viernes, 1 de diciembre de 2006

Tradición y libertad: los primeros años como profesor de J. Ratzinger (1ª parte)

Posted by Departamento de Teología  |  at   14:34

En este apasionante artículo de Gianni Valente nos adentramos en los primeros años de docencia teológica de J. Ratzinger en las universidades de Bonn y Münster, a través del recuerdo de sus alumnos. «La sala estaba siempre abarrotada. Los estudiantes lo adoraban. Tenía un lenguaje hermoso y sencillo. El lenguaje de un creyente»



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Los comienzos...
«Era el comienzo del semestre invernal de 1959-60. En el aula 11 de la Universidad, abarrotada de estudiantes, se abrió la puerta y entró un joven sacerdote, que a simple vista podía ser el segundo o el tercer vicario de alguna gran parroquia de ciudad. Era nuestro ordinario de Teología Fundamental, y tenía 32 años». Esto escribía el entonces estudiante Horst Ferdinand, fallecido hace dos años tras una vida transcurrida entre las oficinas administrativas del Parlamento federal y las sedes diplomáticas alemanas, en su inédito manuscrito de memorias a propósito del tímido comienzo de la carrera universitaria de Joseph Ratzinger.
Una aventura que había comenzado algunos meses atrás, que también describe el profesor que luego fue Papa en su autobiografía como un comienzo vibrante de hermosas promesas: «El 15 de abril de 1959 comencé mis clases, ya como profesor ordinario de Teología Fundamental en la Universidad de Bonn, frente a un vasto auditorio que acogió con entusiasmo el acento nuevo que creía percibir en mí». Bonn, en aquellos años, es la capital casi por casualidad de la Alemania de Adenauer. En el país amputado, que ha dejado sus Länder orientales al otro lado de la cortina de hierro, el renacimiento económico y civil transcurre a un ritmo vertiginoso. En las elecciones del 57 el Partido Cristiano-demócrata había superado el umbral de la mayoría absoluta de los votos. Tras la pesadilla nazi, la Iglesia alemana ofrece con legítimo orgullo su aportación esencial al nuevo comienzo de la nación. En un clima que podría llevar al triunfalismo, el joven sacerdote-profesor Ratzinger acaba de recoger en un artículo escrito en el 58 para la revista Hochland las reflexiones sugeridas por sus breves aunque intensas experiencias pastorales vividas algunos años antes como capellán en la parroquia de la Preciosísima Sangre en Bogenhausen, el barrio de la alta burguesía de Múnich. Define un «engaño» estadístico el cliché que describe a Europa como «un continente casi totalmente cristiano». La Iglesia de la modernidad posbélica es para él una «Iglesia de paganos. Ya no, como antes, Iglesia de paganos convertidos al cristianismo, sino Iglesia de paganos que se siguen llamando cristianos y que en realidad se han hecho paganos». Habla de un nuevo paganismo «que crece sin parar en el corazón de la Iglesia y amenaza con derruirla desde dentro».
Bonn es una pequeña ciudad que todavía está curando sus heridas de guerra, pero el joven y brillante profesor bávaro procede del mundo protegido y familiar del Domberg, la altura de Freising sobre la que surgen uno al lado del otro la Catedral, el seminario donde se formó y la Escuela de Altos Estudios Teológicos donde impartió como profesor sus primeros cursos de Teología Dogmática y Fundamental desde 1958. Y la capital del Rin adonde ha sido llamado para enseñar se le aparece como una metrópolis vibrante y abierta. Sigue escribiendo en su autobiografía: «De todas partes me venían estímulos, y más todavía por la proximidad con Bélgica y Holanda, y porque tradicionalmente la Renania ha sido una puerta abierta hacia Francia». Para él es «casi un sueño» haber sido llamado a la cátedra que también persiguió en vano su maestro Gottlieb Sohngen. Pero la gratificación mayor es la acogida que le reservan sus estudiantes.

