburgh 1998, p. 120. [¿Quiénes somos ahora? Humanismo cristiano y mercado global desde Hegel hasta Heaney]
8 Aidan, Nichols, O.P., The Word has been abroad. Edimburgo, 1998, pág. 1 [La Palabra ha sido esparcida].
9 Citado por R., Harries, Art and the Beauty of God: A christian understanding, Londres, 1993, pág. 4 [Arte y la belleza de Dios: una comprensión cristiana].
10 Citado por S., Hauerwas, Santify them in the truth, Edimburgo, 1998, p. 38 [Santifícalos en la verdad].
11 Neil, MacGregor, Seeing Salvation, BBC, Londres, 2000, pág. 49 [Viendo la Salvación].
12 Hans, Kessler, "Fulfilment - Experienced for a moment yet Painfully Lacking?" Concilium, Setiembre 1999, pág. 103 [Cumplimiento - ¿Experimentado desde un momento aún dolorosamente carente?].
13 Cf. Alberto, Moreira, "The dangereous Memory of Jesus Christ in a post-Traditional society" y Ferdinand, D. Dagmang, "Gratification and instantaneous Liberation" ambos en Concilium, Setiembre 1999 ["La peligrosa memoria de Jesucristo en una sociedad postradicional" / "Gratificación y liberación instantánea"].
14 The Theology of Grace, Dublín, 1974, pág. 74 [La teología de la gracia].
15 Ibid., pág. 166.
16 Open to Judgment, Londres, 1996, pág. 268 [Abierto a juicio].
17 Maestre, Eckhart, Sermons and Treatises, vol. IV, Londres, pág. 14 [Homilías y Tratados].
18 Ibid. , pág. 23.

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Blog del departamento de Teología del Istic

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