jueves, 25 de septiembre de 2008

La "sana" laicidad"

Posted by Rubén García  |  at   20:57

Artículo publicado en El Mundo León (18 septiembre 2008)
Los esquimales usan, en su lengua, más de una decena de términos diferentes para describir las tonalidades blancas del hielo y la nieve. Al distinguir matices cromáticos allí donde los no avezados vemos sólo una monótona blancura, su idioma se ha desarrollado para poder expresar aquello que ven. La lengua siempre actúa discerniendo la realidad, de tal manera que, si prescindimos de los matices que nos aporta, terminamos empobreciendo también nuestra comprensión de lo que existe. No es lo mismo un término que otro, las palabras nunca son del todo neutras.
En un artículo titulado “Laicidad”, publicado en este mismo periódico en el mes de julio, D. Luis Grau Lobo afirma: “Hay quien incluso se aviene a proponer una “laicidad sana” (se supone que frente a otra enfermiza), en un claro ejercicio de prepotencia moral”.

Ha sido sobre todo el Papa Benedicto XVI quien, recogiendo el pensamiento del anterior pontífice, ha hablado repetidamente de una “laicidad sana y bien entendida” para referirse a la necesaria neutralidad que el estado y las instituciones políticas deben guardar frente a las diferentes preferencias religiosas de los ciudadanos. El estado, que ha de reconocer el derecho a la libertad religiosa de los ciudadanos y favorecer su ejercicio, no debe hacer suya ninguna religión en concreto, ni puede discriminar a grupo alguno por sus creencias y prácticas religiosas, siempre que estas se mantengan dentro del marco común que posibilita la convivencia. Esta laicidad “sana y bien entendida” puede ser también llamada neutralidad religiosa positiva.
Lejos de ser rechazable para los católicos, la “sana laicidad” ha sido expresamente reconocida y alentada por toda la enseñanza reciente de la Iglesia y está totalmente asimilada por el pensamiento democrático, abrumadoramente mayoritario entre nosotros.
Si hablamos de “sana laicidad”, ¿será porque existe, por oposición, una laicidad “insana” e “injusta”? Sí, el laicismo. La confusión entre laicidad y laicismo, más frecuente de lo deseable, lejos de ser una disquisición sin importancia, genera muchos de los desencuentros que actualmente se dan en España sobre cuestiones de índole ético-moral y religiosa. El laicismo es la actitud por la que un estado no reconoce las creencias religiosas de sus ciudadanos como un bien positivo, a custodiar por los poderes públicos, sino como una actividad negativa para la convivencia que debe, por tanto, ser ignorada, marginada e incluso anulada y reprimida. Para el laicista, los creyentes somos los últimos supervivientes de tiempos precientíficos y predemocráticos y, en último término, estorbos para su proyecto de construcción social.
El laicismo no deja de ser, en el fondo, un confesionalismo estatal de carácter contrario. En el estado confesional, este se identifica con una determinada religión; en el laicismo, el estado hace suya la creencia en la no-creencia.
El artículo 9 de la Convención europea de los derechos del hombre de 1950 afirma que la libertad de religión también implica la posibilidad de manifestar, individual y colectivamente la religión de cada persona, en público y en privado. El laicismo no reconoce en la práctica este derecho al ejercicio público, que va mucho más allá del culto, ya que sospecha de la religión como fuente de conflictos que socavan la estabilidad y convivencia democráticas. Por ello, promueve que las religiones se recluyan al ámbito de lo puramente privado, al terreno exclusivo de los ritos y las liturgias, a “las sacristías”, negándolas su derecho a participar, con voz propia, en el concierto de una sociedad plural donde todas las demás voces, de filosofías y cosmovisiones varias, sí son escuchadas. Refiriéndose a la restricción que el laicismo pretende imponer a los creyentes en la vida pública, afirmó el Papa en su, ya celebre, discurso a la ONU del mes de mayo: “No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan a la construcción del orden social”.
Mientras que la laicidad, rectamente entendida y ejercida, es garantía de libertad, igualdad y convivencia, el laicismo sólo puede ser desencadenante, antes o después, de injusticia, violencia y represión de libertades y derechos inalienables de los ciudadanos.
Curiosamente, el actual presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, escribió en el prólogo al libro “Tender puentes: PSOE y mundo cristiano” (editado en el 2001) algo perfectamente asimilable a la noción de “sana laicidad” por la que los católicos, y muchos no-católicos, abogamos: “Reivindicamos y defendemos un Estado aconfesional. Sin embargo la laicidad, en este nuevo contexto, no puede convertirse en el argumento para un dogmatismo antirreligioso. La defensa del pluralismo y de la democracia no puede hacerse sobre la indiferencia o el rechazo a la religión. La religión puede ser un complemento valioso de la democracia.”.

Sobre el autor

Blog del departamento de Teología del Istic

2 comentarios :

Domingo dijo...

Enhorabuena por el artículo, Rubén. Muy agudo. Escuchando como entienden algunos la laicidad, cualquiera diría que quieren convertir a España en lo que fue Albania (el único país del mundo ateo por constitución)...

Marta dijo...

Zapatero entonces tiene un serio problema de desdoblamiento ideológico, pues ha hecho todo lo contrario de lo que dice en el prólogo de este libro que comentas. Por cierto. Me ha gustado este artículo, y el blog en general.

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