Un profesor especial
En la autobiografía, Ratzinger describe los primeros meses de enseñanza en Bonn como «una fiesta de primer amor». Todos sus alumnos de entonces recuerdan muy bien cómo se corría la voz que hacía que se abarrotaran las clases de aquel enfant prodige teólogo. Cuenta el estudioso de judaísmo Peter Kuhn, que será luego asistente del profesor Ratzinger en los años de docencia en Tubinga y Ratisbona: «Yo entonces era un veinteañero luterano. Asistía a la Facultad teológica evangélica, después de haber seguido en Basilea las clases de Karl Barth. Conocí al bávaro Vinzenz Pfnür, que había seguido a Ratzinger ya desde Freising. Él me dijo: tenemos un profesor interesante, vale la pena escucharlo. En el primer seminario pensé enseguida: este hombre no es como los otros profesores católicos que conozco». Sigue escribiendo Horst Ferdinand en su manuscrito: «Las clases las preparaba en todos sus detalles. Las daba parafraseando el texto que había preparado con formulaciones que a veces parecían construirse como un mosaico, con una riqueza de imágenes que me recordaba a Romano Guardini. En algunas clases, como en las pausas de un concierto, se hubiera podido oír el vuelo de una mosca». Añade el redentorista Viktor Hahn, que será el primer alumno que se “doctorará” con Ratzinger: «La sala estaba siempre abarrotada, los estudiantes lo adoraban. Tenía un lenguaje hermoso y sencillo. El lenguaje de un creyente».
¿Qué apasiona tanto a los estudiantes, en aquellas clases dadas en tono llano, concentrado, sin gestualidad teatral? Es evidente que lo que el joven profesor dice no es harina de su costal. Que no es él el protagonista. «Nunca he tratado», explica el propio Ratzinger en el libro-entrevista La sal de la tierra, «de crear un sistema mío, una teología especial mía. Si se quiere encontrar en ello algo específico, se trata sencillamente de que me propongo pensar junto con la fe de la Iglesia, y eso significa pensar sobre todo con los grandes pensadores de la fe».
Los caminos sugeridos por Ratzinger a los estudiantes para saborear el ajetreado descubrimiento de la Tradición son los mismos que le apasionaron a él en sus estudios universitarios: la historicidad de la Revelación, san Agustín, la naturaleza sacramental de la Iglesia. No hay más que leer los títulos de sus cursos y seminarios en los primeros años de docencia. En el semestre invernal de 1959-60 el curso está dedicado a “Naturaleza y realidad de la Revelación”. El semestre siguiente, el título del curso es “La doctrina de la Iglesia”. El semestre de verano de 1961 le tocará a “Problemas filosófico-religiosos en las Confesiones de san Agustín”… Si existe un rasgo distintivo de las clases de Ratzinger, no tiene ni siquiera que ver con el alarde de erudición académica. El lenguaje tiene una sencillez límpida, que deja ver inmediatamente el corazón de las cuestiones tratadas, incluidas las más complejas. Dice Roman Angulanza, uno de los primeros estudiantes de la época de Bonn: «Era como si hubiera reformulado el modo de dar clase. Le leía las clases en la cocina a su hermana Maria, que era una persona inteligente pero que no había estudiado teología. Y si la hermana manifestaba su agrado, era para él señal de que la clase iba bien». Añade el profesor Alfred Läpple, de noventa y dos años, que fue prefecto de Ratzinger en el seminario de Freising: «Joseph decía siempre: cuando das clase lo mejor es cuando los estudiantes dejan a un lado la pluma y se ponen a escucharte. Cuando toman apuntes de lo que estás diciendo es que no les ha entusiasmado. Pero cuando dejan la pluma y te miran mientras hablas, quiere decir que quizá has tocado su corazón. Él quería hablar al corazón de los estudiantes.
No le interesaba solo ampliar sus conocimientos. Decía que las cosas importantes del cristianismo se aprenden sólo si calientan el corazón». Precisamente del gusto de redescubrir la Tradición leyendo a los Padres brota en el joven profesor una apertura total y dúctil frente a las preguntas y los fermentos que hacen vibrante el pensamiento teológico de aquellos años. En Bonn sigue habiendo profesores ancianos que se formaron según los cánones del antimodernismo más estricto, que se limitan a proponer esquematismos de la teología neoescolástica para evitarse problemas con Roma. Él no parece estar condicionado por intimidaciones y conformismos académicos. Cuenta Hahn: «Me asombró cuando una vez en clase se valió del pretexto de un fragmento del Antiguo Testamento para comparar la imagen de la Iglesia que circulaba en aquellos años con el imperio de los medas y los persas, que creían que durarían para siempre por la inmutabilidad estática de sus leyes. Añadió con ímpetu que había que defenderse de aquella imagen de Iglesia». Confirma Peter Kuhn: «Los otros profesores, comparados con él, eran rígidos y anquilosados, encerrados en sus esquemas, sobre todo hacia nosotros, los evangélicos. Él afrontaba todas las cuestiones sin temor. No tenía miedo de salir al mar abierto, mientras que los demás profesores nunca se salían del carril de la fiel autocelebración».
La libertad y la apertura resaltan en su relación con el mundo protestante. Varios estudiantes de la Facultad teológica evangélica –cosa completamente fuera de lo común en aquellos años– acuden a las clases del joven profesor católico, que en el semestre de verano de 1961 da el seminario fundamental sobre el tema “Iglesia, sacramento y fe en la Confessio augustana” y en el semestre invernal del 62-63 dedica su curso nada menos que al Tractatus de potestate papae de Felipe Melanchton. Al estudiante de entonces Vinzenz Pfnür, el que había seguido a Ratzinger de Freising a Bonn, le asignó una tesis sobre la doctrina de la justificación en Lutero. Y varios años después, como profesor de Historia de la Iglesia, dará su aportación al acuerdo católico-luterano sobre la justificación firmado en Augusta el 31 de octubre de 1999. Cuenta a 30Días: «En el 61 Ratzinger escribió para el Lexicon protestante Die Religion in Geschichte und Gegenwart un artículo sobre el protestantismo en la perspectiva católica. Entonces era insólito que a un católico se le pidiera que escribiera para aquella publicación. Ratzinger en aquel artículo recogía los elementos de enfrentamiento con la teología dialéctica y existencialista entonces dominante en campo protestante. Pero subrayaba que pese a la distancia de los dos “sistemas”, había cercanía en lo que se transmitía a los fieles como patrimonio de la Iglesia tanto por parte católica como por parte protestante, por ejemplo en la oración».

Publicado por Rubén García a las 12:04

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